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Ha estallado la Segunda Gran Guerra del Cielo, los ángeles fieles a los ideales divinos y al Arcángel Michael han entablado una lucha abierta con los caídos, bajo el mando de un misterioso serafín que volvió de la muerte, con el poder de una legión en sus manos, quien promulga a favor del libre albedrío para tomar sus propias decisiones, tal y como lo hacen los humanos. Los demonios toman cartas en el asunto, cerrando tratos con el bando de rebeldes con el fin de eliminar la supremacía del Cielo, y tener derecho a caminar sobre la tierra. New York ha sido escogido como Armageddon, y las visperas de la batalla final se leen en escaramuzas y luchas menores.
Mientras tanto, en New Orleans, los vampiros han logrado un poderío sin igual sobre la ciudad. Los rumores de que el Regente del Infierno ha tenido algo que ver corren en el plano sobrenatural, mientras los Blazers, los Cazadores descendientes del Rey Arturo Pendragon buscan darle un freno a sus actividades.
Es una verdadera pena que los Templarios, la primera raza de Cazadores, jamás hayan llegado a un acuerdo con sus colegas. A pesar de que no ha habido declaración de guerra entre ellos, la aparición de una nueva reliquia divina, contenedora de poderes sin igual, tienta a ambos bandos. Sin embargo, los Templarios tienen las manos llenas tratando de domar a las implacables manadas de licantropos en San Francisco, cuyo nuevo líder parece ser un fanático de las batallas.
No hay tiempo ni recursos para vigilar a los ingeniosos brujos que aparecen de vez en cuando en los casinos de Las Vegas, haciendo uso de sus facultades para llevarse dinero fácil. Esto no es más que una fachada, por supuesto, ya que el Aquelarre de Lilith ha estado pactando con demonios mayores para invocar al Primer Demonio.
En el mundo de Wayward Son, los conflictos, batallas, traiciones y la guerra parecen haber inundado cada estado del país de las oportunidades. Los tiempos de paz han llegado a su fin, ¡elige tu bando sabiamente, y bañate de la gloria de la victoria, o perece en el olvido de la historia!
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Wayward Son y su historia es una creación original del Staff, fuertemente influenciada por series y novelas de género sobrenatural, destacando la saga The Mortal Instruments de Cassandra Clare, y las series de televisión Supernatural de Erick Kripke, y The Vampire Diaries y The Originals de Julie Plec. Las imágenes utilizadas han sido tomadas de portales como Devianart, Zerochan, Pixiv y We❤It, y pertenecen a sus respectivos autores. Agradecimientos a Rose de Glintz por el elegante trabajo de su skin y su asistencia, a Veeneli por sus códigos y tablillas tan atractivas, así como a Mizuki por su bello tablón de anuncios.
credits

—NON TIMEBO MALA

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—NON TIMEBO MALA

Mensaje por Jensen Ackles el Mar Dic 29, 2015 6:43 am

I WILL FEAR NO EVIL




• Jensen Ackles (ex-Colt)
• 18 años
• Especializado en Demonios
• Masculino
• Heterosexual
• Americano

DESCRIPCIÓN FÍSICA


Jensen podría ser puesto de héroe en una película de acción de Quentin Tarantino, y ajustarse a la perfección.
Resaltaría entre las decenas de sublevados y servidores malvados, por esa característica bufanda roja rodeando su cuello. Sus pesados y llamativos abrigos, que procura con todas sus fuerzas no mancharlos de sangre. No es raro en él pedir un minuto a cualquier bestia infernal que se le enfrente, tan sólo para doblar su ropa favorita y dejarla a un lado, donde no la alcance el polvo. Sus movimientos y estilo de lucha, coreográfico hasta donde puede permitírselo sin morir, es digno de cualquier película del Transportador.
Sin embargo, Jensen no posee rasgos físicos destacables. Pasaría por cualquier muchacho de su edad asistiendo a un concierto o a una cita con su chica favorita. Como la mayoría de los Colt, roza los 1,80 metros de altura sobrepasándola solamente por sus rebeldes cabellos castaño-ceniza. Posee los ojos de fuego, como las ascúas dejadas por el carbón, que se encienden con gran intensidad en los momentos de emoción y peligro.
El cuerpo de muchacho esta cubierto de cicatrices, aunque el único tatuaje (aparte de la Marca de Salomón) se encuentra en los nudillos de su mano derecha. Las letras, H, O, P y E bien definidas en una caligrafía sobria y elegante, detallan la palabra "Esperanza" en inglés. Esta marca, a pesar de que nadie puede asegurarlo al cien por cien, apareció en él una noche tras una cacería, pocas semanas tras la desaparición de su padre.

