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Ha estallado la Segunda Gran Guerra del Cielo, los ángeles fieles a los ideales divinos y al Arcángel Michael han entablado una lucha abierta con los caídos, bajo el mando de un misterioso serafín que volvió de la muerte, con el poder de una legión en sus manos, quien promulga a favor del libre albedrío para tomar sus propias decisiones, tal y como lo hacen los humanos. Los demonios toman cartas en el asunto, cerrando tratos con el bando de rebeldes con el fin de eliminar la supremacía del Cielo, y tener derecho a caminar sobre la tierra. New York ha sido escogido como Armageddon, y las visperas de la batalla final se leen en escaramuzas y luchas menores.
Mientras tanto, en New Orleans, los vampiros han logrado un poderío sin igual sobre la ciudad. Los rumores de que el Regente del Infierno ha tenido algo que ver corren en el plano sobrenatural, mientras los Blazers, los Cazadores descendientes del Rey Arturo Pendragon buscan darle un freno a sus actividades.
Es una verdadera pena que los Templarios, la primera raza de Cazadores, jamás hayan llegado a un acuerdo con sus colegas. A pesar de que no ha habido declaración de guerra entre ellos, la aparición de una nueva reliquia divina, contenedora de poderes sin igual, tienta a ambos bandos. Sin embargo, los Templarios tienen las manos llenas tratando de domar a las implacables manadas de licantropos en San Francisco, cuyo nuevo líder parece ser un fanático de las batallas.
No hay tiempo ni recursos para vigilar a los ingeniosos brujos que aparecen de vez en cuando en los casinos de Las Vegas, haciendo uso de sus facultades para llevarse dinero fácil. Esto no es más que una fachada, por supuesto, ya que el Aquelarre de Lilith ha estado pactando con demonios mayores para invocar al Primer Demonio.
En el mundo de Wayward Son, los conflictos, batallas, traiciones y la guerra parecen haber inundado cada estado del país de las oportunidades. Los tiempos de paz han llegado a su fin, ¡elige tu bando sabiamente, y bañate de la gloria de la victoria, o perece en el olvido de la historia!
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Wayward Son y su historia es una creación original del Staff, fuertemente influenciada por series y novelas de género sobrenatural, destacando la saga The Mortal Instruments de Cassandra Clare, y las series de televisión Supernatural de Erick Kripke, y The Vampire Diaries y The Originals de Julie Plec. Las imágenes utilizadas han sido tomadas de portales como Devianart, Zerochan, Pixiv y We❤It, y pertenecen a sus respectivos autores. Agradecimientos a Rose de Glintz por el elegante trabajo de su skin y su asistencia, a Veeneli por sus códigos y tablillas tan atractivas, así como a Mizuki por su bello tablón de anuncios.
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Greediness Night [Priv. Tris L. Hasting]

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Greediness Night [Priv. Tris L. Hasting]

Mensaje por Rael Crocell el Dom Ene 10, 2016 1:52 am

Aquella era sin duda alguna, la única ciudad posible en el planeta donde los demonios pudieran sentirse cómodos y privilegiados. En el mundo actual no había duda que había cientos de lugares alrededor del globo donde la desgracia y la inhumanidad reinaban, ciudades donde el asesinato eran el pan de cada día y los crimines tan variados y grotescos que harían incluso pensar a los demonios que los humanos podrían darle un par de lecciones. Pero ninguna de esas ciudades era como aquella, era una escala diferente de pecaminosidad lo que había en aquella tan famosa ciudad, una forma más… Refina, por llamarle de alguna forma, más estética, donde se podía apreciar varios de los pecados y deseos mundanos más normales en una forma tan desnuda y simple que resultaba en un ambiente tan apacible para los del género demoniaco.

Era en aquella ciudad donde la codicia, el deseo y la lujuria se mezclaban y llenaban cada rincón del aire en las calles. Era casi palpable aquel deseo que mezclaba la codicia del dinero, del peligro, del prestigio y la diversión, una diversión que venía de la emoción de poner en riesgo pequeñas o grandes cantidades de dinero para poder obtener más. Aquella ciudad era sin duda una muestra de excesos y de decadencia moral, donde la gente se entregaba a toda clase de vicios y excesos con tal de saciar su propia necesidad de más.

Por ello mismo, aquella mezcla de desvergonzado deseo y codicia, transformaba en la ciudad en un lugar donde los demonios podrían deleitarse de aprovecharse de las mentes de las personas que llegaban ahí, muchas de las cuales tarde o temprano, al haber perdido todo su dinero, la esperanza, la dignidad incluso, acababan por aceptar los tan atractivos tratos de los demonios, entregándose a sus brazos, cediendo a sus deseos más oscuros que pudieran ser cumplidos por aquellos entes que solo querían llevarles a la perdición. Y entre aquellos demonios que se deleitaban de la desesperación humana, de engatusar y engañar a las personas normales, y de llevar sus almas al oscuro sufrimiento del averno, se encontraba aquel hombre joven en apariencia pero longevo en alma, aquel pelirrojo que conduciendo un carro del año, llegando hasta uno de los hoteles de la ciudad del pecado y deteniéndose en su entrada, bajando y entregándole las llaves del vehículo al ballet que rápidamente los recibió y se retiró manejando el vehículo del pelirrojo, dejándolo al pie de las escaleras que llevaban a la entrada, subiéndolas tranquilamente mientras se quitaba los lentes de sol y los guardaba, mirando con sus azules ojos como el zafiro las puertas que los guardias de seguridad, debidamente instruidos, abrían para darle paso.


-Buenas noches…

El pelirrojo demonio saludo con educación a los guardias, dando una suave inclinación de cabeza mientras una sonrisa tranquila adornaba sus labios. Los guardias apenas y le respondieron el saludo mientras el joven entraba al respetoso hotel. ¿Por qué era que el joven pelirrojo llegaba al hotel aquella noche? No era para hospedarse, seguro. El poseía su propio departamento en la ciudad, conseguido mediante actos no exactamente lícitos. No, el motivo por el cual el pelirrojo iba ahí esa noche, era solo para socializar un poco en el evento, para mirar rostros que ya conocía y conocer nuevos, para afianzar relaciones y contactos y, de ser posible, conseguir unos cuantos más. Y también, por mencionarlo de paso aunque no por ser un motivo menor, sino porque el pelirrojo no quería expresarlo como una motivación personal, observar el objeto de exhibición que aquella noche era el motivo por la reunión de personajes tan ilustres en aquel respetado y conocido hotel de la ciudad.

El pelirrojo entro con total calma, pasando el recibidor del hotel bellamente adornado con pinturas de artistas famosos, tanto clásicos como modernos, una amplia alfombra de un tono rojizo pardo, que resultaba en un contraste agradable con el blanco de las paredes y las decoraciones del techo, que caían en hileras de plata y brillantes, provocando reflejos de la luz que nacía de las lámparas, dando una iluminación agradable y perfecta a la instancia. Una vez pasado el recibido, había doblado un pasillo, conociendo ya el hotel de antemano, al dueño incluso al cual alguna vez le hubiera hecho algún favorcillo para deshacerse de algún trapo sucio o, en su defecto, crearlo para su beneficio. El dueño del hotel le caía bien, un humano adinerado arrogante y avaricioso, con conexiones peligrosas, siendo el demonio Crocell un ejemplo, que había amasado una fortuna con tratos de muchos tipos, algunos que el mismo pelirrojo se había hecho cargo de llevar a cabo para asegurarse salieran bien. ¿Por qué un demonio haría tales favores a un humano? Normalmente seria a cambio de su alma, pero el alma del dueño del hotel no le interesaba en lo más mínimo. Las conexiones que creaba, el prestigio que había conseguido, aquello era lo que el pelirrojo aprovechaba y disfrutaba de aquel hombre sobre el cual no tenía más interés que como contacto. Las fiestas que organizaba, los clientes que obtenía, más de una vez el demoniaco ser se había aprovechado de ello, ya fuera para solo una noche de diversión o para obtener sus propios clientes, clientes en negocios donde él podía usar sus únicas habilidades a cambio de la única moneda que a Rael interesaba, sus almas.


-Vaya… Esto luce prometedor…

Sonrió de manera calmada una vez entro al salón de eventos del hotel. En él se podía observar a cerca de unas 100 personas, algo pequeño para la verdadera capacidad del lugar, pero que resultaba adecuado para la lista de invitados que era normal en situaciones similares. Sus ojos zafiro se deslizaron entre la gente ahí, jóvenes actores, otros mayores, algunos políticos, artistas de distintos ámbitos, empresarios, deportistas. No había nadie necesariamente famoso a nivel mundial, pero si variadas personas que asistían al evento con el fin de darse mayor posición en la sociedad, codearse con personas que pudiera de alguna u otra manera ser beneficiosos para sus propósitos, que les ayudaran subir aquellos escalones que era el status.

No pudo evitar dar un vistazo al lugar antes de entrar, fijándose en algunos detalles que atraparon su atención. Las paredes adornadas con estandartes hermosos y algunos cuantos cuadros como en la recepción. Una barra instalada en un extremo del lugar, donde un pequeño grupo de barmans atendían los pedidos que pudiera llegar tanto de los meseros como de los que se acercaban por sí mismo por un trago en especial. Igualmente, los meseros deambulando entre la gente, que por suerte no era tanta como para abarrotar el lugar ofreciendo bocadillos y canapés para pasar el rato entre platicas y presentaciones. Al fondo del lugar, en un pequeño escenario, había una cantante joven y atractiva quien se encargaba de la ambientación del lugar al llenar las bocinas, estratégicamente colocados en las paredes superiores, con su voz melodiosa y agradable, una perfecta música de fondo para un evento así.

El joven pelirrojo avanzo con aquella perpetúa sonrisa suave y picara que parecía cincelada en sus labios. Se abría paso sin mayor problema entre la gente, saludando con la cabeza a algunas personas, de mano a otras, tomando una copa que le llego a ofrecer un mesero y rechazando los bocadillos que otro le acerco. El ambiente era sin duda de alta clase, al menos se aproximaba a ello al no ser en realidad un evento significativo, sino una pequeña reunión para presentar unos artículos que habían llegado a manos del dueño del hotel y que este, tan prepotente y presumido como el pelirrojo sabia, quería hacer lucir a los invitados para poder deleitarse un poco en su propio regocijo.

Cuando finalmente el pelirrojo llego al centro del amplio salón pudo observar, con una suave inclinación de su cabeza, el motivo detrás de esa fiesta. En un escaparate bajo, que imitaba a los de las joyerías o los museos, protegido detrás de un vidrio a prueba de balas y custodiado por hombres de seguridad que ocultaban armas dentro de sus elegantes esmóquines, se podía ver una colección de joyería  totalmente deslumbrante. Aquellas ornamentadas muestras de joyería sin duda alguna no pertenecían a esa época, eran mucho más antiguas, seguramente de una época donde las monarquías eran la principal forma política de gobernación en el mundo. Una unión de coronas, anillos, cetros, brazaletes, gargantillas y demases accesorios se mostraban en todo su esplendor en aquella vitrina protegida a conciencia. El oro, la plata, los diamantes, perlas, rubíes y esmeraldas, todo combinado en diferentes formas y niveles en aquellas muestras de joyería tan elegantes como valiosas.

Una pequeña sonrisa de diversión adorno los labios del demonio pelirrojo, mientras se daba la media vuelta y se alejaba bebiendo un poco de su copa, sintiendo el gusto del alcohol en sus labios mientras andaba. Luego de su resurrección, se había dado cuenta de lo inútil y patética que era la humanidad en ese aspecto, siempre deseando dinero y poder, prestigio y gloria. ¿Cómo tener tales joyas preciosas les sería útil cuando sus almas fueran arrastradas al infierno, sus cuerpos se encontraran pudriéndose bajo tierra siendo devorados por gusanos, y sus conciencias fueran quemadas entre las llamas de lucifer, tal como la suya había sido arrasada? Bueno, él no era quien para hacerles tales preguntas, que vivieran en su dulce fantasía donde las joyas poseían un valor verdadero en lugar de uno impuesto por la misma humanidad, donde el pudiera aprovecharse de ello para hacer tratos oscuros y deleitarse con la imagen de los cuerpos de sus contratistas ser  al final destazados y devorados por los perros nacidos del infierno. Sin distraerse mucho más en las banalidades, se acercó a un pequeño grupo del cual reconoció a un par de personas, uniéndose a una aburrida conversación, esperando que aquella noche le trajera alguna pequeña diversion.
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Re: Greediness Night [Priv. Tris L. Hasting]

