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Ha estallado la Segunda Gran Guerra del Cielo, los ángeles fieles a los ideales divinos y al Arcángel Michael han entablado una lucha abierta con los caídos, bajo el mando de un misterioso serafín que volvió de la muerte, con el poder de una legión en sus manos, quien promulga a favor del libre albedrío para tomar sus propias decisiones, tal y como lo hacen los humanos. Los demonios toman cartas en el asunto, cerrando tratos con el bando de rebeldes con el fin de eliminar la supremacía del Cielo, y tener derecho a caminar sobre la tierra. New York ha sido escogido como Armageddon, y las visperas de la batalla final se leen en escaramuzas y luchas menores.
Mientras tanto, en New Orleans, los vampiros han logrado un poderío sin igual sobre la ciudad. Los rumores de que el Regente del Infierno ha tenido algo que ver corren en el plano sobrenatural, mientras los Blazers, los Cazadores descendientes del Rey Arturo Pendragon buscan darle un freno a sus actividades.
Es una verdadera pena que los Templarios, la primera raza de Cazadores, jamás hayan llegado a un acuerdo con sus colegas. A pesar de que no ha habido declaración de guerra entre ellos, la aparición de una nueva reliquia divina, contenedora de poderes sin igual, tienta a ambos bandos. Sin embargo, los Templarios tienen las manos llenas tratando de domar a las implacables manadas de licantropos en San Francisco, cuyo nuevo líder parece ser un fanático de las batallas.
No hay tiempo ni recursos para vigilar a los ingeniosos brujos que aparecen de vez en cuando en los casinos de Las Vegas, haciendo uso de sus facultades para llevarse dinero fácil. Esto no es más que una fachada, por supuesto, ya que el Aquelarre de Lilith ha estado pactando con demonios mayores para invocar al Primer Demonio.
En el mundo de Wayward Son, los conflictos, batallas, traiciones y la guerra parecen haber inundado cada estado del país de las oportunidades. Los tiempos de paz han llegado a su fin, ¡elige tu bando sabiamente, y bañate de la gloria de la victoria, o perece en el olvido de la historia!
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Wayward Son y su historia es una creación original del Staff, fuertemente influenciada por series y novelas de género sobrenatural, destacando la saga The Mortal Instruments de Cassandra Clare, y las series de televisión Supernatural de Erick Kripke, y The Vampire Diaries y The Originals de Julie Plec. Las imágenes utilizadas han sido tomadas de portales como Devianart, Zerochan, Pixiv y We❤It, y pertenecen a sus respectivos autores. Agradecimientos a Rose de Glintz por el elegante trabajo de su skin y su asistencia, a Veeneli por sus códigos y tablillas tan atractivas, así como a Mizuki por su bello tablón de anuncios.
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Red Angels | Priv. Hope.