PERSONALIDAD

Si Atila fue el azote de Dios, entonces Jensen Ackles es el tridente del Diablo.
Habiéndose hecho un nombre en sus primeros años en la Academia del Temple, Jensen fue tachado de ocioso, mediocre, distraído y el final lamentable de un largo linaje de poderosos y aplicados cazadores. En efecto, todos sus profesores apostaban en medio de chistes y bromas que no llegaría a la adultez antes de que lo matasen.
De carácter fuerte, despreocupado e irresponsable, Jensen jamás logró salir de los últimos en su cuadrilla. Cuando tuvo edad para cazar, a menudo era dejado fuera de combate por demonios menores, vampiros novatos, o licantropos en forma humana. Era, en sí, un desastre de Cazador.
Sin embargo, era el hijo de John Colt, descendiente directo de un valeroso e imponente líder como había sido Samuel Colt. Por ese motivo, nadie se atrevía a sugerir la remoción de la marca de Salomón al muchacho.
En la cabeza de Jensen todo era muy simple. No había sentido para seguir luchando, para continuar sacrificándose. Prefería pasar su tiempo de clases en el cine, conciertos, o enterrado en novelas más viejas que él. Fue así como desarrollo el peculiar gusto por la Demonología, y en pocos meses sorprendió a todos, volviéndose un erudito que hasta los Lightwood consultaban para obtener opinión. Jensen se las daba, en medio de bostezos, mientras cerraba una copia de Ulysses con un marcador a mitad del libro.
Aunque seguía siendo un desastre, una persona con la que ir de cacería significaba que se pasarían la mitad del tiempo intentando de que no muriese, se había especializado en cacería de Demonios tan sólo para pasar más tiempo libre que en el exterior. Jensen por bastante tiempo pensó que había nacido en la familia equivocada, en el punto del mundo equivocado, y que hasta lo había bautizado el cura indebido (si se le puede decir cura a un arzobispo del Temple).
Sin embargo, eso cambio cuando su padre, John desapareció.
Para los cazadores, las muertes son irrelevantes. Un saldo de todos los días, nombres bajo nóminas de honor y telegramas a sus familaires.  Pero Jensen no era un templario común y corriente.
Sin explicación alguna, e integrando uno de los pocos misterios que el Temple jamás dilucidar, estuvo el ascenso de Jensen Ackles. Habiéndose cambiado el apellido al de su madre por motivos que sólo él conocía, mejoró en todas las ramas posibles. Sus disparos eran los más certeros. Sus movimientos rivalizaban con los treintañeros que llevaban años practicando. Inclusive sus musculos habían parecido despertar tras años de pereza y holgazanería.
Fue así como Jensen Ackles se convirtió de un don nadie, a un prodigio único en su tipo. Tomaba cualquier misión que cayera en sus manos, la completaba sin ayuda de nadie, y entregaba un informe garabateado con cualquier tinta (una vez inclusive uso rosa) para salir de nuevo.
Se acercaba tentativamente a superar a los récords de misiones completadas, quedando sólo atrás de las personalidades más nombradas del Círculo.
Los motivos jamás salieron a la luz, y quedaron reservados en el nuevo corazón de piedra del muchacho.
Muchos fueron los pactos de compañeros, o las cuadrillas que le pidieron que los integrase. Sin embargo, rechazó todas las ofertas. Inclusive sus visitas sociales a sus compañeros solían ser fugaces, y poseía más amistades entre sus contactos e informantes que los de su clase.  Y sólo sus enemigos veían la saña, la malicia y la brutalidad que desataba sobre sus cuerpos. A tal punto que muchos dejaron de considerarlo humano, y mucho peor que un demonio.
Jensen Colt había muerto, consumido por el tiempo muerto. Y Jensen Ackles había surgido de sus cenizas.