Mensaje por Tris L. Hasting el Vie Ene 15, 2016 2:31 am

Las esmeraldas le devolvieron la mirada, brillando con más intensidad bajo la luz artificial. Había algo en ese matiz lozano, una espesura tan profunda que era imposible traspasar. Sólo ella podría saber las intenciones que la impulsaban estar en ese ascensor, con los cabellos negros de su peluca enmarcando gran parte de su rostro. El elevador se detuvo sin ningún traqueteo, como era usual en los hoteles de lujo, y las puertas doradas se abrieron invitándola a un largo pasillo, símil a una película de Kubrick.
Dio un rápido vistazo a las cámaras y bajó su capelina negra, ocultando la mayoría de sus facciones delatoras. Al final del pasillo, resguardado por un guardia podía verse una puerta de acceso restringido. Con altivez y seguridad, se dirigió hacia el hombre, sacando del bolsillo de su sobretodo una pequeña tarjeta blanca, con estilizada caligrafía dorada. Ladeó la cabeza, observándolo intensamente y mordiéndose el labio en una sonrisa confiada.
Rick Newman, como todos los días de lunes a viernes, hacía el horario nocturno como guardia de seguridad frente a la sala de cámaras. Era un trabajo tranquilo, con paga relativamente buena y junto con los aportes de su esposa, podían sortear tranquilamente los costos de mantener a aquellos dos demonios de Tanzania que llamaba hijos. Estaban en su edad rebelde, en pleno apogeo de la adolescencia, con las hormonas e histeria elevadas al máximo. La quietud de ese pasillo en las primeras horas se sentía como la refrescante brisa de la tormenta un día de verano, a las tres horas empezaba a hablar por radio con sus otros compañeros de oficio y finalmente, terminaba sentado jugando a las cartas con algún miembro de la vigilancia o el millonario excéntrico del piso dieciséis. Hijo de una familia fuertemente religiosa, había aprendido de su severa madre la virtud de la humildad, disfrutando y agradeciendo su oficio. No podía quejarse, a fin de cuentas trabajaba cómodo en esas tranquilas horas, pero no había forma de reprimir esa sensación de asfixiante monotonía.
Quizás, si su empleo fuese menos aburrido, Rick Newman no hubiese sucumbido a sus más primitivos instintos. Quizás, si su empleo fuese más emocionante, Rick Newman no estaría horas más tarde llorando sobre la acera de la comisaría. Quizás, si su empleo fuese distinto, Rick Newman no habría perdido su empleo. Pero esos pensamientos de advertencia estaban ocultos dentro de su mente, velados bajo ese encanto de crisol esmeralda. Su mano apretaba la tarjeta con fuerza y se irguió, inflando el pecho y esbozando la misma sonrisa que sólo su mujer veía mientras la desnudaba. No supo en qué momento había cedido el paso, ni tampoco qué había pensado al seguirla, en algún lapso confuso de esa extraña y desastrosa noche, se encontró gritando junto con los compañeros de vigilancia, silbando entusiasmado, mientras la bella muchacha danzaba con un cautivador conjunto de encaje. Cantaba una dulce melodía en un idioma extranjero del cual nadie entendería ni sobrio, pero no les importaba, ellos sólo exclamaban su nombre con más ímpetu cada vez que se acercaba a un afortunado. ¡Marina! ¡Joven y preciosa Marina! ¡No seas tímida, Marina y déjanos apretar esos bonitos pechos que tienes!
Marina llevaba una botella de champagne del bueno –cortesía del generoso millonario que les dio ese regalo por haberlo ayudado a identificar a un ladrón con las cámaras– e iba de un lado a otro, sentándose sobre las piernas del afortunado empleado de turno y haciéndole beber unos sorbos. Cuando el líquido rondaba por la mitad, ya todos habían hecho dos rondas y sus ojos cristalinos se esforzaban en seguir el ritmo a la joven. Parecía una ninfa persiguiendo a Narciso, riendo y danzando, su cabellera como la noche moviéndose de un lado a otro, difuminándose bajo el tenue esplendor irreal que desprendía. Y esa imagen se repetiría días después en sus sueños, con la extraña melodía extranjera de fondo.
Si alguien se hubiese percatado, apenas levemente, que ese canto ruso relataba la Epopeya de Gilgamesh, quizás no habrían sido tan ingenuos de beber ese champagne.




Tris avanzó entre los empleados desmayados, revisando las numerosas pantalla que espejaban los ojos de esas múltiples cámaras alrededor del hotel. Sonrío, se colocó unos guantes en sus manos y con un botón, las susodichas se volvieron completamente negras, embargadas por la oscuridad. Observó los cuerpos inertes de reojo, tardarían varias horas en despertar, tiempo suficiente para poder irse de allí con su botín en manos. Conforme con el curso de la situación, limpió la botella de champagne, tomó la tarjeta que había entregado al guardia, escribió rápidamente en la parte trasera y lo dejó a la vista:

Las pasiones son como los vientos, que son necesarios para dar movimiento a todo, aunque a menudo sean causa de huracanes. La próxima vez, lean a Bernard Bouvier de Fontenelle, les ayudará a no perder otro empleo.




Su próximo destino fue un pasillo en el piso veintidós, avanzó con la tranquilidad que le generaba no ser observada y buscó la puerta que le llevaba a una vinoteca. A ella sólo podía accederse por medio de un código, que sólo sabía el dueño del hotel y sus más allegados. Una seguridad bastante mediocre, considerando que alguien fácilmente podría deducir el código usando una luz ultravioleta en el teclado para ver los botones con mayor número de huellas. Le había llevado unos treinta y tres intentos dar con la combinación correcta, pero finalmente había accedido a ella y se encontró con la maravillosa colección del dueño del hotel. De su bolso sacó una botella gastada, una perfecta réplica de un Chateu Yquem 1787, el vino que el dueño siempre gustaba lucir en sus fiestas, bebiéndolo al momento del brindis y siendo él únicamente el privilegiado a aquel exótico sabor. La comparó con el original, desgastando un poco el corcho con un cuchillo y una vez conforme con el resultado las intercambió.
Poco a poco, ese día iba convertirse en aquel que dio lugar a  uno de sus más fructíferos robos.




El resplandor plateado la cegó por unos segundos, mientras se adentraba sonriente a la elegante fiesta del dueño. Como era de esperarse, se encontró una sala en armonía: suave música de jazz, invitados jóvenes y atractivos, brillante decoración una sublime exposición de arte contemporáneo y, sobre todo, la magnífica colección de Madame de Pompadour. Tris contuvo las ansias de ir directamente a verla, con una copa en mano –el número perfecto para una dama elegante era tomar dos-, apreció un André Derain cercano. Representaba su amada tierra, esa que vio crecer y morir sus más tiernas ilusiones, avivando en una bizarra y colérica travesía su espíritu. Colores provocativos en la gama de azules, verdes y amarrillos, representaban el imponente Big Ben en trazos gruesos, cortos y discontinuos. A su lado, otra persona admiraba la bella pintura, era normal socializar en esos eventos –a fin de cuentas, era el objetivo de la velada- por lo que sin siquiera apartar sus ojos del cuadro, dijo:
¿No lo siente? El aroma a alquitrán del Támesis, la luz cálida abrigando ese manto, el susurro del Big Ben, su longevo corazón latiendo incesante—aún embelesada por ese arte, se esforzó en hacer su mejor acento ruso—.Los colores estridentes hacen pensar en la fortaleza de esos muros, firmes e inmóviles, siempre iguales mientras el mundo a su alrededor se transforma. Un dios de oro y cemento, espectador de la vida efímera y mundana.
Antes de que el aludido pudiese siquiera responder, la música de jazz se había detenido y el dueño del hotel hablaba por el micrófono, agradeciendo a los invitados por su siempre deseada presencia. La joven avanzó por el resto de la sala, los cabellos del ónice se parecían continuaciones de su vestido negro de Valentino, un espectro que iba de un lado a otro, deteniéndose unos cuantos minutos en el elegante brazalete de perlas de Madame de Pompadour, el mismo que llevaba puesto al momento en que François Boucher retrató su lozana piel. A su lado, un delicado collar de oro con un destellante rubí en el centro, regalo de su preciado amante Luis XV. Si se observaba detalladamente el mismo, podía distinguirse, casi traslúcido, el elaborado escudo del rey. Las mismas estaban en una vitrina separada del resto, recubiertas por vidrio reforzado, probablemente a prueba de balas. Era una especie de cúpula moderna, la cual sólo podía accederse por medio de una llave magnética imposible de duplicar, que estaba en esos momentos guardada en el bolsillo interno del traje del dueño. No era de sorprender que un hombre claramente paranoico que bebía solo de una botella dada por su secretaria de confianza, decidiera portar consigo mismo la llave de esas históricas piezas. Las costumbres del millonario eran su pase para las joyas de la culta amante y simplemente continuó esperando hasta que las piezas paulatinamente fueran encajando en su lugar.
Aproximadamente a la hora, la esperada invitada hizo acto de presencia. Una muchacha rubia, con un delicado y sobrio vestido negro se dirigía al dueño con una botella de vino en la bandeja. Sirvió en una copa de cristal el Chateau y sin siquiera olerlo el hombre, velado por sus eficientes costumbres, brindó con una sonrisa, bebiendo el contenido ingenuamente de un sorbo. Se acercó hacia atrás, visualizando por el espejo las expresiones de la víctima. Ojos dilatados, boca abierta de par en par, gorjeando desesperada por aire, mandíbula hinchada, manos frenéticas tratando en vano de abrir el saco. A los veintisiete segundos cayó al suelo, moviéndose en convulsiones y ella se abalanzó hacia él abriendo su traje de par en par. Deslizó su mano dentro de su prenda, retirando con rapidez la inyección de Epinefrina y clavándole con saña en su pecho. Se acercó a él, como queriendo oír de cerca su respiración y alcanzó la bendita llave, segundos antes de ser arrastrada hacia atrás por los guardias. Se unió a la multitud sorprendida, tanto en expresiones como en la salida rápida que tuvieron, a fin de cuentas, la fiesta no tenía sentido sin el anfitrión.  
Caminó hacia el bar con los demás invitados, como si fuese un rebaño y se desvío, cuán oveja rebelde, doblando por un pasillo a la izquierda. Debería estar exultante, pensó, habiendo conseguido todas las herramientas para poder cumplir su robo a la perfección. Pero un instinto le advertía que debía permanecer alerta y con calma. Se aferró a su bolso, acercándolo más a su pecho, sintiendo el peso del arma sobre este. Detrás de ella, alguien parecía seguirla.
La habían visto.
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Tris L. Hasting

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Re: Greediness Night [Priv. Tris L. Hasting]

Mensaje por Rael Crocell el Vie Ene 15, 2016 5:12 am

La velada poco a poco resultaba ser algo mucho peor que el mismo infierno, al menos desde la más sincera opinión de Rael. Siempre solía ser así en la sociedad de alta clase, historias aburridas de sus propios negocios, o los chismes de los famosos o los empresarios, cambio de contactos o conexiones y ofertas de diversas índoles, o de perdido algún coqueteo infructuoso por parte de alguno que aprovechaba esos eventos para buscar algún ligue ocasional nocturno. Siempre eran situaciones que se repetían una detrás de otra, después de todo los eventos de la alta sociedad eran un patrón ininterrumpido de procesos cuyo único objetivo era nada más y nada menos que obtener estatus o poder.


Lo peor del asunto, era que se encontraban en un hotel. Cada poco rato, podía captar por el rabillo del ojo, y por el olor a feromonas que salía disparado cada poco, a alguna parejilla que se escapa del evento, habiendo encontrado una pareja con la cual pasar el resto de la velada de una forma más privada, siendo que las habitaciones del hotel eran prácticamente de acceso directo para los partícipes del evento, otorgándoles mayor facilidad a estos por parte del dueño del hotel para lo que se les ofreciera, o dicho de otra forma, para saciar su lujuria tal cuales conejos en época de apareamiento. Era un crédito que debía de darle al dueño del hotel, era una movida inteligente de su parte, ya que a través de ello no solo complacía a sus invitados, si no que obtenía dos ganancias distintas, la primera es que las habitaciones no eran gratuitas, solo les facilitaba el acceso a ellas pero el precio se mantenía, obteniendo así varios clientes nocturnos y momentáneos que pagarían al momento lo de una noche y solo usarían la habitación durante un par de horas a lo mucho en lo que sus deseos carnales eran saciados, dejando libre la habitación para ser limpiada antes de que empezara el siguiente día.


La segunda ventaja, era sencillamente la información que era obtenida de esas situaciones. Después de todo, era un hotel, y en los hoteles eran totalmente normales las cámaras. Desde el elevador hasta los pasillos y las instancias comunales, había cámaras desplegadas para captar la mayor parte del espacio disponible. ¿Acaso se creía que todos aquellos rollos de una noche eran totalmente solo por diversión y placer? Muchos ahí eran simples estafadores embutidos de trajes elegantes y joyas caras. Debido al tipo de invitados que ahí se esparcían, había varios otros al acecho de lo que sus títulos o posiciones les podían otorgar. Mujeres jóvenes y bellas que seducían empresarios importantes para obtener algún favor de poder, hombres jóvenes que servían de acompañantes a mujeres más maduras solo por alguna remuneración financiera, la cual aumentaba si se incluía una noche feliz al terminar la velada, mujeres hermosas contratadas para seducir empresarios casados, solo con el fin de demostrar sus infidelidades, acabar con matrimonios y que alguna de las partes involucradas se librara de una carga pesada a la que aguantar, quedándose con su riqueza o parte de ella.


¿Qué podía decir? Incluso a él le impresionaba un poco el nivel de corrupción y perversidad que llenaba el lugar sin que tuviera que hacer nada para interceder. A lo mucho había sido un par de recomendaciones suyas hacia el dueño del hotel sobre cómo manejar ese tipo de situaciones, como siempre tener respaldo de las grabaciones de las cámaras de seguridad, o asegurarse de cubrir ángulos muertos en los pasillos. Después de todo, esas grabaciones podían valer una gran suma, ¿Cuánto podría pagar un deportista famoso casado y en la mira de la farándula, a cambio de que su video de seducción a una joven rubia que seguramente apenas tendría la mayoría fuera borrado sin dejar rastros? Según el dinerillo que de vez en cuando le daba el dueño del hotel a cambio de su asesoría, podría decir que bastante.