Mensaje por Jensen Ackles el Sáb Dic 19, 2015 3:01 am

El pequeño se subió a la silla, teniendo que escalarla como si fuese el mismo Everest.
Una vez encima, sonrió complacido. Sobre la mesa se extendían cartuchos de escopeta vacíos, y varias onzas de sal aun cerradas. Al otro lado se encontraba un hombre alto, con gruesos brazos y una tupida barba cubriendo su cuello.
Miró con agrado a su hijo, empujando la palanca del artefacto nuevamente con un sonoro chasquido, y retirando otra bala de sal.
Jensen lo miró entusiasmado.
¿Son para matar demonios, padre? —Preguntó, animado.
No, Jensen. Ya te lo he dicho. Una bala de sal no mata un demonio, sólo hace que vaya más lento y se debilite —Exclamó, tomando el embudo para guiar la sal al cartucho vacío.
¿Entonces como se los mata? —Insistió, tomando una de las balas entre sus dedos.
Era pesada, pero se sentía bien, igual que cualquier arma. Por uno segundos, imaginaba que era un Cazador adulto corriendo con una docena de esas "cosas" en su cinturón y una pesada Ithaca en su espalda, como la de su padre.
No se los puede matar. Se les dispara con sal o se les arroja agua bendita hasta que se desmayan, o se los exorcisa —Dijo, provocando un leve chasquido. Levantó la mirada, mirándolo con severidad— ¿No has aprendido nada en las clases de Demonología?
Jensen, estremeciéndose, dejo que la bala se le resbalase de las manos. En varios movimientos, busco atraparla y cayó de la silla hacia atrás. Se golpeó la cabeza contra el suelo y llevó sus manos al lugar soltando bajos gemidos de dolor. La bala rodó hasta abajo de un mueble.
Ten más cuidado —Le reprochó su padre con un suspiro— Y busca la bala que tiraste.
El pequeño, sentándose en el suelo, aun adolorido, lo miró desde su posición. Buscó desviar la charla, no queriendo que John se enterase que se había escapado de esa clase para ir a la armería del Temple.
Si no se pueden matar, ¿por qué los cazamos? ¿no hay ángeles para eso? La biblia dice que una vez les ganaron y los mandaron al infierno. ¿Por qué dejan que vuelvan? —Preguntó, aunque en verdad, no le interesaba la respuesta.
John sonrió levemente.
Al menos has estado leyendo. Bueno, los ángeles existen, pero nadie ha visto uno hace mucho, mucho tiempo— Dejó la tarea que estaba haciendo, y rodeó la mesa hacia el muchacho, arrodillándose a su lado— Por eso es que existe gente como los templarios, como tú y como yo, Jensen. Porque este es nuestro mundo, y nos toca a nosotros defenderlo.
Jensen, con la cabeza casi en vertical para mirar a su padre a los ojos (siempre se debía mirar a los ojos, sino los adultos no te tomaban en serio), preguntó con auténtico interés.
¿Tú crees que alguna vez volveremos a ver ángeles, papá? —Exclamó, colocando sus manos sobre su regazo, sentado en posición de loto.
El hombre rió levemente, colocando su mano sobre el cabello del pequeño, despeinándolo.
Sí, hijo. Yo creo que muy pronto, volveremos a ver ángeles —Afirmó, alzándose nuevamente— Ahora, ¿vas a mirar, o me ayudarás a teminar con esto?
Jensen se alzó apresuradamente, buscando en el suelo la bala que había dejado caer. Tras unos minutos, se rindió rogando que su padre no notase que la había perdido.
Pensó mientras miraba a su padre trabajar, que algún día él encontraría un ángel, y se lo mostraría. Sería un ser poderoso, brillante e increíble.
Por sobre todas las cosas, sería hermoso; muy pero muy hermoso.


El Cazador caminó sobre la grapa de la azotea.
El viento era fuerte, y hacia susurrar sus ropas con sus caricias. La bufanda alrededor del cuello de Jensen ondeaba como en un baile, como la cola de un barrilete de color rojo oscuro.
Los cabellos castaños del muchacho revoloteaban lejos de su frente, y sus ojos café rojizo resplandecían con el sol.
Llevó al final de la cornisa, y miró el edificio frente a él. Se agachó levemente, y dio un salto de cinco metros. Las suelas de sus Converse aterrizaron sobre el borde con habilidad. Tras dar otro vistazo a la calle, y a la muchacha de cabellos magentas que había estado observando, siguió avanzando. Llevaba en sus manos una bolsa de compras, y era la única peatón en esa concurrida calle de New York. Por supuesto, él sabía que esto no era casualidad.
"Esta ciudad..."
La joven dobló en la esquina opuesta. Jensen tomó impulso y saltó cruzando la calle hacia el edificio de en frente. Con un movimiento silencioso como un gato, siguió caminando, a la misma altura que ella, sólo un par de decenas de metros más arriba.
"Después de tanto tiempo..."
El Cazador se detuvo un momento. Aunque ella no los hubiese visto, no iba a su destino sola.
Unos hombres aparecieron en la esquina, como salidos de la nada. Un obrero de construcción, con su overol aun manchado de pintura y cemento seco; un muchacho con camisa blanca, pantalón planchado y una corbata azul; y un adolescente con una camiseta de Foo Fighters y shorts deportivos. Tres individuos que no tenía nada en común, y ningún motivo lógico para perseguir a una muchacha que volvía de hacer sus compras diarias.
Pero él sabía porque lo hacían. También podía oler su aroma a azufre, a pesar de la distancia y el viento.
Después de tanto tiempo. He vuelto a esta ciudad —Dijo Jensen, desabrochando su abrigo. Este se abrió como alas, dejando ver la brillante Beretta en su cinturón, y los cartuchos de sal— He vuelto aquí, padre.
Jensen sonrió levemente. La cacería iba a empezar una vez más.
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Re: Red Angels | Priv. Hope.