HISTORIA

Jensen lanzó al demonio por los aires.
El cuerpo vestido en un pulcro traje negro se estrelló contra la pared de ladrillo. Polvillo cayó sobre sus hombros, mientras liberaba un quejido de dolor. Al abrir sus ojos, estos eran completamente negros.
El muchacho alzó los puños a la altura del pecho, sus ojos echando desafiantes chispas. Dio dos coordinados golpes al estómago y la mandíbula del infernal, inclinándose sobre su espalda para esquivar la contraofensiva. La punta de su Converse tuvo un encuentro cercano con el mentón del demonio, y ni bien este bajo la mirada, la suela del calzado se estrelló contra su dentadura.  
Con una dolorosa insistencia, volvió a estrellarse de la misma forma que lo había hecho al comienzo, sólo que esta vez cayó sentado al suelo. El estrepito del icor cayendo sobre el asfalto sólo fue interrumpido por el ocasional paso de un automovil.
El callejón apestaba a carne descompuesta, agua sucia y verduras podridas. A pesar de ser pasado el mediodia, los rayos de sol no llegaban a acariciar el viejo ladrillo, dejando todo el lugar en frías sombras. Sólo un par de solitarias puertas de servicio, botellas rotas y unos cuantos contenedores de basura eran testigos del enfrentamiento.
—¿Suficiente? —Preguntó con prepotencia el muchacho.
Bajó sus brazos, mirando al infernal como quien ve una cucaracha pasar por la acera. Jensen no tenía ni la más fina capa de sudor sobre su piel, a pesar de llevar pesadas prendas de cuero y el cinturón de armas repleto de cuchillos, dagas y su Colt Goverment (además de varios cartuchos extras). Tampoco daba muestra de verse ralentizado por esta desventaja, ya que se movía con la destreza de un nadador en una piscina.
El demonio rió, y alzó su mirada azabache hacia el joven. Sus dientes estaban manchados de negro, y había perdido la mitad de un insicivo con la última patada.
—¿Crees que eres fuerte, cazador? Anda, golpea todo lo que quieras este saco de carne. Se llamaba Jeremy Stuart, ¿sabes? Era una camarero, con sueños y aspiraciones, y toda esa bola de estupideces con las que los de tu especie se regodean, ja, ja.
Jensen dio una zancada en dirección al demonio, lo tomo por las solapas de la cazadora y lo alzó hacia él.
—No estarás dentro de él por mucho. Volverás al agujero del que saliste a ser la puta personal de algún otro demonio muy pronto —Dijo el muchacho.
—Anda, envíame de regreso. Es lo único que saben hacer. Pobres idiotas..., nos cazan aun cuando saben que volveremos, una y otra vez —Respondió medio ahogándose en su propia sangre.
La puerta de servicio se abrió de golpe. Figuras vestidas de blanco —cocineros y mozos— salieron de ella, ordenados en filas. Jensen dirigió la mirada hacia ellos, les regaló una sincera sonrisa, y luego volvió la mirada al demonio en sus manos. Soltó una de las solapas, y llevó su mano a su cinturón. Extrajo una pequeña caja de plastico negro con una fila de botones negros, y presionó con un "click" el último de la derecha.
—No te estaba cazando —Dijo Jensen, colocando la pequeña grabadora en el bolsillo del saco del demonio. Dio un amistoso golpecito a su hombro—. Te estaba siguiendo, campeón.
Exorcisamus te. Omnis immundus spiritus. La voz de Jensen comenzó a sonar desde la prenda, a un volumen anormalmente alto para un aparato tan pequeño. Por supuesto que lo hacía, el cazador había modificado el dispositivo para ajustarlo a sus necesidades. El demonio intentó alcanzarlo con repentina desesperación, todo su parloteo referente a volver al infierno se había disuelto. ¡Todo fuese antes de volver allí, todo fuese antes de volver al potro de tortura!