Pero bueno, regresando a aquel salón de eventos donde la etiqueta y los buenos modales solo servían de mascara para la gente que ahí había, interesados nada más en poder y estatus, la velada resultaba más que nada aburrida en esos momentos, donde solo había una música ligera y tranquila para ambientar, acompañadas del susurro de las personas en sus pláticas y charlas, alguna que otra risa bonachona de algún filántropo a la lejanía, y el muy leve repiqueo de copas que llevaban los meseros en sus charolas, ofreciéndoselas a quien gustara. El joven de rojizos cabellos llevaba en su mano en ese momento la segunda de ellas, mientras platicaba de forma tranquila con una jovencita que se había presentado con él, sonriendo de forma cautivante, jugando son su cabello y recorriéndolo con los ojos, mientras el demonio solo trataba de no bostezar e irse a casa del aburrimiento.

Finalmente, con un educado ademan, el pelirrojo se excusó al notar el ambiente sufrir un sutil cambio, alejándose de la chica quien miro sorprendida, cambiando está muy lentamente a ofendida e irritada, el cómo había sido rechazada de forma tan desinteresada. Mas eso le importo poco al demonio quien en esos momentos se había acercado a una escultura cercana, desde la cual pudo ver la entrada del dueño del hotel. Cualquier deseo de acercarse hacia él y saludarlo resultaba más bien en una falsedad que se le antojaba innecesaria al pelirrojo. En cualquier momento podría ir a verlo, saludarlo, ir a su oficina y compartir una copa de Brandy mientras echaban una plática de las ultimas andanzas del dueño, al cual muy bien conocía ya y a quien solo le interesa ver cuando tuviera algún negocio del cual sacar provecho o un contacto que le pudiera ser de utilidad.


-Supongo solo vino a andar de lucido, entonces…-Susurro el pelirrojo mientras miraba como se ponía en una zona elevada del lugar sirviendo esto de tarima mientras obtenía la atención de todos los presentes. Si bien aquel hombre corrupto y podrido podía no ser más que un simple contacto, no debía de negar que era una persona locuaz y precavida con gran habilidad verbal y de expresión, misma que seguramente le había ayudado bastante en su escalada en aquel mundo, inclusive más de lo que el demonio Crocell pudo haberle ayudado.

Jugando con la copa de Martini que tenía en mano, Rael observo atento como su compañero de negocios daba un discurso agradeciendo la presencia de todos ahí, recalcando en varias ocasiones la colección que esa noche exhibía y mostraba tan orgulloso en aquellos exhibidores que seguramente podrían aguantar el disparar de una escopeta. La atención del demonio pelirrojo se vio desviada hacia la puerta lateral de donde estaba el dueño, desde la cual entraba una mujer joven de elegante vestido negro, llevando una costosa botella en mano, con tanto cuidado que bien pudo haber sido un bebe o la llave de la ciudad
-Tic tac.. Me pregunto qué cara pondrían si se tropezara…- La sonrisa de Rael era traviesa, aquella expresión ya totalmente natural en él, aun así contuvo todo rastro de hacer más interesante la velada, rindiéndose a que en realidad fuera otra aburrida y donde solo obtenía algunos tragos gratis, tal vez regresaría con aquella chica a ver qué tan lejos era su interés, después de todo seguramente querría recapturar a la persona que creía tenía entre sus garras, antes de que se fuera sin decir nada. Mirando como el dueño alzo la copa de vino, el joven reacciono igual por pura educación, bebiendo su contenido, suspirando al bajar la copa y acercarse hacia donde el dueño a pedirle una llave de una buena habitación del hotel para divertirse en la noche, justo antes de que este cayera al suelo.-Oh… Interesante…-


Los ojos de Rael brillaron un instante con un destello rojizo, mientras se abría paso entre la gente, escuchando sonidos de atragantamiento por la impresión y de sorpresa, acompañado igual de unos pocos gritos de mujeres, y el ajetreo de la seguridad del hotel la cual se acercaba como podía entre la gente. Pero no fue ni Rael ni la seguridad los que llegaron primero, sino una hermosa joven de cabellos negros y un vestido que parecía talado del mismo aire de la noche. La curiosidad lleno los ojos del demonio mientras observaba como la intrépida desconocida saltaba hacia el cuerpo caído del dueño del hotel, adentrando su mano entre su chaqueta y su camisa, extrayendo de esta una jeringa que reconoció de una de sus muchas platicas con el hombre, rememorando su condición alérgica, justo cuando observaba la aguja clavarse en el pecho del hombre.


Sus ojos se entrecerraron mientras empezaba a leer el flujo de los eventos, notando como la joven era apartada a trompicones por la seguridad que acababa de llegar, observando de soslayo como el dueño recuperaba la conciencia de golpe y era ayudado a levantarse por sus guardias. Normalmente hasta un compañero de negocios se acercaría a ver el estado del hombre, llamaría a una ambulancia, revisaría signos vitales o algo, pero en el caso del pelirrojo solo desvió su vista hacia el grupo de gente que se había amontado, entre los cuales vio perderse una negra cabellera, sonriendo de forma divertida y juguetona
-Parece esta noche podría ser interesante…-

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-¡Déjame felicitarte por esa reacción tan increíble!-Como si hubiera salido de la misma nada, el joven de rojos cabellos dio aquella felicitación tan despreocupada hacia la joven de negros cabellos quien se había desviado por uno de los pasillos que llevaba al interior del hotel, pareciendo que felicitaba a alguien que acabara de hacer un movimiento ganador en algún combate de artes marciales en lugar de a una chica que posiblemente acabara de salvarle la vida a un hombre.-Oh… Perdóname, seguramente es muy raro alguien diga eso de repente. Solo que vi lo que hiciste, los guardias no debieron de tratarte así, le salvaste la vida…-Una vez más elogiaba a la joven por sus acciones, de una forma que parecía sinceramente maravillada, observándola casi con admiración.


-Mi nombre es Rael… Es un gran placer, soy un compañero de negocios del dueño y créeme estoy muy agradecido lo ayudaras así…-Continuo el joven pelirrojo como si presentarse en esa clase de situación fuera perfectamente normal, y tal vez lo fuera, un joven empresario amigo del hombre al cual ella acababa de salvar, acercándose a agradecerle de forma sincera por salvar no solo la vida del hombre, si no los propios intereses del pelirrojo. Si se veía de esa forma, nada extraño resultaba de ese cuadro.-El gerente del hotel parece está calmando a los invitados… Pero por mi parte, estoy más interesado en mostrarte mi gratitud…-Una sonrisa pícara y juguetona se mostró en los labios del hombre con los estigmas en la garganta, mirando a la chica con la cabeza levemente ladeada, estando a poco más de dos metros de ella en aquel pasillo totalmente desierto a excepción de ellos dos y las cámaras de seguridad postradas por el techo. Sus ojos azules como el zafiro observaban atento el rostro de la joven, apreciando sus delicadas u hermosas facciones, una belleza casi exuberante que le hacían resaltar.-¿Me deja invitarle una copa? Quisiera al menos hacer eso por salvarle la vida a mi amigo…-
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Re: Greediness Night [Priv. Tris L. Hasting]

Mensaje por Tris L. Hasting el Miér Ene 20, 2016 5:56 am

Tris odiaba los imprevistos. Éstos les hacían ver su falla, la falta de premeditación que la llevaría a una pronta muerte.  ¿Cómo pensaba matar a Demian si continuaba permitiendo esos errores? Ser el eslabón más débil de la cadena alimenticia implicaba contar siempre con un as bajo la manga, uno que le permitiese una huida rápida a las fauces del depredador.
En un mundo donde la paranoia estaba a la orden del día, no era de sorprender que Tris desconfiara de aquel joven pelirrojo que se le presentaba con una tranquila invitación. Los brujos rondaban a menudo por Las Vegas estafando personas, podría ser uno de ellos, o un demonio que estuviese buscando almas de idiotas infelices y fundidos. En ambos casos, sería poco probable que se acercasen a ella, porque no encajaba con el perfil de las víctimas que buscaban. Un hombre lobo quedaría descartado al instante, en tanto la luna llena se cernía imponente sobre el desierto pecador esa noche. Sólo restaba entonces un vampiro, criatura que podría manejar en un sitio con gente con un poco del suministro de verbena que cargaba consigo. O…el caso más factible, un simple humano, empresario joven y atractivo, interesado en su figura y deseoso de tenerla entre sus sábanas para satisfacer esos placeres mundanos.
Sonrió coqueta y llevó una mano a su cintura, imitando aquel proceso como tantas otras veces. Habiendo estado en una fiesta, no podría mentir aludiendo que no podía quedarse. La etiqueta en esos ámbitos era importante, los estereotipos nacían a flor de piel y mientras más los cumpliera, las sospechas serían nulas. Un reloj mental le repetía una y otra vez que el tiempo era limitado, que mientras más pasara menos serían las posibilidades de hacerse con el botín. Dos copas e irse; ese sería el límite.
¡Pero qué compañero tan amable! Mi nombre es Marina —se acomodó un mechón de cabello y caminó hacia su lado, tomándole la delantera por unos pasos. Enfatizó el acento ruso, integrándose en el papel—. Aceptaré la copa, pero me halagas demasiado. Simplemente hice lo que cualquier persona haría, ayudar al otro.  
Retomando el camino que otros invitados habían hecho, dobló hacia la izquierda para ir al bar. Era juvenil, podía verse en los rostros joviales y expectantes el brillo febril del alcohol. Un mundo de frivolidades y pasiones, de fuego incandescente y efímero, con la energía destellante desprendiendo de esos cuerpos moldeados que parecían consumirse por dentro. En comparación a esa gente, que danzaba y reía al ritmo de la música del momento, Tris se sentía vieja de espíritu. La piel rozagante cubría ese monstruo interno, que el destino cruel había creado años atrás; un ser tan aterrado y agresivo que se ocultaba con recelo para apuñalar por detrás. Y se preguntó a qué lado pertenecía el hombre frente a ella, si era uno de los favorecidos de la vida o si integraba el grupo de los miserables.
Se sentaron en la barra y el barman rápidamente se acercó a ellos. Las ropas elegantes los delataban y aquel empleado sólo veía en ellos unos cuantos  billetes de propina, en el mejor de los casos el siempre bien recibido Franklin, aunque él estaría animado ya con un Ulises Grant. Ante la típica pregunta de qué deseaban, ella sonrío, guiñando un ojo al muchacho a su lado.
No lo sé, prefiero que mi elegante compañero decida por mí —los penetrantes orbes esmeraldas se posaron en sus zafiros, de un brillo especial, con la intensidad del rayo cayendo en la tormenta—. ¿Qué crees que bebo? Espero que la invitación haya sido sincera y que realmente quiera conocer a la salvadora de su amigo.
Lo vio en su sonrisa, en la mirada predadora que recorría sus facciones. La clase de hombres que deseaban poseer, tener el control, subyugar a la mujer bajo suyo. Detrás de esos cobaltos, él era parte de la raza dominante, destacando entre los suyos en ese manto sagrado de éxito y virilidad. Y le iría bien, entre las putas de Milán o Manchester, el perfil que creía ver en Marina. Pero ella sería algo más, una pequeña vuelta de tuerca, una fémina que gustaba de jugar y hacer desear, más que conceder.
Y no sólo me refiero a querer conocerme bajo la ropa —aclaró, con la falta de filtro propia de una mujer segura y dominante—. Aunque para ello, tendrá tiempo sólo de dos copas para convencerme. Si no lo logras, da svidániya, querido desconocido.  
Rael perdería, por supuesto y ella tendría pase libre para irse, sin sospechas ni alarma. Mientras estuviese adentrándose al salón de la fiesta, él ya estaría acechando a una promiscua muchacha. Al poco rato, cuando sus ojos admiren la desnudez de ese nuevo rubí, se olvidaría de ella. Y probablemente, al momento en que el éxtasis erupcione cuán volcán, esas históricas joyas danzarían bajo sus dedos.  
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Re: Greediness Night [Priv. Tris L. Hasting]

Mensaje por Rael Crocell el Jue Ene 21, 2016 5:36 pm

¿Cuántas veces había hecho cosas parecidas en otras fiestas? Tantas que no podía contarlas todas. Los humanos eran superficiales, vánales y sedientos de satisfacer sus propias necesidades e intereses. Tal era el caso, que luego de algún tiempo el pelirrojo se había dado cuenta de que la mejor arma que podría usar para lograr sus propósitos, era actuar como uno más de ellos. Muchas fiestas habían sido su práctica, mucha observación su único estudio. Había logrado usar aquellas habilidades sociales que había desarrollado a través de tanto esmero para poder facilitar aquella “cosecha” que durante eones los demonios como él habían estado realizando. Solo aprendiendo como abordar a una persona, uno podía descubrir, lograr y conseguir tanto. Para los humanos normales estas recompensas ganadas de sus habilidades gesticulares y verbales seria ya fuera alguna conexión interesante, una nueva relación estimulante o, como era el caso común en la fiesta en la cual el pelirrojo y la chica estaban, sencillamente conseguir alguien que complaciera su instinto carnal. Y aunque todas esas cosas igual había logrado el pelirrojo en más de una ocasión, sus motivaciones eran más que la simple necesidad de satisfacción personal, motivos muchos más siniestros eran el causar de su forma de actuar y relacionarse.