Mensaje por Hope Everdeen el Lun Dic 28, 2015 12:56 am

Las campanas resonaron estridentes en Nueva York. En la Iglesia St.Michael, el padre Zachariah daría la misa diaria de las siete de la tarde, ya estaba preparado, con su estola de color violeta cubriendo su pecho y la biblia marcada en el pasaje que recitaría ese día. Como todas las misas en la semana de fiestas, hablaría sobre el nacimiento del Señor y la redención. Pero algo, o mejor dicho alguien, distraía al padre de sus labores ese día.
No era el único que lo había notado, los cristianos frecuentes también se saludaban entre sí y cuchicheaban acerca de una ausencia. Una cabellera roja que no hacía acto de presencia. El padre caminó hacia el altar y buscó ese par de ojos magenta entre el gentío, desde hacía meses, en ellos encontraba la pureza y la paz. Normalmente, una vez que aparecía el silencio era inmediato, pero esta vez tuvo que callar educadamente a la gente. No podía juzgarlos, la muchacha llamaba la atención con facilidad, no sabía precisamente el porqué, quizás la belleza de esa alma pura y frágil o ese aire magnánimo que desprendía, como si fuera más que un pecador promedio o mejor dicho, como si no tuviera pecado alguno.
El padre suspiró preocupado, comenzando con el sermón. En toda la misa, su mente divagaba en la figura de la muchacha, preguntándose dónde estaría.
Era la primera vez que Hope Everdeen faltaba a misa.