Pero Jensen no mostraba misedicordia, de la misma forma que ese demonio no la había mostrado con las tres muchachas que había desollado. Asesinatos tan aberrantes aun para una ciudad como San Francisco, que el muchacho no había dormido en días con tal de dar con él lo antes posible. Si hubiera sabido lo que iba a encontrar al patear ese arbusto...
Estrelló su puño varias veces contra su rostro, sintió como se fracturaba el hueso debajo del pómulo, y lo dejo resbalar a través de la pared como un inerte saco de papas.
—Siento eso, Jeremy. Algún día me lo agradeceras —Dijo Jensen, agitando la mano con los nudillos enrojecidos en el aire.
La grabación había perturbado visiblemente a los demonios (porque sabía que lo eran, aun sin mirarlos, apestaban a azufre) detrás de él. Sus ojos se habían teñido de negro, y algunos soltaban alaridos de ira. Cada palabra se sentía como masticar un puñado de agujas y que estas se clavaran entre las muelas y a través de las encías.
—La grabación dura sólo sesenta segundos, así que seré breve. Estoy buscando a un demonio llamado Brad, él ya me conoce. Lo he estado siguiendo por toda la ciudad, y creo que... —Jensen se interrumpió de repente.
Movió la cabeza a un lado a tiempo para esquivar el cuchillo de cocina que habían lanzado en su dirección. Pasó por encima de su hombro, y fue a clavarse hasta el mango sobre la gruesa cubiera de metal del contenedor a sus espaldas. Pensó con cierto alivio, que de haberlo visto un instante más tarde, había atravesado su garganta como gelatina.
Los cocineros ya no eran cocineros, los mozos ya no era mozos. Habían sacado gruesas cuchillas, cuchillos, tomaban botellas de vino y tablas de madera. Y caminaban hacía él. Sin embargo, uno de ellos se quedó atrás, con un maletín gris en su mano.
Jensen dio un paso al frente.
—Hola, Braddy —Comentó, como quien saluda a un viejo amigo.
Y Brad comenzó a correr. El cocinero que llevaba la cuchilla se lanzó colérico hacia Jensen, pero era gordo y lento. El Cazador se movió a un lado, y luego al otro, esquivando con agilidad cada golpe. Cerró su agarre sobre la muñeca que empuñaba el arma, y girando sobre sí mismo dio un codazo sobre el rostro del hombre. Al momento de quitarlo del camino, vio una ansiosa hoja buscando su corazón. Jensen la dejó pasar por debajo de su brazo y encerró el del atacante. Le costó varios golpes hacer que suelte el arma.
Un escurridizo ojos negros buscaba llegar al cuerpo de Jeremy, que se encontraba en ese momento lejos, en el Pais de las Maravillas y más allá. Jensen se encorvó hacia adelante y arrojó al camarero que sujetaba en esa dirección.  Chocó de lleno, como un misil teledirigido y los dos cayeron al suelo, desparramados y adoloridos. Jensen podría jurar que escuchaba risas, risas de las puertas de servicio, botellas rotas y los contenedores.
Lanzó una patada a sus espaldas, más por instinto que por técnica, y la pagó caro. Un camarero tomó su pie, y sin dar un respiro, otro reventó una botella de Carbenet en su cabeza. Si hubiera estado llena, ahora apestaría a cosecha del ochenta y cuatro, chocolate, y frambuesas; ideal para acompañar con carnes rojas.
Jensen hizo un barrido a sus espaldas, y ni bien el demonio cayó arrodillado, el Cazador estaba en los aires como un ave rapaz. Todo el peso de su cuerpo depositado en ese puño, que golpeaba la pierna del demonio como diez, cien botellas de Carbenet vacías (ideales para acompañar carnes rojas).
Vio de reojo que uno más se le acercaba por las espaldas, pero ni se molestó en detenerlo. El cántico de la grabación profirió victoriosa. Benedictus deus. Gloria patri. Hasta la vista, baby.
Los demonios se convirtieron en torres de petroleo, escupiendo humo negro con las miradas al cielo; y apestaba a huevos podridos, azufre y mugre.
Y las puertas de servicio, botellas rotas y contenedores de basura aplaudían en una gran ovasión.