-Oh, señorita Marina, que bello nombre-Sonrió de manera educada el joven, mientras la miraba pasar a su lado, regresando sobre sus pasos hacia el salón de la fiesta, donde finalmente el gerente del hotel, mano derecha del dueño quien en esos momentos seguramente ya se encontraría siendo trasladado al hospital más cercano, había calmado los ánimos y vuelto a reanudar el evento, más que nada para hacer creer que el dueño del hotel estaba en buen estado, impidiendo mostrar un estado débil del susodicho, a causa de las relaciones y nombre que tenía en el lado oscuro de la sociedad, mismo que le impedían poder mostrarse vulnerable, si es que quería evitar terminar en lo más profundo de las arenas del desierto.-No cualquiera pudo haberlo hecho, señorita. Prueba de ello es que de las veinte personas que estaban cerca de mi amigo, usted fue la única que supo reaccionar de manera correcta a tiempo…-

Pensando en ello, no podía evitar preguntarse qué había pasado para que su contacto, no amigo en realidad, cabe aclarar, sufriera de esa terrible reacción al momento de beber una copa de aquella botella que en más de una ocasión le había ofrecido al ir a cerrar algún negocio, o empezar otro. El resultado había sido curioso y solo podía pensar que el culpable fuera el líquido que había pasado por su garganta, el cual luego causara una severa reacción en la misma. Una leve sonrisa divertida se mostró en los labios del pelirrojo mientras pensaba en la mujer que había llevado la botella hasta el podio de la fiesta, la cual igual la había descorchado y servido, solo pudiendo pensar en lo precaria que sería su situación actual, seguramente primera sospechosa de lo que había causado. Claro, ella no podría ser enjuiciada ni nada, ni siquiera había sido llamada la policía, pero eso solo resultaba peor para su destino, después de todo, la ley y la autoridad a la cual acabaría respondiendo, seria a aquella peligrosa oscuridad que existía en la sociedad.


-Oh, ¿Es una prueba acaso?-Rio levemente el pelirrojo, mientras se sentaba junto a la chica en la barra, mirándola a los ojos, aquellos orbes del color de la esmeralda, que inclusive pudieran rivalizar con el brillo de algunas de las mismas piedras preciosas que esa noche se exhibían ahí. Los ojos zafiro del joven Crocell miraron unos instantes los de su compañía, expectantes, como si al verlos pudiera ver dentro de su mente, saber de sus gustos. Aun así, eso no era posible, ni siquiera para el pelirrojo. Él era capaz de adivinar, a través de acciones, palabras o sencillas expresiones, si una persona estaba entregada a la codicia, el deseo, la ira, la arrogancia u otras más emociones negativas, siendo estas como una esencia que su mente podía captar de forma natural, tal cual aroma, facilitándole así un poco la búsqueda de sus víctimas. Pero nada de eso le servía como para poder deducir que tipo de bebida la chica preferiría. Por su acento era sin duda una mujer de origen ruso. ¿Acaso debía usar eso e invitarle una dosis de Vodka, aquella bebida nacida de la papa que era un orgulloso producto de su país de origen? ¿Debía acaso pedir tragos fuertes, con los cuales poco a poco el alcohol mermara las fortalezas de la joven, dejándola más vulnerable ante los juegos y pensamientos del pelirrojo? Tal vez alguien que solo quisiera tener un revolcón esa noche se dejaría guiar por esa lógica, animar a la chica con algo de alcohol y luego subir a una de las habitaciones. Pero para buena o mala fortuna, el chico estaba guiado esos instantes por otros motivos-Dele a la bella dama, un Gold Rush Tea… No queremos algo pesado para tan bella dama-Pidió el pelirrojo mientras le sonreía de forma suave a la chica, casi como si eso hubiera sido un examen, y esa fuera su respuesta definitiva, un coctel que si bien no era algo suave que pudieras tomar toda la noche sin que hiciera perfecto, tampoco era un coctel fuerte que permitiera pensar que la estrategia del chico era embriagarla.-Y para mí, un Alexander…

Aun así, parecía que la chica había adoptado aquella idea, que había quedado con la impresión que el pelirrojo solo se había aprovechado de la situación para así poder conseguir una noche de pasión y placer. Aquella falta disimulo al momento de especificar la intención de su mensaje, había logrado arrancar una sonrisa sincera por primera vez en el demonio. ¿Qué era una sonrisa sincera en una persona? Era un símbolo de su personalidad, variando de persona en persona, que mostraba su esencia real. Normalmente esta era pura y alegre, pero Rael no era alguien normal, era una esencia aparte de la normalidad y que no debería poder ser considerada normal para la gente que lo era. Por lo tanto, aquella sonrisa que se mostró en sus facciones, fue una que mostraba diversión y picardía, aquella sonrisa que en alguien como él, que representaba los pecados más mundanos de la humanidad, seria indicada.

-Pues vaya, parece que entonces empezamos, esta es la primera…-Respondío a su comentario, de forma tan calmada que podría ser considerada extraña. Primeramente se había interesado en conocer a aquella mujer que había sido tan rápida y veloz al momento de salvar a su socio, intrigado por aquella forma de actuar. Ahora, se había encontrado con una chica segura, picara y fuerte, diferente a las normales que iban a  esas fiestas a lucir lindos vestidos y buscar alguna pareja de poder, pero que igual encajaba en el perfil de las mujeres de esas fiestas, mujeres hermosas seguras de esa preciosura concedida por dios, o por las manos de un buen cirujano de ser el caso, las cuales gustaban de hacerse desear, sentir la mirada de los hombres recorrerles mientras sus mentes ideaban mil y un formas de poseerlas y unas pocas de como poder abordarlas sin parecer retrasados.-Aun así… A pesar de que me pongas tal limitante… Este mismo me parece esperanzador…-Susurro el demonio mientras tomaba su copa, dando un pequeño sorbo a ese coctel levemente endulzado y con esencia al cacao, mirando de nuevo a los ojos a su acompañante, ya sin la máscara que había ideado de socio preocupado e inocente, sabiendo por las palabras de la chica que no le veía así en lo mas mínimo, adoptando ahora la forma de ser que ella esperaba, un hombre pícaro y deseoso de tenerla entre sus brazos y bajo sus sabanas aquella noche, daba igual que papel desempeñara, o a que resultaron le llevara, siempre que su propósito real fuera resuelto.-Por qué de no tener oportunidad alguna, una sola copa hubiera sido suficiente para deshacerse de mi… De querer esperanzarme y solo dejarme deseoso y de rodillas, no hubieras puesto límite mientras vaciabas mi cartera esta noche a tu gusto… Pero que me pongas dos puede decirme que la idea de conocerme debajo de este traje, como has insinuado yo quiero hacer contigo, no te resulta desagradable… -Mirándola con un dejo travieso, sin centrarse en lo que él quería, si no insinuando algo que ella pudiera desear en el fondo, que tal vez ni ella fuera consciente de eso. La mirada del pelirrojo detonaba toda la seguridad que sería propia de un hombre que sabía sobre el juego que esos dos parecían querer hacer creer que jugaban, y que no era un principiante que sería fácilmente superado, pero lo mismo sabia sería el caso de la chica, que había despertado su intriga e interés.- ¿Pudiera ser que en la mente de tan bella señorita, pudiera haber en el fondo pensamientos de lo que podía hacerle a un mozo pelirrojo en una situación más privada? Pero bueno, eso solo simple conjeturas-Su lengua entrenada para implantar ideas en las mentes ajenas, sencillas insinuaciones que causaban pensamientos que antes no estaban ahí, o que reforzaba aquellos que ya existían, cumpliendo todo aquello en lo esperado de un demonio, aquella forma de ser que invitaba a la tentación y guiaba a la perdición.-Pero bueno, dígame mejor… ¿Es de su agrado la bebida?-La sonrisa del pelirrojo mostrándose tranquila y suave, mirando a los ojos a Marina mientras tomaba un poco más de su propia bebida, esperando por su respuesta, el juego acabando de comenzar.
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Re: Greediness Night [Priv. Tris L. Hasting]

Mensaje por Tris L. Hasting el Jue Ene 28, 2016 2:21 am

Tris jugó con su copa unos segundos, moviéndola antes de beber el dulce contenido.
Las palabras cuidadosamente elegidas, los gestos anticipados de ante mano. Quien dice que los ojos son el espejo del alma, no ha conocido a Beatrice Hastings y el laberinto jade encerrado en su mirada como una crisálida. Y su acompañante no era la excepción.
A fin de cuentas, ella no era Tris. No en ese momento, al menos. Allí estaba Marina, la segura y erótica Marina, con su fuerte acento ruso y las pasiones exhibiéndose a flor de piel. Siempre inconforme, castigada por su insaciable espíritu que no encuentra quien le siga el ritmo. Problemas paternos en su niñez o un complejo edípico no resuelto, quizás, probablemente, quién sabe. Su cuerpo nacía poco a poco, luchando con golpeteos de salir del cascarón sabiendo que moriría a las horas como una mariposa. Porque Tris no pensaba usarla más allá que esa noche, y luego Marina, la segura y erótica Marina, sería dejada atrás y sólo pasaría a ser una sombra más de la historia que nunca fue y será. Un rostro intruso en sueños ajenos, en el mejor de los casos una musa cantarina en el corazón sensible de un artista. Pero si algo era seguro en aquella ínfima vida de horas, es que tarde o temprano sería olvidada por esos pocos que grabaron su imagen. Y Marina desaparecería en el acto más humano que su vida falsa le otorgó. No habría legado, tampoco recuerdos ni afecto, la nada misma sucumbiría con tempestuosa imperiosidad.
Observó a Rael y sonrió, como quien ha sido descubierto en plena fechoría, sin posibilidad de ocultar la culpa.
Es una buena elección —reconoció, terminando el líquido de un trago y controlando la quemazón en su cuello—. Aludiendo a tu lógica, ¿qué significaría esto? Si me hubiese aburrido, simplemente podría levantarme e irme, como bien lo has dicho. Pero he bebido el primer trago en segundos, por lo que podrías asumir que sólo quiero pasar a la acción, ¿No es verdad? —levantó la copa, e hizo una ademán al barman por otra más—. Aunque… ser demasiado predecible lo volvería monótono, nos hubiésemos ahorrado toda esta falsa cordialidad y ya estaríamos aprovechando mejor el tiempo en la habitación.  
Miró las personas, pero en ellas sólo veía un vitral y el espíritu férreo de Madame de Pompadour cubriendo como un halo sus joyas. Cada minuto que pasaba sin hacer algo, simplemente charlando como una puta lo haría con su próxima billetera, éstas parecían alejarse de sus dedos. No podía permitirlo, los robos frustrados eran un suplicio, atormentando la mente días y semanas después buscando cuál era la falla. La despertaban a las noches, con la molesta sensación de que sería vista, de que alguien la reconocería y marcaría su destino fatal. Cualquier indicio de su existencia, sólo lograría que él la encontrase y que sus colmillos desgarrasen su garganta con malicia, que le arrebatara de nuevo la vida que nunca alcanzó a reencontrar. Y ella simplemente no podía dejar que eso sucediese.
¿Qué buscamos entonces? Tú crees que soy otra lujuriosa más del montón, ¿no es así? Como yo bien creo que sólo buscas a las mujeres de  mi estilo para acostarte con ellas y hacerlas tuyas— se acercó a él lentamente, sus manos acariciando con suavidad su pecho y sus ojos, aquel amazonas que buscaba apoderarse del brillante océano del joven—. Y aún así no estamos haciéndolo, como la lógica dicta, sino hablando porque queremos algo más. ¿Sentir por una vez el esfuerzo, un poco de adrenalina para que no sea todo tan sencillo? Podría ser, pero no estarías invitándome a mí una copa, sino a una mujer que sepas que te sería más difícil abrirle las piernas.
El barman se  acercó a ellos carraspeando, debía estar acostumbrado, porque ni siquiera les dirigía la mirada. Ella volvió a su posición sin inmutarse, ahora con copa en mano y un par de billetes que escondió en su bolso.  A unos metros de distancia, un grupo de muchachas hablaban entre sí y reían, extasiadas de alcohol. Podía percibirlos en su mirada, en los susurros a sus oídos, en la sonrisa pícara que atravesaba sus facciones. Dos de ellas habían  posado la mirada en su acompañante, atraídas quizás por las facciones elegantes o los destellos cobres de sus cabellos que parecían emanar fuego en sí mismos. Las jóvenes bailaban entre sí, los cuerpos pegados unos a otros, las manos recorriendo desesperadas cada fémina curva y los ojos pecadores fijos en el empresario. Tris les guiñó un ojo, alzando su copa para que se acercaran.
Eran la clase de mujeres que a futuro serían víctimas. Tan inocentes, tan descuidadas consigo  misma, acercándose estúpidamente a un par de desconocidos sin preguntarse más allá de quién sería la primera en quitarse la ropa. Reían tontamente, como si realmente existiese pudor alguno ante la propuesta que la joven les haría.
Les ofrezco cien dólares a cada una si le bailan a mi compañero. Un baile de verdad, que haga que no olvide sus rostros ni en sus sueños.
Las jóvenes se miraron entre sí, sonrieron y obedecieron aún riendo. Se acercaron a Rael con movimientos lentos y atractivos, una sentándose sobre sus piernas y la otra danzándole por detrás. Tris lo podía ver en los ojos brillantes, las mejillas sonrojadas, la tardía reacción en los pasos. No estaban acostumbrada a ello, eran simplemente estudiantes universitarias con más alcohol en las venas de lo que sus esbeltos cuerpo podrían tolerar.
En algún momento, dejó de ver el rostro de Rael, oculto por esas ingenuas jóvenes. Tris terminó de beber rápidamente, dejando los doscientos dólares que anteriormente había sacado del saco del pelirrojo y procuró irse de allí en silencio, como una sombra que jamás existió.
Una vez en el pasillo, buscó rápidamente el ascensor, maldiciendo mentalmente mientras lo esperaba. Esta vez no aceptaría más distracciones.  
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Re: Greediness Night [Priv. Tris L. Hasting]