Alzó el espejo de su rubor, tres pares de ojos estaban puestos en ella. Dobló a la derecha con rapidez, adentrándose en los intrincados callejones de Manhattan. Allí sólo la recibió una ventisca helada y un nauseabundo olor a podredumbre y alcohol. No era el mejor lugar para correr, tan carente de vida y con los altos edificios de ladrillos a ambos lados, pero era la forma más rápida de ir a Central Park y allí la gente disfrutando del pulmón verde de Nueva York actuarían como vigilantes ante el menor disturbio.
Miró hacia atrás de reojo, sus perseguidores aún no habían doblado, calculó mentalmente que los separaba una distancia de aproximadamente cinco metros. Si corría lo suficiente, quizás llegase a doblar antes de que la vieran. Y así lo hizo, las bolsas de las compras balanceándose a sus costados, el mapa de Manhattan trazándose dentro de su mente, la adrenalina y el temor danzando por su sangre, siendo motor de cada uno de sus movimientos. En cuanto el camino se bifurcó, dobló a la derecha de nuevo, rogando que no hayan visto ni un atisbo de sus cabellos rojos.
Esta calle apestaba especialmente a pescado. Era la parte trasera de una fábrica o de una tienda de sushi, en el conteiner abierto sobresalían restos de la violácea piel del pescado podrido y a unos metros, un vagabundo dormía plácidamente cubierto en harapos. El sonido de pasos se hacía cada vez más intenso y un escalofrío helado recorrió su médula. Buscó en su bolsa algo para armarse, optando por un desodorante y la raqueta de tenis que había comprado como regalo de Navidad para el padre Zachariah. Y corrió como si el diablo le susurrase al oído, anunciando su fin.
¡La tengo!
Un grito grave y rasgado como un graznido interrumpió la inquieta calma. Hope ni siquiera pudo reaccionar, la fuerza que le había impactado le hizo perder el equilibrio y cayó de bruces al suelo. Las bolsas se hicieron añicos y la raqueta voló a unos cortos metros de ella, curiosamente, mantenía aferrado con firmeza el desodorante. Hope gritó, movía el cuerpo frenética, las uñas de su mano arañando en la acera tratando de hacerse con un agarre. Sobre ella, el vagabundo se arrastraba respirando agitadamente, había alcanzado su cintura y tiraba de su suéter llevándola hacia él. La pelirroja gritaba clamando ayuda, escuchaba los pasos que se acercaban y en medio de la desesperación, el instinto fue su guía. Primero fue un codazo que dio en su sien, luego, el desodorante a los ojos. El vagabundo gritó, liberándola de su agarre unos segundos vitales para poder escapar. Se levantó de un salto, entre tropezones tomó la raqueta y miró por encima de su hombro, los tres perseguidores la observaban desde el principio de la calle y, atiborrada de emociones, sin siquiera pensarlo lanzó el desodorante a uno de ellos, dándole en la nariz.
¡Aléjense de mí!
¡Hija de puta!
La muchacha apenas entendía lo que ocurría, avanzaba por mero impulso, doblando de calle en calle, ya sin mirar realmente a donde se dirigía. El instinto de supervivencia lo dominaba todo, cada decisión, cada mínimo movimiento. Y tenía uno muy bueno, pensó, porque cuando sentía que las puntadas en las costillas serían intolerables, divisó al final del callejón a un hombre hablando por radio con un compañero. Alto y pálido, con un uniforme azul oscuro que traía consigo la salvación.
Las palabras de auxilio de Hope salieron una tras de otra, agudas y desesperadas, en medios de jadeos que apenas las hacía inteligibles. El policía se giró al verla y su sonrisa destruyó sus esperanzas. Algo andaba terriblemente mal, el instinto le decía que se alejara de él, que corriera a cualquier otro lado. Los ojos del uniformado, de un agradable tono esmeralda, se tiñeron del más oscuro negro. No había nada detrás de ellos, sólo el vacío absoluto.
Hope se detuvo en seco, encontrándose rodeada, alzó la raqueta en un vano intento de imponer cierto temor en sus atacantes. El policía alzó su arma, apuntándole.
El sonido del disparó retumbó en los oídos de Hope con un eco escalofriante.
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Re: Red Angels | Priv. Hope.

Mensaje por Jensen Ackles el Sáb Ene 02, 2016 2:55 am

La bufanda roja dio un aleteo en aire. Jensen sonreía.
Hizo un lento y paciente seguimiento a los escurridizos cabellos magenta, prestándole apenas atención a sus perseguidores. Tomó su Beretta de su cinturón, y comprobó que estuviese cargada. Desabrochó su abrigo, dejando que se abriese a sus lados como las oscuras alas de un cuervo. Posó su mano sobre su pecho.
Era curioso, pero sintió que su corazón latía fuerte.
Como si estuviese a punto de presenciar algo extraordinario, de enfrentarse a una hecatombe infernal. Entonces esperó. Porque Jensen siempre intentaba ver no con los ojos con los que había nacido, sino con el de la intuición. Y demasiado rápido había aprendido que no obedecerlo llevaba a una muerte inexorable.
Sin embargo, nada sucedió. Nada en absoluto.
Llevó sus manos a su reproductor de música, en su cinturón, y tiro de los auriculares. Aquella era su propia banda sonora.
Con un suspiro, Jensen se puso de espaldas a la cornisa, con los ojos cerrados. El duro piso de cemento se veía repentinamente muy lejano.
Non timebo mala —Mencionó en voz baja.
Y mientras su cuerpo caía en el aire, su corazón volvió a latir muy fuerte.