Jensen se había lanzado a correr sin quedarse a recuperar su grabadora. La cinta seguiría corriendo hasta el punto en que se rompería y no quedaría rastro de su voz.
Miró a ambos lados de la calle, y luego alzó la mirada. Una figura negra subía (no, más bien parecia volar) por encima de las escaleras de incendio del bloque de departamentos de la Bond Street 414. El Cazador se precipitó, un Audi rojo frenó de repente, sonando la bocina e insultando a todo el árbol genealógico de los Ackles.
Pisó un hidrante, dio otra patada a una cabina telefónica, y se alzó a seis metros del suelo. No iba a agarrar la escaleras para subir, le tomaría mucho tiempo. Había saltado directamente a la primera plataforma, repitiendo el ascenso en casi un piso cada tres segundos. Las escaleras a su costado lo miraban, con sus peldaños y sus barras de seguridad, demostrando un gran desprecio. Mira, el chico Cazador se cree demasiado bueno para usarnos.
Para cuando alcanzó el sexto piso, sus biceps y cuadriceps ardían con el fuego de la caza. Gotas de sudor caían de su frente, y las armas en su cinturón vibraban impacientes.
El sol le daba en la cara, hacía brillar las cicatrices y la carne despellejada de sus manos. También brillaba aquella esfera ardiente, del color de la sangre coagulada, avanzando hacia Jensen como una bala. Pero no era una, sino una decena, capaz de reducir a cenizas huesos y tendones.
El Cazador saltó en el aire, curvando su espalda y quedando de cabeza al piso. La superficie donde se encontraba fue alcanzada y el ladrillo cedió; negro como la muerte. Varias pasaron junto a él, derritiendo el cuero de su campera, chamuscando los jeans y la piel debajo.
Sin embargo, el Cazador cayó sobre sus pies, y continuó corriendo. El demonio del maletín se paralizó varios segundos, mirandolo avanzar. ¿¡Que era ese sujeto!? El instinto lo golpeó como un maremoto de miedo y sudor frío, y corrió hacia el borde del edificio. Dejó sus huellas marcadas en el cemento, mientras se disparaba hacia el cielo, rodeado de un aura roja.
—¡Enfrentame, maldito marica! —Gritó Jensen, apurando el paso. Su pierna ardía, pero no le importaba.
Durante la carrera, vio martillos, tablas de madera, mezcladoras de cemento y tarros de brea sobre todo el lugar. Debían estar reparando una gotera dejada por la última tormenta. Fuese como fuese, tomó la agarradera de uno de los tarros, y girando sobre sí mismo, lo arrojó tan lejos como pudo.
El frenesí de la caza. La emoción de la persecución. Ya no existía el dolor, ni el cansancio, ni el miedo; se arremetía como un leopardo en busca de su presa. Ni siquiera el pensar que una caída desde esa altura lo dejaría como un huevo estrellado sobre la acera, teniendo que ser recogido con palas, lo pudo detener.
Saltó. A más de veinte metros de la siguiente cornisa, no lo pensó y saltó al vacío.
Por supuesto, no llegó ni a tres cuartos del camino antes de empezar a perder altura hacia el inminente asfalto. Cubrió su cabeza, y alzó las rodillas, al darse cuenta. Quizá Jensen fuese un cabeza hueca cuando se trataba de su propia seguridad, pero no era un idiota completo. A esa altura, chocar con la calle, el muro del edificio, o una de sus barandas sería igual de letal. Pero él había sido entrenado, y sabía lo que hacía.
Los cristales de la ventana en el tercer piso reventaron y brillaron a través de la sala de estar mientras el cuerpo del Cazador rodaba sobre la alfombra. El sonido del grito de una mujer en la cocina, soltando un sartén o algo similar, lo dejó tan sordo como el fogonazo de un disparo. Movió la cabeza por reflejo hacia el lugar, pero no vio más que a dos niños, con joysticks en sus manos sentados en el sofá; sus mandíbulas colgando.
Un trozo de vidrio le había abierto un tajo en la mejilla, y la sangre caía en gruesas gotas por su mentón.
—Woaaaaaah —Dijo el más pequeño, con los ojos como platos.
—¿Eres Leon? —Preguntó el hermano mayor —. ¡Eres asombroso!
Jensen frunció el ceño, y dirigio la mirada hacia la televisión mientras se levantaba. Un videojuego se mostraba en la pantalla, con el protagonista siendo asesinado por zombis, o algo por el estilo, tras haber sido abandonado por sus controladores.
—¡Niños, no se le acerquen! —Grito la mujer, con rodetes en el cabello— ¡Llamare a la...!
Jensen no la dejó terminar y se echó a correr hacia la puerta derribándola de una patada (a pesar de que las llaves estaban puestas). Y se detuvó en el umbral.
—No dejen la escuela —Comentó antes de lanzarse a la carrera.
El plano del lugar se dibujó en su mente. Todos los edificios del barrio norte de Union Square eran similares. Lo confirmó al ver los pasillos estrechos y los viejos ascensores; la mampostería de los años 90 de las escaleras y el sello de seguridad Old's Phil Factory. Habían setenta y ocho variantes de bloques en ese barrio, y conocía todos como un infante conoce a los animales de la granja.
Llegaría más rápido si usaba las escaleras. Se limitó a saltar los peldaños a a cinco, y en ocasiones evitar por completo usarlos, brincando sobre la barandilla hacia el siguiente piso. La pintura en la pared le indicó que se encontraba en el último piso, con el número claramente dibujado. Chocó con un muchacho que llevaba las compras del supermercado.
—¡Mira por donde vas, idiota! —Aulló colérico.
Estaba furioso, pero demasiado impactado para moverse de su lugar.
Jensen subió a la última escalera y se lanzó de lleno contra ella. Su hombro se estrelló, e hizo un sonido de 'crac' al no moverse. Unas gruesas cadenas mantenía la puerta de hierro en su lugar.
—Malditas cerraduras contra ladrones —Comentó, tomando su pistola.
La bala deshizo las cadenas.