Mensaje por Rael Crocell el Vie Ene 29, 2016 10:51 pm

El pelirrojo siempre jugaba con todas las intenciones de ganar. Esa era la verdad, era hábil en su campo, aquel campo de juego en donde las almas chocaban y se encontraban continuamente de forma infinita, logrando solo algunas triunfar entre las demás. Rael nunca jugaba con la mínima idea de perder en su mente, el infierno mismo le había dado las habilidades necesarias para poder cumplir sus cometidos, los cuales eran nada más y nada menos que abastecer continuamente de almas aquellos caminos creados por el universo y gobernados por la encerrada energía de Lucifer. Él no era poseedor de deseos terrenales, no tenía propios placeres, un demonio era una representación de la tentación y el pecado, pero los demonios como él, aquellos cuya alma había sido consumida en el infierno por completo cuando en la tierra ya habían perdido toda cordura o fe, eran algo diferente a las que normalmente se esperaría. El pelirrojo había sido privado de cualquier cosa que pudiera generarle un verdadero placer, solo unas muy pocas quedaban en su existencia que pudieran otorgarle algún ínfimo gramo de disfrute. Y una de estas era el placer que provenía del juego.

¿Sería por eso que el pelirrojo se sentía tan a gusto en los casinos? El mismo creía que sí. La adrenalina de apostar, el placer de encontrar un buen contrincante, el gusto de poner en línea todas sus cartas, toda su habilidad, enfrentarse en un desafío mental y psicológico a alguien más. Eso era lo que le daba el gozo que tanto anhelaba ahora. ¿Buscaba el premio? ¿Lo que deseaba era el dinero ganado? En lo más mínimo, su único objetivo era disfrutar del placer del juego en si, a diferencia de las personas normales cuyo motivación real era en si las recompensas que las apuestas llevaban.

Pero con el tiempo, había descubierto otra clase de juego que le otorgaba el mismo placer que cualquiera en donde las cartas fueran lanzadas o las fichas movidas por la mesa, y aquel juego era el de la seducción. Había encontrado en aquello un placer único y diferente, que nada tenía que ver con la recompensa. Aquel jugueteo que se hacía entre dos personas, mostrando sus cartas lentamente y con calma, buscando entre un abanico de posibilidades el cómo abordar a la otra persona, como entrar lentamente en sus pensamientos, como localizar y pulsar los botones que activaban el deseo. Aquel era un juego más profundo que cualquiera de cartas o de ruleta. Ahí tus únicas armas eran tu ingenio y tu astucia, la suerte nada tenía que ver. Saber entender a la otra persona, hacerla sentir un lazo que en realidad no existía o crear en ella una necesidad que antes no estuviera ahí. Todo eso con el único fin de finalmente tenerla entre las palmas, entregada a ti, normalmente acabando esto en una danza de placer, piel y deseo, siendo aquello el final del juego y la clara victoria.

Pero de nuevo, el demonio amaba el juego, no el resultado en sí. Él no buscaba algún revolcón con alguna mujer de grandes curvas o preciosa apariencia, no le interesaba hacer suya a una chica que con unas copas bajara la guardia y abriera las piernas ante cualquiera que luciera un auto de moda o una billetera abultada. Aquello era tan aburrido, tan poco desafiante. Tal vez por ello se había sentido tan atraído hacia Malina, aquella chica que sin importar sus palabras agradables o actitud caballerosa, podría sentir en sus ojos la falta de interés aunque en sus labios pareciera aceptar cada invitación, permitiéndole al Crocell acercarse a ella. Aquella mujer no era una cualquiera del montón que esa noche se llevaría a alguna cama a destrozarla, eso lo sentía, y eso era lo que le parecía tan atrayente de ella.


-Si lo que yo creyera fuera que con un par de copas te tendría entre mis brazos, ni siquiera me molestaría en haber empezado en primer lugar… Porque siento que como yo, tu siente que el placer se encuentra en el reto, y no en la recompensa…-Le respondió de forma totalmente tranquila, mientras observaba como pedía otra copa, a lo que el barman rápidamente atendía su orden. Las palabras de la mujer regresaron a su mente, el límite que ella había fijado para esa conversación, tan corto ahora, reducido a la mitad, solo faltando una copa más. Aquella mujer que con desinterés y fría cordialidad hacia que su tiempo junto se redujera, como si tuviera prisa de alejarse de ahí, de que el pelirrojo se fuera. ¿Por qué tendría tanta prisa? Si fuera para salir del lugar, sencillamente se hubiera excusado cuando le encontró diciéndole que ya se iba de la fiesta, en su lugar había aceptado una copa, pero notándose aun las ansias de acabar aquella conversación. ¿Qué sería lo que la tendría tan apurada? Aquel misterio solo le hacía sentir la dificultad del juego más y más, y con ello su atracción por el mismo.- Y yo igual me pregunto qué es lo que buscamos. Tu seguro piensas soy un simple don juan jugador que quiere esta noche tu ropa adorne el suelo de la habitación, y en su lugar aceptaste una copa que se nota no tenía tu verdadero interés…-Le respondió con una mirada tranquila a pesar de sentir la mano de la mujer en su pecho, la sensación de sus dedos rozando su camisa. Tal vez él se considerara habilidoso, un poco más de lo que era realmente. Pero la misma Marina pecaba del mismo orgullo y arrogancia que él, ante la forma tan segura en que relataba sus supuestos y sus ideas, como si el pelirrojo fuera todo lo que ella pensaba y suponía y nada más, como si ya le hubiera leído en su totalidad-Y si bien es verdad que yo busco el placer en el esfuerzo, y la diversión del desafío… Me pregunto qué es lo que buscas tú, con tan bellos ojos, en los cuales veo que tu interés no está en mi realmente, y que solo me hacen desear más hacer que se fijen en mi persona, y mi presencia opaque tu mente…-

Y ahí estaba de nuevo, una arrogancia sutil pero profunda en el pelirrojo, la misma que le hacía actuar con seguridad y confianza en cada momento de su día a día. Él era un demonio, lo que le hacía arrogante y prepotente por naturaleza. Pero aun así era alguien astuto, paciente y nada idiota o entregado a la lujuria y el deseo como otros tantos que había llegado a ver. Aun así, él se presentaba como una fuerza inamovible, como si su propósito en realidad si fuera tener seguir con aquel juego hasta el final, que la bella y exuberante mujer que tenía frente suya finalmente se entregara a él como ella tan segura estaba. ¿Y por qué no? Al fin y al cabo, ese sería la señal de su victoria en aquel juego que había empezado.

A pesar de eso, de toda la seguridad que sus palabras y facciones mostraban, de aquella confianza en lograr que la hermosa mujer se fijara en él, noto el gesto que la chica hacía con su copa, algo extrañado y sintiendo un dejo de desconfianza en su interior. Rápidamente escucho el sonido de un par de risas en cuyos tonos se notaba el efecto de un par de copas de más. Un leve bufido salió de los labios del pelirrojo cuando su acompañante, sin muestra alguna de reparo o pudor, les dio un trato que resultaba más bien grosero hacia cualquier chica con un poco de decencia y orgullo. Pero nada de eso se aplicaba ahí, el alcohol era un virus para el cuerpo, borrando del mismo toda defensa, todo pudor o conciencia. Aquellas chicas atendieron a la propuesta de la ladrona, dudándolo durante poco más que un fugaz momento, rodeando el pelirrojo el cual abrió los ojos sorprendido, pero no por encontrarse arrinconado por dos jóvenes bellas y agraciadas, si no por el cambio de dirección que Marina le había dado a su conversación y al ambiente. Sus ojos se cerraron, algo exasperados mientras sentía el peso de una de las jóvenes sobre su regazo, un par de manos recorriendo su cuello y otras deslizándose por su pecho. El olor a alcohol inundo sus fosas nasales cuando una de las féminas pasó sus labios, pintados de un cerezo destellante, cerca de su rostro en el amago de besarlo. Ellas mismas parecían estar dispuestas a mas que solo el baile que la chica les había solicitado, parecía que con solo algunos cuantos halagos y palabras picaras, podría convencer a ambas de subir y hacer entre los tres un cuadro digno del cine para adultos. Y todo ello, no hizo más que hacer que Rael diera un suspiro de inconformidad y molestia, moviendo lentamente a la chica sobre si, notando como su acompañante no estaba, habiendo dejado solo una copa vacía y un par de billetes en la barra.


-Mis bellas señoritas… Esperen por favor…-Nuevamente, una máscara tan estudiada como efectiva apareció en los labios del joven, mientras se ponía de pie y sonreía de forma galante a las chicas. Ellas en un principio se mostraron algo sorprendidas por que el chico se pudiera poner de pie sin muestra alguna de pudor a pesar de que entre las dos habían estado recorriendo su cuerpo con las manos y rozado su piel sin reparo. Aun así, un par de palabras de admiración del pelirrojo hizo que se ganara la risa cantarina de ambas, mientras jugaban con sus cabellos y mordían pícaramente sus dedos. No le llevo solo mas de algunos minutos y unos pocos roces en sus brazos y rostros, acompañados de una mirada juguetona y una sonrisa traviesa, en hacer que esas dos alcoholizadas chicas tomaran la llave que el hombre les ofrecía, dándoles un numero de cuarto y la instrucción de que subieran ellas primero y lo esperaran ahí.

-Y si quieren pueden empezar sin mi…-Sonrió el pelirrojo guiñando un ojo, causando que las chicas mordieran levemente sus labios y luego se fueran del lugar entre pasos algo temblorosos y risas de falsa vergüenza y ansias. Todo como el joven Crocell había pensado, había salido. Aquellas dos chicas ahora subían a una de las habitaciones más económicas del hotel, de esas de las cuales el joven Crocell tenía copia de las llaves, como parte de un acierto de libertad de acceso que había hecho con el dueño del hotel hacia algún tiempo. Esas dos hermosas mujeres empezarían una fiesta y se prepararían y animarían entre sí, esperando a un pelirrojo que nunca llegaría, a unirse a ella en un festín perverso que jamás sucedería, el cual seguramente acabaría en realidad en las dos dormidas luego de jugar con sus propios cuerpos, invadidas por el alcohol y la inconciencia, sin siquiera saber al día siguiente como habían acabado ahí o quien les habría dado la llave.

-Supongo fue este el Game Over… No siempre uno puede ganar…-Suspiro con una pequeña sonrisa, mientras tomaba la copa que había pedido y la bebía, un trago sabor a derrota. Aquello había sido un juego fugaz, tan efímero como la vida de un mosquito, en donde ni siquiera había tenido oportunidad de jugar todas sus cartas. Un leve sabor amargo quedo en su paladar a pesar de lo dulce de la bebida, negando. A pesar de su orgullo o su naturaleza, él no era un mal perdedor, porque en realidad nunca le había importado el premio del final. El no sentía más que una leve decepción por que el juego no había durado más, no había podido disfrutarlo tanto. Era triste que aquella noche pareciera haber perdido una promesa de entretención. Pero en ese caso, solo quedaba ir a cumplir su labor.

Sus manos se poyaron en la barra y el demonio se puso de pie. Aquella noche no dejaría que todo acabara sin ninguna ganancia. Si bien había perdido su oportunidad de entretención con aquella chica que había captado su atención, aun podía buscar alguna alma necesitada que escuchara los dulces susurros de un demonio y que poco a poco cediera su esencia inmortal a sus promesas. Pero de nuevo, parecía que aquella noche iba en un sentido incompresible para el pelirrojo, que el destino ese día estaba particularmente dispuesto a ser un incordio y no dejarle ni un instante de paz. Ya que en ese instante, antes de que pudiera siquiera darse la vuelta y buscar alguna víctima, todas las luces se apagaron al unísono.

Una expresión de asombro en general lleno el lugar, mientras la música de fondo cesaba, al igual que cualquier conversación. Los susurros pronto se hicieron llegar entre los diferentes grupos ahí, mientras pasos inentendibles y algunos choques accidentales, acompañados de sus respectivas quejas, se había presentes. Cerca de Rael, uno de los barman parecía haber sacado su teléfono y hablado con alguien, ya que rápidamente empezaba a repetir palabras de la conversación que tenía
-¿Se fue la luz en todo el edificio? ¿La energía de reserva no responde? ¿Qué hay de los elevadores? ¡Podría ver gente ahí atrapada! Aquí se fue todo igual, no puedo casi ni ver nada, igual en la cocina con los alimentos se podrían echar a…-La atención de Rael se perdió en ese instante, alejándose y dejando al barman discutir con quien fuera que estuviera al otro lado de la línea.