Brad enterró sus pies en el cemento del techo al caer. Las suelas de sus mocasines se habían derretido producto del calor de su cuerpo.
El maletín asegurado a su muñeca con las esposas se movía como parte de su cuerpo mientras corría. El castigo que le esperaría en el pozo si lo atrapaban no tendría antecedentes. Debía escapar a toda costa, alejarse de esa escoría humana. Sentía miedo, auténtico miedo como nunca lo había padecido. Jamás en su vida demoníaca había visto un humano parecido. Lo había perseguido por toda la costa oeste sin parar un solo día. Había comenzado en Las Vegas, cuando relajadamente tomaba una copa de vino mezclado con sangre de alguna adolescnete.
Él había atravesado las puertas dobles, gritando el nombre del demonio. En ese momento, ni siquiera hubiera visto en sus peores pesadillas lo que se avecinaba. Todos los clientes del restaurante formaban su propia guardia personal. Una veintena de demonios, todos cumpliendo sus papeles de músicos, camareros; hombres de negocio y mujeres compradas. Que clase de idiota era ese, pensó a sus adentros, para firmar su sentencia de muerte de esa manera. Lo iban a desgarrar, y servir su piel rodeado de lechuga fresca y esos pequeños tomatitos que acompañan a la comida gourmet.
Pero ese tipo, esa cosa, estaba lejos de ser humano. Ningún humano habría podido matarlos a todos, uno por uno, al mismo tiempo que recitaba esa enfermiza bocanada de palabras en latín. Brad había tenido que correr por su vida, con el preciado contenido del maletín en sus brazos.
Luego había sido Seattle, en su propia suite. Había duplicado la seguridad, llenado de demonios los pasillos del hotel y convertido en un bunquer el piso más alto. Esos guardaespaldas podían usar fuego infernal, y hacer cenizas todo lo que alcanzasen. Esperaba que esta vez, el Cazador viniese acompañado. Una vez que capturan tu esencia, te persiguen hasta el jodido fin del mundo; como hambrientos lobos en invierno.
Creyó estar a salvo, sin embargo, en esa habitación que se guardaba para los políticos de alto rango y los empresarios más paranoicos, en lo más alto del Hilton.
Eso fue, hasta que escuchó las explosiones en el techo. Una tras otra, haciendo temblar las mesas de billar y las ventanas de cristal. Escuchó disparos, el crepitar de las llamas, y miró la puerta. Esperaba que un ojos negros entrase en cualquier momento, cubierto en sangre y con una sonrisa enfermiza en su rostro. Y así lo hizo, sólo que no sonreía; y más que entrar, fue lanzado por los aires hasta caer encima de la pequeña mesa de cristal.
Entonces lo escuchó.
—Braddy, ¿me recuerdas? —Había dicho, respirando como una bestia sedienta.
Él estaba fuera. Manchado de polvo, con las mejillas chamuscadas, y la ropa hecha jirones. Pero sonreía, POR LUCIFER, EL INFELIZ SONREÍA.  Tal fue el pavor que le provocó, que Brad había saltado por la ventana. Su cuerpo se había convertido en una pasta deforme de cesos y huesos hechos astillas al tocar el suelo.
Ocupando al primer desgraciado que encontró en su camino, había huído, se había esconcido en los agujeros más apestosos y bajos de la sociedad. Un demonio de su rango, rebajado a vivir como una rata. Mandó asesinos a buscarlo, pero era un fantasma. Sólo se lo veía cuando estaba tan cerca como para cortarte la garganta.
Lo había encontrado en los sucios barrios atestados de drogadictos de Portland. Lo había encontrado en la casa segura de un senador en San Diego. Poseyera a quien poseyera, él siempre lo encontraba Y POR LUCIFER, TIAMAT Y TODOS EL AVERNO, EL MALDITO SONREÍA. Sonreía, y siempre le decía.
—Hola, Braddy —Lo saludaba de esa misma manera. Como lo estaba haciendo ahora.
Jensen caminó hacia él, desenvainando una daga. Su rostro sangraba, su sonrisa era la de un demente. Siempre era así, llegaba lleno de magullones y cortes, jadeando y cubierto de transpiración y sangre. ¡PERO SONREÍA! ¡Reía, reía como si fuese un demonio él mismo!
Brad casi se cayó de la impresión. Miró a sus espaldas, al borde del precipicio. Iba a tener que deshechar ese cuerpo. No podía perseguirlo por siempre, ¿verdad? Los humanos mueren, ¿verdad? Él era humano... ¿verdad?
El fogonazo de una pistola sonó, y Brad sintió que las piernas le cedían. Ni siquiera pudo ver cuando habia desenvainado el arma.
—Eres un cobarde bastante persistente, debo admitir. Pero eso sólo lo volvió más divertido. Tuve la suerte de que me trajeses a todos los ojos negros a mí sin que tuviera que buscarlos —Dijo el Cazador, caminado hacia él con la tranquilidad de un actor en escena.
¡NO! ¡No lo iba a atrapar! Oh por Lucifer, que no lo atrapase. Si volvía allí abajo, jamás volvería a salir. ¡JAMÁS!
Se volteó, y extendió la palma hacia Jensen. Empezaba a formarse una llamarada en él, cuando el ácido le golpeó la cara. No, algo peor que el acido, agua bendita. Quemaba a través de carne, tendones, y huesos, todo el camino hasta el otro lado. Aulló como un cordero en el matadero.
—Creo que ya no tiene caso postergar lo inevitable. Tu guardia esta vez fue lamentable. Supongo que ya no confían en ti como antes, ¿no es así, Braddy? —Jensen se paró frente a él.
El maletín. El jodido maletín. Era lo único que le importaba, sólo por eso siempre regresaba. Una vez que lo tuviese, no lo volvería a ver en su vida.
El humo negro —el demonio Brad que poseía al cuerpo de ese pobre muchacho— comenzó a salir por su boca; escaparía de allí.
Muy, muy lejos, donde jamás lo encontrase de nuevo. Ya sentía que abandonaba ese saco de carne, y volaba, volaba libre lejos del Cazador y su enfermiza obsesión.
—Et secta diabolica, omnis congregatio, omnis legio,... —Recitó el muchacho.
Era latín, pero no se sentía como un exorcismo, que al escucharlo provocaba nauseas, ganas de vomitarse a sí mismo fuera del cuerpo que ocupaba. No sentía agujas en su interior, clavándose en sus intestinos y órganos. En cambio, era como si tirasen de sus miembros hacia abajo. Clavos invisibles retenían sus pies y manos al suelo; lo halaban hacia abajo con alambres de púa que se enterraban en su carne.
El cielo se alejaba, más lejos, cada vez más lejos. El humo regresaba al cuerpo del que desesperadamente intentaba escapar. Por sus fosas nasales, ojos, oídos.
Volví a ver a través de los ojos de ese pedazo de carne. Veía al Cazador, acercándose a él.
—¿Qué has...?
—Un viejo truco que aprendí durante mi estadía en el Tibet. Al parecer, poner los discos en reversa no es necesariamente satánico.
Brad extendió su mano hacia el Cazador. Iba a fulminarlo, hacerlo cenizas, cocinar su carne y dejarla para las palomas. Eso pensaba, eso quería, pero las llamas no surgían.
—Te estabas demorando, así que me tomé la molestía de volver este sitio un tanto menos amistoso para los demonios.
El demonio comenzó a retroceder, hasta que no pudo más, y sintió una pared invisible a sus espaldas.
El Cazador lo había atrapado, y después de semanas de cacería, no podía imaginar que le tenía preparado.
—Vas a volver al infierno, Braddy. Pero sólo cuando te lo permita. Por ahora..., pienso tomarme mi tiempo —Le dijo tomándolo por la camisa.
Y vaya si se lo tomó.