-Vaya, vaya… Esto no fue accidental…-Sonrió el demonio Crocell, mientras avanzaba tranquilo entre la gente, evitándola como si pudiera verlas perfectamente a pesar de la oscuridad, y en realidad era así, pudiendo ver con normalidad cuando otros estaban cegados en penumbras. Avanzo de forma calmada mientras sus ojos cambiaban a un tono tan oscuro como la oscuridad que le rodeaba, sonriendo de una forma que asustaría a más de uno si pudieran observarlo en la oscuridad-Pensé esto pudiera pasar… Pero no esperaba que fueran tan rápidos…-

¿Qué era lo que del demonio había adivinado? Era un presentimiento que había tenido desde que hubiera visto al dueño del hotel caer de espaldas víctima de una seria reacción alérgica. Pudiera ser que se encontraran en una fiesta de alto copete, donde todos fueran artistas y famosos, empresarios, políticos y estrellas de algún ámbito. Pudieran decorar todo bonito para que las personas ahí se divirtieran y ligaran, dando rienda suelta a sus deseos, donde igual hicieran contactos o conocieran nuevos posibles aliados. Pero debajo de todo eso, no se podía olvidar un detalle en especial esencial, que era el detonante de todo lo que empezaba a pasar. Aquel era un hotel perteneciente a una persona influyente del bajo mundo.

Era de lo más normal, que cuando una persona de la posición de su socio, dueño del hotel, sufriera algún predicamento como el que había pasado, sus rivales y enemigos, los cuales el pelirrojo sabia bastante bien que tenía, se aprovecharan de ello para eliminarlo y quitarlo de en medio, por su propio beneficio. Eso era casi una tradición de cualquiera que tuviera una posición de poder en el bajo mundo, todo con el fin de obtener mayor influencia y estatus. Pero no era tan fácil, no sería tan sencillo. El dueño del hotel era arrogante, algo descuidado e iluso, pero no un desprotegido. Matarlo, a pesar de que en esos momentos se encontraba de paso hacia el hospital más próximo, no sería algo sencillo, teniendo la escolta que traía, los guardaespaldas que poseía y los contactos que le consiguieran un ambiente seguro y controlado en el cual recuperarse. ¿Entonces que más pudiera hacer sus enemigos y rivales contra él, si no era quitarle la vida? Sencillo, dañar su status.

Una vez más, el recuerdo de la razón de aquella fiesta llego a la mente del pelirrojo, mientras podía notar como empezaba algo de movimiento, habiendo llegado a las escaleras mientras se deslizaba por las mismas, con un destino cierto. ¿De qué manera podrían dañar el status de su socio? Muy simple, tan simple como pudieran ser las mentes humanas. Aquel era un mundo de dinero, donde los bienes materiales tenían un valor único que los necios humanos les daban. Las malas mañas del dueño del hotel ahora estaban en su contra, siendo que todos los objetos de valor que el hombre tenía en el hotel, entre ellos la pomposa colección que ahora mismo se lucia en el salón de fiestas de forma tan orgullosa, estaban en peligro ante lo que se avecinaba.

Las suposición de Rael no eran equivocas, apenas el dueño del hotel hubiera caído presa de su mala suerte, uno de los invitados había hecho una llamada luego de salir a tomar algo de aire, o al menos ese fue el motivo que les dio a las personas con quienes había estado hablando. No les había tomado más tiempo que en organizar todo, que el que había sido necesario para que Rael interceptara a Marina y le invitara una copa. Y en el tiempo en que la joven había estado platicando con el demonio, un grupo había sido puesto en movimiento, estando ahora en el hotel, habiendo cortado las líneas de energía y dejado en desuso la energía interna, deteniendo todo en el hotel y causando una confusión total. El grupo que ahora se había infiltrado en el edificio, con la única orden de robar todo lo de valor, había llegado sin un plan tan diseñado y refinado como el de la ladrona que hubiera conseguido un baile para el pelirrojo, pero si con una seguridad en sus números y las armas que poseían, además de su adiestramiento y el mapa de la infraestructura que el líder del grupo poseía. Por todo el hotel empezaba a haber cuerpos externos en movimiento, buscando aquellos tesoros que el lugar poseía, con el único propósito de servir de golpe al status y prestigio del dueño del lugar.

Y todo esto, solo tenía un significado para la ladrona experta quien se hubiera preparado tanto y hubiera creado un plan tan perfecto, con el único desperfecto de la presencia de un demonio que le había arrebatado tan valioso tiempo. Marina ahora, tenía competencia. Y el tiempo, tan valioso, empezaba a acabarse.
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Re: Greediness Night [Priv. Tris L. Hasting]

Mensaje por Tris L. Hasting el Lun Feb 08, 2016 3:43 am

Las tinieblas sucumbieron imponentes, dictando su lóbrega soberanía desde lo alto de su castillo: el hotel.
El ascensor hizo un traqueteo, el único movimiento que oyó antes de que se detuviera por completo. Esperó unos segundos, si el corte hubiese sido mera casualidad, las luces de emergencia se activarían al instante. Pero eso no sucedió y gritos lejanos, escandalosos y agudos precedido por disparos, le hicieron dar cuenta que se encontraba dentro de fuego cruzado.
Tris respiró profundamente varias veces, buscando apaciguar la ira y el odio que poco a poco hervían su sangre. Porque no podía dejarse llevar por pasiones tan impulsivas, sólo le harían sumar otro error a la lista de esa noche. Apretó los puños, defenestrando desde lo más íntimo de su ser cada imprevisto que surgía repentinamente, que le impedían alcanzar la perfección tan deseada y hacerse con el valioso botín. Fueron segundos, tan efímeros como el suspiro de una noche de verano y cada emoción se vio revista por una incorpórea capa de frialdad.
Lo importante en ese momento era salir de allí. Aún en la oscuridad, sacó de su bolso una linterna y su arma. La cargó con distintos tipos de bala todas del mismo calibre pero distinto material: madera, hierro y plomo talladas con una marca de Salomón. Independientemente de lo que sea aquello a lo que se enfrentase, estaría preparada para ello.
Sólo así podía sobrevivir.
Disparó al techo del ascensor. Dos veces fueron suficientes para que la portezuela se abriera con un sórdido lamento. De su tobillo, desenfundó un lanza garfios pequeño, una valiosa pieza que había obtenido en un mercado negro en Tailandia. Si bien era trillada y anticuada, Tris tenía plena confianza en ella, habiéndole salvado la vida en más de una ocasión. Una vez que el gancho estuvo en su posición, presionó el gatillo y el cable la impulsó hacia arriba como un imán. Cayó erguida, dando una voltereta antes, con un equilibrio que parecía más bien propio de una trapecista.
Apenas faltaban dos metros para llegar al próximo piso, por lo que ni siquiera requirió del gancho. De un salto se hizo paso a la puerta, forzándola hasta finalmente salir de allí. Se encontraba en el cuatro y le restaban otros tres para llegar a la planta baja donde las joyas de Madame de Pompadour las esperaban impacientes.
Recorrió el pasillo con la linterna. En ese tenue resplandor, supo al instante que algo andaba mal. Las puertas se encontraban abiertas de par en par, algunas destrozadas, con la madera astillada apuntando en distintas direcciones. Manchas de sangre y barro decoraba las paredes del pasillo, y se camuflaban con el tapiz rojizo del suelo. Algunos huéspedes, víctimas del destino, con la única culpa de estar en el lugar y momento preciso en el que los astros rojos se alineaban, yacían en el suelo como un bizarro decorado. Antes sonrientes y espléndidos, ahora sólo serían una futura camilla ocupada de la morgue.
Tris sabía que el poder corrompía, y esa imagen era una clara muestra de la bajeza que el ser humano podía caer. Era consciente que el dueño del hotel se rodeaba de un ámbito complicado, y hasta incluso se creía que su éxito se debía a un pacto demoníaco. No era de sorprender entonces que, aprovechando un momento de debilidad, sus rivales tan atestados de podredumbre como él buscaran destruir su imperio.
Pero ella había subestimado lo rápido que podían actuar, pensando ingenuamente que no debían haber esperado ese momento hacía meses, incluso años. Y ahora mismo estaba en un castillo donde sus pilares de piedra se convertirían en simple arena y al otro día, bajo ésta, los cuerpos sin luz serían la prueba tangible, totalmente real, de la cruel matanza que fue llevada a cabo. Ya lo veía, gente llorando por las pérdidas, padres reclamando justicia por sus hijos, jóvenes traumadas denunciando abusos sexuales. El dueño pagaría indemnizaciones, lamentaría y repudiaría esos actos frente a las cámara, mientras abogados y periodistas investigarían sus archivos clamando la corrupción del mismo. Si tuviese un alma para vender, sería el momento idóneo para ello, pero probablemente sólo le quedaría pedir a cambio los favores que le debían y movería los hilos para escapar de ese escándalo esquivando cualquier bala.
Juraría venganza, por supuesto. Lamentaría los saqueos sufridos, la imagen dañada. Los muertos serían olvidados, convertidos en cenizas y residirían solamente en los sueños de sus amados.
El tiempo se acababa a una velocidad vertiginosa y ahora estaba en una carrera por ver quien alcanzaba primero el premio. Podría perder, y sería una astilla que soportaría hasta volver a conseguirlo, pero también existía un alivio y es que ella dejaría de ser la sospechosa. El grupo enemigo cargaría con la culpa con orgullo, exhibiendo la impunidad de ese poder sombrío. Y Marina sólo sería otra víctima más, un cuerpo que se camuflaría con todas las pérdidas de ese noche.
El disfraz perfecto.



Ella siempre había sido devota a su trabajo. Se regodeaba por ver más allá de los demás, por tratar de revelar las verdades a un mundo que necesitaba ser informado. Era una tarea ardua e importante, infravalorada por la mayoría de sus conocidos. Pero ella les demostraría que estaban equivocados, tenía la esperanza de que encontraría ese diamante oculto que la llevaría a la cima.
Se imaginaba a sí misma, teniendo su propia columna en el Times, trabajando en los mejores programas de noticias. Su rostro sonriente y seguro estaría en los carteles de los edificios más altos de Nueva York, en bancas en plazas y parada de autobuses; como también en importantes propagandas. Y el dueño de ese elegante hotel, con su pasado confuso y futuro exitoso, sería su salvavidas.
Su ticket de entrada a la nueva y buena vida de la flamante periodista, Crystal Keens.
Ahora, sólo era la chica del diario barrial. La hija de Walter Keens, el mecánico de un pequeño pueblo de San Francisco y el mejor cocinero de parrillada los domingos. Otra joven ambiciosa del montón, quien había estudiado cuatro años en la Universidad de West Coast, para volver a vivir de nuevo con sus padres. Pero Crystal sabía que ella era diferente.
Porque ella había recorrido más de quinientos kilómetros por tener una primicia. Tenía esa iniciativa, esa dedicación y pasión por el periodismo que le hacía levantarse con gusto a las seis de la mañana y escuchar la radio policial todos los días por horas.  
Crystal respiró pesadamente, tratando en vano de calmar sus emociones. Si hubiese optado por contabilidad, como sus padres querían, en ese momento probablemente no estaría con una bala en su muslo. Tenía los ojos cerrados, incapaz de ver la muerte que se presentaba sin pudor frente a ella. Pero bajo sus párpados, su mente morbosa seguía recordando a su novio y su cuerpo inerte a metros de ella.
Sollozó en silencio. Hacía diez minutos que aquellos hombres vestidos de negro irrumpieron en el restaurante de la planta baja, pero podía oír los pasos y gritos que merodeaban por los alrededores. Algunos habían subido, decididos a asesinar a todo huésped y empleado que rondase en alguno de los treinta y tres pisos del hotel. Otros simplemente permanecieron por la zona, ultimando los detalles de un asalto a la exhibición de la noche.
Crystal había investigado sobre ellos, una de las principales competencias. Bajo las luces artificiales, eran dueños de un importante club nocturno en Las Vegas, con toda la basura que uno pudiese desear: drogas, bailarinas exóticas, apuestas. Pero bajo esa piel no tan inocente, residían acciones terribles de tráfico de armas y trata de blancas; y ahora se sumarían a la lista masacrar centenas de personas.
Contuvo la respiración cuando dos de ellos entraron al restaurante. No necesitaban linterna, el perímetro estaba iluminado tenuemente por la luz de la mayoría de las velas que curiosamente, continuaban flameando, ajenas al desastre ocurrido.
No veo a nadie. ¿Estás seguro que hay alguien por aquí?
No, pero prefiero revisar. Puede que algún poli haya entrado.
Estás siendo paranoico, amigo. Sabes que tenemos al menos otros cinco minutos más antes de que los azules recién aparezcan.
Ser paranoico me ha salvado la vida.
Los hombres avanzaron lentamente, las armas en alza, dispuestos a disparar al mínimo movimiento. Crystal, desde su posición, podía ver en diagonal un cuerpo que yacía boca abajo, tan rígido como una estatua. Por unos segundos, deseó poder estar igual que éste, con la molesta sensación de que sus latidos podían oírse a kilómetros a la redonda. Las gotas de sudor surcaban su piel y desprendía el miedo en un intenso aroma. Cerró los ojos, buscando inútilmente poder simular estar muerta. Pero la oscuridad, los ruidos de pasos, el hedor de la muerte impregnándole la nariz sólo le causaba mayor pavor.
Podría morir, de un segundo a otro, sin siquiera saber que le estarían apuntando a la cabeza. Sin oponer ninguna resistencia. Tan sólo un interruptor que olvidaron apagar al dejar una habitación. Qué muerte tan patética, pensó Crystal. No habría gente desconocida que la llorase, no habría periodistas lamentando su partida, sólo sería otro número más de la matanza en ese hotel. Invisible. Insignificante.
Abrió los ojos de nuevo y un grito escapó de sus labios.
El cuerpo ya no estaba.
El sonido alertó a los ladrones. Corrieron hacia ella y Crystal se quedó paralizada, incapaz de reaccionar. Podía ver el agujero negro del arma, la bala plateada saliendo de ésta. Otro estruendo. Una segunda bala que desgarraba el aire.
Y entonces ambos hombres se desplomaron.
Y detrás de ellos, no quedó más que una joven apuntando, con sus peculiares ojos verdes sin un ápice de emoción.
Me...salvaste. Gracias a Dios que estás aquí.
La desconocida ni siquiera se inmutó y tampoco se acercó a ella. Avanzaba  entre los cadáveres, revisándolos y tomando objetos personales, tales como relojes y diamantes, incluso se decantó por ponerse un elegante pañuelo rojo que cubría su rostro dejando visible solamente los ojos. Se limpió el polvo de su vestido y empezó a arrastrar mesas y sillas hasta alcanzar un tubo de ventilación.
¿Qué haces?
Si te he salvado, no fue por ti, simplemente es un efecto colateral de haberlos matado.  
Crystal la observó, sin saber que responder. No había dado con una salvadora, sólo con una asesina. Y como si le hubiese leído la mente, la misteriosa mujer agregó:
¿Quién te ha dicho que este infierno se ha acabado? Si logras sobrevivir, hazme un favor y deja de agradecerle a Dios. Si existe, sólo te ve morir.  