Brad ya no podía ver a través de su ojo derecho, se había reventado tras la primera ronda de puñetazos.
El demonio sentía el rostro fracturado al menos en tres partes; casi todo sus dientes frontales yacían en pequeños charcos de sangre, aquí y y allá, nadando como mujeres pálidas y desnudas en sus suntuosas piscinas; le había cortado la mano esposada al maletín, aunque sólo para verlo gritar de dolor; le había dado incontables puñaladas en la espalda, estómago, pecho y piernas.  Luego, cuando hubo terminado el juego prevío, comenzó a hacer preguntar.
—¿Para quién trabajas? ¿Quién está por encima tuyo? —Le dijo hundiendo el cuchillo en pierna.
Brad gimió de dolor, pero no contestó. Y a pesar de que tenía el rostro como el de una liebre arroyada en la carretera, se forzó por sonreír.
—¿Escuchas eso, Cazador arrogante? —Respondió con diversión.
Comenzó a silbar notas altas, hasta que el labio hinchado le impidió continuar. Sin embargo, para entonces las sirenas de policia eran evidentes.
El Cazador lo soltó, y tomó la botella que había dejado en el suelo. La remojo, y luego ensució con el fino polvo blanco. Brad comenzaba a sentir como su torso se curaba y cerraba las heridas, aunque su rostro permanecía igual. El hijo de puta había usado una nudillera santificada para molerlo a golpes.
Brad descansó su espalda sobre la pared de ladrillos, alzando la mirada desde el suelo.
—Veremos como explicas esto a los de azul. Seguro entenderán que luchas por...
—Callado.
La daga se enterró en su estómago. Y si el dolor alguna vez tuvo sabor, este llenó su boca. Se sentía como si sus intestinos se hubiesen llenado de una mezcla de pus y espinas, y sólo lo hubiese sentido tras ser apuñalado. Miles de furiosas hormigas rojas corrían por su interior como electricidad, mordiéndo todo a su paso.
Brad abrió la boca de par en par en un aullido estruendoso, infernal, inhumano. Ese era el tipo de dolor que los humanos no podían sentir sin morir un par de decenas de veces.
—Tenemos quince minutos para hablar, tú y yo. Quizás menos, porque golpearte fue tan entretenido que se me paso el tiempo —Retorció el cuchillo en su interior, estaba empapado en agua bendita y sal purificada— Si crees que lo que te he hecho hasta ahora ha sido malo, te va a encantar ver lo que me enseñaron en Roma.
El Cazador sacó otro instrumento de su cinturón. Era un cuchillo pequeño a comparación de la daga con la que lo habia estado apuñalando.
—¿Te gusta? Me la dio un cardenal en el Vaticano. Esta hecha de plata pura, refundida a partir del cáliz utilizado por Gregorio VII en las misas durante las Cruzadas —Acercó la punta al rostro del demonio—. Todo lo que te haga afectará tu verdadero cuerpo, no volverá a sanar jamás...
El Cazador soltó la daga y lo tomó por la frente, aproximando la punta del instrumento de tortura a su ojo. Brad comenzó a desesperarse.
—Mientes. Sólo las armas forjadas en el Cielo y el Infierno pueden...
El demonio se estremeció, tratando de alejar el rostro.
—¿Qué tal te gusta la idea de caminar por el infierno, sordo ciego y mudo...?
—¡PARA! —Gritó empujando a un lado la aguja.
El Cazador lo tomó la camisa, empapada de sangre.
—¿¡Para quién trabajas!?
—U-un brujo...
—Mientes. Ningún brujo puede movilizar a tantos demonios.
—¡Digo la verdad! Ti... tiene contactos con los alto rango. Es muy viejo y poderoso, no sé nada más. ¡Lo juro!
Los vecinos en las plantas inferiores empezaban a gritar, a medida que los policias registraban cada una de las habitaciones.
—No es suficiente. Te voy a sacar un ojo por ser un pésimo informante.
—¡Hay más, hay más! ¡Pero aleja esa cosa de mí, te lo suplico!
Jensen lo alzó por sus ropas, empujándolo contra la pared.
—...su ...su nombre es... —Los labios del demonio tomaron aire, chorreando sangre— Maquiavelo.
El Cazador lo soltó, más por la impresión que por voluntad propia.
—Espera un segundo... ¿el Maquiavelo? ¿El de los libros de historia?
Brad rió por lo bajo, incapaz de alzar la mirada.
—Esto es más grande que tú, Cazador. Vendrán por ti...
La puerta que daba acceso a la escalera comenzó a ser pateada, voces llamando del otro lado.
El Cazador tomó el maletín, y se alejó hacia la cornisa; pasando por encima de una línea negra que Brad jamás cruzaría. Antes de irse, arrojó el instrumento de tortura entre las piernas del demonio. La puerta se abrió y los oficiales comenzaron a correr por el techo.
—No, Braddy. Yo iré por ellos —Señaló con su índice el objeto— Conserva eso como un obsequio. Por los viejos tiempos.
Dejó una grabadora sobre el borde del cemento, y desapareció de la vista arrojándose al vacío. Las palabras en latín pronto comenzaron a resonar desde el viejo reproductor.
Brad tomó el objeto, con cierto miedo y respeto entre sus manos. Al girarlo, sus ojos se abrieron de par en par, inyectados en odio.
Las autoridades encontraron al llegar un baño de sangre, un detallado pentagrama dibujado en el suelo con brea fresca, un viejo reproductor de casettes con la cinta rota, y el cadaver de un hombre joven con el rostro deformado. Entre sus manos se hallaba un objeto punzante, al que se aferró al momento de su muerte con tal ímpetu, que se necesitó tirar con fuerza para quitárselo.
La policia estimó que se trataba de un caso de lucha entre bandas, ensalsado con un rito satánico. De los testigos de la escena, el staff de un restaurante dijo no recordar nada más allá del hecho de que habían salido a tomar aire, por algún extraño motivo. Un par de niños quisieron dar testimonio diciendo haber visto a un personaje de un videojuego, y una histérica ama de casa exigió hablar con el comisario y amenazo con hacer una demanda al alcalde por la falta de seguridad. El caso se congeló por falta de evidencia (si tan sólo hubiesen pedido declaración a las botellas vacías y los contenedores de basura...)
De la victima nada se sabe, más allá de que en sus manos sostenía un cuchillo de manteca hecho en China.


EXTRAS

» Alrededor de su cuello cuelga un amuleto relativamente simple, con una pequeña cabeza de carnero dorada. Quien se lo obsequió, alegó que el mismo poseía propiedades sobrenaturales. Sin embargo, jamás demostró efecto alguno, más que ser un amuleto de la buena suerte.
» Su arma insignia es una Beretta 92 FS Inox, especialmente modificada y personalizada para disparar dos balas una tras la otra, además de modo automático. Además, el mecanismo interno del cañón permite curvar la trayectoria e los disparos. Es llama "Jensen Model" por ser la única en su tipo.
» El sable que utiliza Jensen posee filo de diamante, y es una aleación de acero y otro metal desconocido, que lo vuelve practicamente indestructible. Es un Scramasax del siglo XI, que ha sido reforzado, refundido y mejorado para adaptarse a las necesidades del Cazador.
» Posee un umbral del dolor inhumano. Una vez, siguió luchando a pesar de que todos los huesos de su brazo derecho fuesen destrozados.
» Desprecia a la gente que maltrata libros.


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PROVENIENCIA

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Re: —NON TIMEBO MALA

Mensaje por Porodios el Mar Dic 29, 2015 6:47 am



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