Un grupo de cinco personas se encontraba en la sala de la fiesta, uno de los lugares que contaba con la menor cantidad de muertos. Sólo había tres guardias, que miraban sin ver la hermosa exhibición ultrajada. También era el sitio más iluminado, con tres reflectores portátiles que cubrían toda la zona con su resplandor lechoso. Algunos ladrones cargaban con cuadros cuidadosamente hacia la cocina, donde probablemente en alguna puerta de emergencia habría una camioneta esperándolos.
Tris, en el pequeño conducto, desde las rendijas sólo atisbaba ver cabezas que se movían de un lado a otro. Estando en una posición incómoda, sacó un cuchillo de su bolso y buscó aflojar los tornillos silenciosamente. Ellos no le prestaban atención, no estaban atentos al ruido. Su superioridad en número le garantizaba la confianza de que sólo debían ser enfrentados en condiciones similares, mínimamente tres y era una cantidad que difícilmente podría pasar inadvertida. Mucho más con tanto de ellos rondando por la planta baja para alarmar en caso de que fuese necesario.
¿Cómo podrían imaginar siquiera que una joven pudiera dominarlos?
Fue instantáneo. La puerta de la ventilación de abrió y de éste un pequeño aparato circular cayó. El gas circuló como una onda masiva, en una nebulosa grisácea y balsámica.
Y todos los ladrones comenzaron a reír.
Tris presionó el pañuelo rojo y con la mano libre disparó. Era una bizarra combinación de risas, balas y sangre. El óxido nitroso actuaba rápido y la sorpresa, mezclada con la risa errática, les impedía reaccionar y apuntar correctamente.
En menos de un minuto, todos los ladrones excepto uno habían caído bajo los brazos de Hades. En sus rostros aún podía presenciarse ese último atisbo de la sonrisa narcótica. La única viva, una muchacha morena que rondaba los treinta, luchaba por sacar una bala de su estómago. Aún reía tontamente, mientras la sangre se escapaba de su boca ahogándola.  
¿Por…qué...vol-volviste?  
Tris afinó la mirada.
¿A qué te refieres?
No…fuimos…no-nosotros.
La mujer giró la cabeza hacia el vitral central y Tris corrió hacia éste, lanzando un grito de la frustración. Apretó los puños clavándose las uñas hasta lastimar la piel. Allí, donde las joyas de Madame de Pompadour habían sido cuidadosamente puestas, sólo había una carta de póquer.
Una calavera ensangrentada, con un traje de arlequín.
Un sonriente y maldito Joker.  


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Re: Greediness Night [Priv. Tris L. Hasting]

Mensaje por Rael Crocell el Jue Feb 11, 2016 2:44 am

Un suspiro suave escapo de sus labios, acompañado de una capa de humo que envolvía su aliento, ascendiendo en una lenta nube hacia el techo, escapando por los ductos de ventilación del oscuro pasillo en el cual se había detenido. Sus ojos azules como brillantes zafiros se encontraban pensativos, mientras deslizaba una de sus manos por su rojiza cabellera. Quedaba poco menos de la mitad de su cigarrillo, habiéndose consumido la mitad en menos del minuto que llevaba parado en aquel pasillo. Su expresión era totalmente normal, a pesar del bizarro escenario que se mostraba frente a él, donde dos hombres de blancos ojos y quemadas gargantas se encontraban tirados en el piso, inmóviles, inertes. Con su mano libre sostenía junto a su oído una radio negra, que instantes antes hubiera estado puesta en la pechera de uno de aquellos desafortunados hombres. Su expresión era casi aburrida mientras escuchaba algunas instrucciones de quien sería el que coordinaba todo ese circo, recordando todo lo que había pasado en los últimos minutos.

Mientras subía por las escaleras que había en el piso donde el evento era realizado, el demonio había empezado a recontar todo lo pasado hasta aquel momento, rememorando cada suceso que había presenciado, formando asi en sus mentes las cartas que tenía en mano, las fichas que había en ese oscuro tablero en el cual se había convertido la noche, dándoles formas, dándoles un propósito, encontrándoles un uso. Poco tiempo le había llevado el darse una idea de la situación de todo el hotel, mientras llegaba al segundo piso y se deslizaba por el pasillo, en dirección  contraria a donde había subido, dirigiéndose hacia, donde una planta más abajo, era la localización de la fiesta. Sus pasos eran totalmente tranquilos a pesar del total apagón, mientras su mente divagaba levemente, trazando una ruta que con sus manos daría forma, un plan detallado, que tendría que llevar a cabo paso por paso, si quería hacerse con el objetivo que se había fijado cuando hubiera pisado el ultimo escalón de la segunda planta. Objetivo que en esos momentos, seguramente se encontraría en el sótano, donde ningún alma llegaría, en un cuarto que solo los trabajadores más apegados al dueño del hotel conocerían, al igual que un humilde socio que, en aquellos instantes, escuchaba una serie de rápidos pasos venir desde el pasillo que conectaba con el otro, separados por una esquina, causando una sonrisa mientras apreciaba el inconfundible sonido de un arma siendo cargada. Tal cual suspiro, el pelirrojo desapareció de donde estaba, sin hacer ningún ruido, ni dejar ningún rastro, más que el molesto olor a azufre en el aire, mientras por el pasillo doblaban dos hombres armados, los cuales se detenían ante el inesperado aroma, ultimo aroma que sentirían en sus vidas.

Ahora, mientras tenía aquel dispositivo de comunicación en su oído, las ultimas fichas que necesitaba en el tablero en el que se estaba convirtiendo la noche, tomaban forma. Solo quedaban unas pocas incógnitas en esos momentos, mientras dejaba caer la radio sobre los inertes cuerpos de los criminales y aplastaba su cigarrillo contra el suelo, dejando una marca de quemadura en la más que costosa alfombra. Tranquilamente empezó a caminar de nuevo, hasta llegar en la ventana al final del pasillo, quedando su posición justamente sobre la zona donde estaba siendo expuesta la pieza central de la exhibición del dueño del hotel, exhibición que en esos instantes se había convertido solo en un horrible y sangriento robo, una masacre sin precedentes que llenaría los titulares de toda la ciudad durante algunas semanas, saturaría la fuerza policial con investigaciones, y llevaría a un cambio de poderes en el bajo mundo, causando algunos se lamentaran de la perdida, y otros celebraran con champagne el suceso. Pero esa para después, en esos momentos, desde su posición en la ventana, siendo en esos momentos solo un leve espectador de todo aquel macabro show, el pelirrojo observo las luces de una camioneta que pasaba por aquel callejón que era percibido desde su posición. Una sonrisa un poco más grande se formó en el rostro del pelirrojo, el cual rozo sus dedos con el cristal de la ventana, dejando unas leves marcas negras en el vidrio antes inmaculado. Todo estaba saliendo de acuerdo al plan de los ladrones. Y mientras todo saliera de acuerdo a su plan, todo iría bien para Rael, quien con aquel alegre pensamiento, desapareció de nuevo.

Desde el momento en que las luces se hubieran apagado, y el sonido de las balas inundara todo el hotel, Rael se había dado cuenta de que el lugar estaba acabado. La masacre que ahí ocurría en esos instantes, sería el fin del prestigio y del status de su socio, quien en esos instantes se encontraría en cuidados intensivos. Aquello, era una perdida para el demonio, el cual se quedaba sin un socio que era influyente, manipulable, y provechoso. Aquello era una enorme perdida, pero según como lo veía el rubio, igual significaría una ganancia. Solo tenía que manejar bien las cartas, moverse en los tiempos correctos y, finalmente, esa noche terminaría por darle un pequeño recuerdo.

El pelirrojo apareció fuera del hotel, justamente a un lado de la camioneta que en esos momentos se había posicionado a la salida de la puerta de carga de la cocina, en donde los suministros de alimentos e insumos eran entregados por los proveedores. Ahí mismo no había nadie, siendo que el operativo tendría menos de 15 personas, según había podido adivinar ante las instrucciones que habían dado por la radio. En aquella zona solo se encontraba el conductor, un hombre desarmado que solo tenía la instrucción de esperar a que cargaran el camión, el cual deseaba ya terminar con ese trabajo, mientras se fumaba un cigarrillo, y obtener una buena recompensa por parte del jefe, para írsela a gastar en mujeres y tal vez algún juego en alguno de los casinos. Pero aquellos sueños jamás verían la luz, mientras el olor a azufre inundaba sus fosas nasales, sintiendo una presencia  a su espalda, seguido de una mano en su garganta, y un intenso dolor que desapareció tan rápido como su vida.

Nuevamente, todo rastro del hombre se esfumo cuando se volvió a transportar, de aquella manera mística y única que poseían los de su especie, acabando en el interior del hotel, ahora en la zona donde se encontraba la fiesta, en aquel rincón donde estaba expuesto el centro de todos los tesoros del hotel aquellas joyas tan valiosas cuyo valor era incomprensible para todos los que lo habían visto aquella noche. Los guardias que antes estuvieran ahí se encontraban distraídos, habiéndose alejado de la zona ante la absoluta oscuridad que había cubierto el lugar, ubicándose ahora cerca de las puertas mientras apartaban a la gente a empujones, dispuestos a salir con armas en mano ante el sonido de los disparos que aprecia acercarse a las puertas del salón de eventos. Aquello le había caído como anillo al dedo al demonio, el cual ahora se encontraba momentáneamente solo, en frente de aquellas joyas que harían que cualquier ladrón babeara en deseo. Solo disponía de unos pocos instantes, antes de que las fuerzas enemigas se adentraran en la habitación, unos pocos instantes para dar fase a la parte dos de sus preparaciones. Una única sonrisa se formó en sus labios, mientras sus ojos se tornaban de un negro total, con unas pupilas rojas como la sangre, abandonando aquel azul tan hermoso que antes tuvieran. Después de todo, aquellos pocos instantes eran todo lo que necesitaba.

No se molestó en contar el tiempo, mientras fumaba un nuevo cigarrillo, de nuevo en el segundo piso del hotel, justamente arriba de la zona donde estuviera algunos minutos antes. Con su mano derecha, el demonio sujetaba el cigarrillo que sus labios degustaban; con la izquierda, sostenía un reloj de bolsillo el cual miraba con atención. Ya llevaban un par de minutos en los que todo el hotel había quedado en silencio, sin un solo sonido luego de una continua horda de disparos que habían sido parecidos a una incesante y fugaz llovizna. Durante todo el tiempo en que había estado deslizándose entre las sombras, acomodando las piezas que necesitaba, y dirigiendo todo aquel caos, hacia una única dirección, había una pieza que había escapado de sus manos, aquella que había desencadenado todo aquel suceso, ya fuera de manera consciente o inconsciente. Mientras se acababa el cigarrillo, el pelirrojo espero, paciente, esperando que la última ficha actuara sola, que la última carta fuera echada. De ello dependía que todo saliera como quería que saliese, de que aquella pieza faltante se mostrara como real y no solo fuera la imaginación y un supuesto del demonio. Después de todo, el dueño del hotel no había sufrido una severa reacción solo, y sabía que su asistente, aquella bella chica de negro vestido que había llevado la botella, no habría sido capaz de adulterar la misma. También sabia, que de todas las pertenencias y objetos de valor en el hotel, la más valiosa había desparecido ya de su lugar, sin dejar rastro alguno. Y por último, sabía que la única pieza que no podría dejar atrás aquel que hubiera provocado ese circo en el cual se había convertido el hotel, eran esas hermosas joyas que minutos antes se exhibieran tan pomposamente en una vitrina aprueba de balas, un piso más abajo. Pero toda aquella espera valió la pena, mientras nuevamente el sonido de las balas se hacía presente en el aire, rasgándolo, un piso más abajo, ahogados gritos de dolor fueron música para sus oídos, una señal de totalidad que ilumino todo el tablero. El pelirrojo tiro su cigarrillo en un basurero cercano y, por una última vez en la noche, desapareció.


-Vaya… Vaya, vaya, vaya… Finalmente la pieza secreta se ha unido al tablero…-Susurro una voz a espaldas de la ladrona, quien esa noche se hubiera puesto el papel de Marina, esperando que la mujer de cubierto rostro se girara para encararle. Aun asi, el pelirrojo no era confiado ni estúpido, y apenas la mujer se hubiera girado, lo primero que encontraría serían las brillantes joyas de Madame de Pompadour siendo sostenida por una mano de blancos dedos, mientras debajo de la misma unas llamas granate nacían de la palma del demoniaco ser, llamas que con unos escasos milímetros más, llegarían a tocar tan invaluables joyas- Recubrí estas preciosuras con un acelerante…  Y estoy seguro que no querrías ver tan hermosas joyas siendo dañadas por las llamas… ¿Verdad? Asi que se buena chica… Y baja tu arma…-Sonrió el pelirrojo mientras sus ojos, ahora de nuevo azules, se clavaban en los verdes de la ladrona, unos ojos verdes que lentamente empezaban a traer una imagen de regreso a su mente. El estaba completamente consciente de que ella fácilmente podría disparar en su contra, un tiro directo a la cabeza que pudiera o no acabar con su vida, dependiendo de la bala y de si el pudiera evitarlo a tiempo. Pero el riesgo era enorme, si bien era cierto que tal vez las llamas no pudieran destruir aquellas joyas, si las dañarían, en mayor o menor medida, afectando complemente su valor.

-Asi que… ¿Tu eres la que enveneno a ese pobre iluso, verdad?-Pregunto refiriéndose al dueño del hotel, pero esperando la chica comprendiera sus palabras y las afirmara, negara o evitara su pregunta. ¿Estaría sorprendida? Después de todo, un hombre acababa de aparecer de la nada a poco más de cinco metros de ella, mientras sostenía las joyas que muy seguramente había ido a robar, creando de forma inexplicable una llama desde la palma desnuda de su mano. Si ella no estaba familiarizada con el mundo sobrenatural, aquello resultaría sobrecogedor e imposible de creer. Pero si estaba acostumbrada a lo sobrenatural y tenía conciencia de la existencia de seres como él… Entonces tendría buena idea de qué tipo de ser podía aparecer de la nada y crear fuego de sus manos.-Primero… Déjame elogiarte por todo lo que has causado… Si mis suposiciones son correctas, claro… Y segundo, déjame decirte que en aproximadamente 3 minutos con 25 segundos, la policía estará rodeando el edificio…-Sonrió el pelirrojo, mostrando diversión y maligno gozo en sus facciones, una expresión que seguramente solo realzaría su ascendencia demoniaca-Y tercero y último… Tengo un trato que ofrecerte… Un negocio más bien… Y si me permites hablar, saldrás de aquí, sin la necesidad de haber gastado una sola bala más… Con este lindo adorno en tu poder…-Moviendo un poco las invaluables joyas, mientras observaba directamente a la mujer del pañuelo rojo, sonriendo aun perversamente, ladeando un poco el rostro  mientras sus ojos se tornaban negros con la pupila escarlata. Su voz se había tornado suave al final, casi un susurro que invitara a la tentación, mientras observaba  a la ladrona de manera fija, esperando su respuesta, su reacción, a un trato donde ambos saldrían beneficiados. Y mientras esperaba, el reloj de pared a un costado de ambos seguía avanzando, el segundero recorriendo lentamente su camino, el tiempo acabándose, con cada segundo que pasaba.
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Re: Greediness Night [Priv. Tris L. Hasting]

Mensaje por Tris L. Hasting el Lun Feb 22, 2016 3:18 am

Ella corrió. Desesperada, abrumada, la calidez de su mano embravecía su espíritu. Se aferró a ese tacto, a la mano ajena sosteniendo la suya y siguió avanzando. Cuerpos exhaustos bajo el plomizo cielo, músculos que clamaban en llanto la deseada paz. Pero en esas olvidadas calles de Verona, el tambor de guerra exigía con fervor el tan esperado final.
Y no habría forma de evitarlo.
No, no.
Porque una vez que el trato se ha hecho, es imposible de romper. Un acuerdo inquebrantable, uno cuya tinta reclama la sangre justa. A fin de cuentas, uno tiene todas las cartas sobre la mesa, dada vueltas, visibles y sin engaños. Sabe en lo que se mete, y lo acepta; un poco engatusado por la sonrisa cautivadora o llevado de fervor por la desesperación. Pero a la hora de la verdad, cuando el crepúsculo cae anunciando el fin de esa plena década, el pavor te obliga a correr.
A seguir moviéndote, sin descanso alguno, en esa carrera inútil por sobrevivir.
Los ladridos retumbaron en la colina de Verona. Y en ese feroz sonido del averno sintieron el temor frío, como hielo, corriendo por su columna vertebral.
Ambos cuerpos extenuados buscaron refugio en una abandonada casa, la primera que se abrió paso entre ellas. Su cuerpo de cemento y moho sería testigo de esa insana fuga, mientras ellas cubrían puertas y ventanas con un aromático polvo negro. Raíz de diablo molida, que las resguardaría temporalmente de esas hambrientas bestias infernales.
Tris se giró, encontrándose con un par de grandes ojos café, como un búho, llenos de terror. En las últimas semanas, cuando las alucinaciones se presentaron ante ella como presagios, se convirtió en su expresión más habitual. Tiempo atrás habían quedado las sonrisas, reservadas para un bohemio departamento en Francia de viernes de vodka y sábados de tequila. Y la brillante vida de Brigitte Fontaine, la mejor copista de arte ruso, se vio eclipsada cuando se posaron en un par de ojos rojos, en el cruce exacto de dos calles.
Tris había convivido por ella unos cuantos meses fructíferos, donde los asaltos a museos y venta de arte en subastas selectas vieron sus mejores años. Se habían convertido en compañeras, al tiempo que la inglesa adquiría fondos para la exhaustiva venganza. Brigitte, con su peculiar punto de vista, aceptaba las largas ausencias, las identidades falsas y la paranoia de su compañera; le era una fiel amiga y colega, simplemente conformándose con lo que ella le quería mostrar.
Coincidencia o destino, pronto Tris descubrió que no era la única involucrada en los sobrenatural. Mientras la rubia conocía el lado oscuro, aceptando sus leyes y valiéndose de ellas, Brigitte había encontrado esperanza en el mundo de sombras para cerrar su tormentoso pasado.
Un abusador preso en cadena perpetua y el destino de esa dulce muchacha marcado por hilos de sangre. Diez años danzando un mortífero vals, y la melodía, antes eterna, exigiendo el paso final.
Los ladridos se hicieron más cercanos y la estructura de la casa tembló, mientras esos pesados cuerpos chocaban una y otra vez con la pared. Veían los arañazos en las puertas, las ventanas haciéndose añicos.
Y entonces el momento llegó.
Una explosión estridente, que se repetiría días más tardes en los sueños de Tris. Brigitte gritó, desaforada, aferrándose a la espalda de su compañera. Bajo esos ojos condenados, ella podía verlo, la ferocidad aberrante que se presentaba frente a ella. Los músculos grandes, el negro pelaje erizado, los ojos llameantes y esa cabeza, demasiado grande y deformada. Los colmillos exhibidos, la saliva obscura cayendo en cascada desintegrando la madera al chocar. Humo negro se arremolinaba a su alrededor, como un manto protector del averno y que pronto la ahogaría a ella. Lo podía ver, entrando por su garganta, impregnándose en sus pulmones y llenándolos de cenizas.
Tris disparó guiándose por el sonido. Algunas balas impactaron en la pared, sin siquiera haber rozado a su enemigo. Otras dieron en el blanco, desaparecieron en una mancha negruzca que surgía de la nada misma, como un efecto especial hecho por computadora.
Los perros, impasibles, saltaron. Uno se encargó de morder el tobillo de la ladrona, lanzándola a un costado con una facilidad asombrosa. Rápidamente la soltó, en tanto ella jamás había sido su objetivo. Se unió a los otros dos cerberos, que ya habían derribado a Brigitte y clavaban sus garras en su pecho con fiera crueldad.
Tris gritó. Ella no podía ver a esos seres del submundo, sólo estaba su amiga, retorciéndose agónica como un animal herido. Y las heridas que se sumaban a su cuerpo en una bizarra colección. Poco a poco empezó a perder movilidad y Brigitte sólo se dejó yacer, sus brazos tostados extendidos de par en par, las heridas profundas a simple vista. La sangre se agolpaba en su boca en un torrente imparable, ahogándola.
Y en un instante, los ladridos se detuvieron. Todo se sumió en un inquietante silencio, interrumpido solamente por los gorjeos dolientes de esa miserable alma condenada.
Tris lo vio. Surgió de la nada misma. Un hombre inquietantemente alto, de aproximadamente dos metros y hombros altos. Vestía prendas informales pero a medida, en una acertada mezcla de clase y descuido. A pesar de su intimidante porte, las facciones de su rostro eran curiosamente delicadas, con pómulos suaves y espesas pestañas.
Pero lo más característico de ese hombre eran sus ojos. Del color de los rubíes, cubriéndolo absolutamente todo.
El demonio observó el cuerpo moribundo y caminó hacia él sin prisa. Lo alzó en brazos, sin importar ensuciarse la ropa de diseñador con sangre. Las manos de Brigitte cayeron flácidas a los costados y por segundos parecía la imagen de una inocente víctima en brazos de su salvador.
¡NO!
Tris tomó su arma desesperada, apuntando a la despiadada criatura. Éste le observó, en una mezcla de aburrimiento y leve interés. Sonrió maliciosamente, sus ojos rojos brillaban con intensidad.
¿Quieres unirte a ella?
Las balas salieron impactadas a gran velocidad. Y entonces una nube oscura le cegó, y el sonido de un huracán aturdió sus oídos, revolviéndole los cabellos.
Cuando alzó la vista, sólo vio las dos balas de sal incrustadas en la pared.
Se llevó la mano al pecho, respirando agitada.
Ese había sido su primer encuentro con un demonio. Y había salido viva por una simple razón.
Ella tenía alma.


Se giró lentamente, escuchando esa voz ya conocida.
Su cuerpo se tensó, mientras esbozaba una cautivadora sonrisa ante su pregunta, delatándose como la culpable del envenenamiento. Obedeció a las órdenes, no sin cierto aplomo interno, bajando el arma lentamente. Aún tenía el seguro desactivado, las balas descansando en el tambor y la sensación agradable de sus dedos alrededor del gatillo.
Contó mentalmente las balas, tendría otra de madera y luego seguirían dos con la marca de salomón incrustada en el borde.
Las sorpresas esa noche caótica no parecían querer terminar. Como si los astros confabularan en su contra para no hacerse con esas joyas.
Esas que descansaban plácidamente bajo el calor de las llamas negras.
Vaya, no soy la única con otra identidad —el acento inglés resonó fuerte y seguro. Ya no tenía sentido seguir con el ruso—. Me has ganado en sorpresa.
Se movió lentamente de un lado a otro, como si sólo desease agregarle dramatismo a la escena, mientras verificaba el margen de escape. Breves segundos le llevaron darse cuenta que no tenía escapatoria fácil.
Parece que sabes admirar un buen espectáculo. Reconozco que generalmente soy menos dramática, pero a veces un escándalo agrega emoción a la vida. ¿No crees?
La muchacha que había dejado viva y agonizando, con la bala en el estómago; jadeaba sorprendida y asustada ante toda esa escena que iba más allá de su cordura. Molesta ante el ruido, sin siquiera mirarla, disparó. La bala de madera se incrustó entre ceja y ceja, causándole una muerte espontánea.
Ya sólo tenía las dos balas anti-demonios.
Lamento decirte que has llegado tarde, Rael. No hay alma para ofrecer —mintió, preguntándose si los demonios sabrían deducir cuando alguien había vendido o no su alma. Rogó por el Ángel que los templarios tanto alababan que no—. Pero estoy dispuesta a negociar y poner mis servicios en juego. ¿Qué dices? Sólo quiero las joyas, no te interesan, no las aprecias, lo veo por tus llamas. Sé que conmigo tendrán mejor uso. Dime qué quieres, seremos como dos empresarios, con intereses que coinciden y velan por ello.
Omitió el pensamiento obvio, aunque estaba segura que Rael ya lo sabía.
Ambos sabían mentir.



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Tris L. Hasting

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Re: Greediness Night [Priv. Tris L. Hasting]

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