Disparó por un acto reflejo, sin saber a donde.
Las balas gemelas salieron una tras otra, como atadas por un vínculo incorpóreo. La primera se fundió en un inseparable abrazo con el proyectil del demonio, en un encuentro de plata y acero. Horas más tardes ese peculiar objeto sería encontrado por el oficial Ramirez, en ese momento poseído, que daría vueltas al asunto durante semanas y hasta perdería el sueño observando ese inverosímil rastro. Sin embargo, más tarde que temprano, lo dejaría ir y terminaría usando las balas fundidas como un pisapapeles. Pero jamás logró deshacerse por completo de ese pensamiento.
La segunda bala de Jensen entró al final del cañón de la Browning policial. El arma, desesperada por la repentina irrupción, dio un gemido de furia antes de destrozarse y quedar muda para siempre.
La muchacha aun no había visto a Jensen, que se encontraba a sus espaldas. Este, aterrizando con la planta de sus pies, había rodado sobre el suelo y quedado de pie frente al trío disparejo que había avistado antes.
Tras un breve instante en que Jensen se encontró parado de espaldas a espaldas con la muchacha de los cabellos magenta, se lanzó a una velocidad surrealista. Tomó la tapa de un contenedor de basura para bloquear el puño del demonio, y luego atizarlo con la misma. Sin siquiera mirar, arrojó el objeto a sus espaldas. Como un misil teledirigido, la tapa golpeó en la frente al policía, que arremetía contra la muchacha.
Jensen juntó sus manos y dio un fuerte golpe a la nuca de del skater. A tiempo para esquivar al oficinista, que se lanzaba hambriento de sangre. Jensen tomó su muñeca y giró rápidamente, lanzando el cuerpo contra el piso con un estruendo.
Entonces se arrodilló sobre una pierna sobre el suelo, y al alzar la mirada, vio los nebulosos ojos negros del obrero. Los músculos del poseído repente temblaron, creciendo e hinchándose. En un instante, había ganado diez libras de masa muscular.
Los ojos de Jensen se tornaron de un intenso rojo. Y luego sonrió.
Dando un paso atrás, y retrocediendo en una trayectoria circular, Jensen esquivaba una avalancha de puños. En una ocasión el puño se enterró sobre la pared, y se hundió dentro del pulverizado ladrillo. Luego su puño contrario repitió el proceso, con Jensen en medio. El Cazador tomó de los hombros al demonio, y dio un fuerte cabezaso. Aun con el ardor en la frente, se asió al demonio para tomar impulso y dar un rodillazo en su estómago, seguido de una potente patada.
Como si todo fuese una coreografía previamente discutida y organizada, el Cazador se encontró una vez de espalda a la joven de cabellos magenta. Posó sus manos sobre los brazos de ella, y la hizo girar a un costado.
El policia, que se había arrojado a atraparla, se encontró repentinamente con el cañón de la Beretta apuntando a su rostro, inmóvil.
Bang —Exclamó Jensen.
No disparó. En su lugar, lo golpeó el cañón, la culata y sus nudillos repetidas veces como un saco de boxeo, tomó por las ropas y lo lanzó contra la pared. El cuerpo se estrelló, y cayó sentado al suelo húmedo y sucio. El cazador guardó el arma.
Todo esto había sucedido en tan sólo un minuto. La canción ni siquiera había terminado.
El oficinista, que la había sacado más barata, comenzó a sentarse, y buscaba a tientas una botella de vidrio.
Ni siquiera —Habló Jensen, acomodándose sus ropas— Lo pienses.
Este, tomando el consejo, abrió la boca de par en par y una vomitiva nube negra comenzó a escapar. Demasiado humo para una sola persona, daba la impresión de no acabar nunca. Unos instantes después, todos repetían ese monstruoso acto.
Entonces el skater, el obrero, el oficinista y el policía escupieron un torrente de odio, furia y violencia. De esa forma, el skater, el obrero, el oficinista y el policía volvieron a ser simplemente un skater, un obrero, un oficinista y un policía.
Un apestoso hedor a azufre inundó el callejón, sobreponiéndose a la basura, la humedad y la podredumbre. Sólo se podía sentir el perforante y ácido olor del infierno.
Jensen, con la bufanda roja revoloteando en el aire, se volteó hacia la muchacha por primera vez. Y en su interior sintió como una rueda comenzaba a girar, lo asustó, lo emocionó y lo aceptó. Y no recordaría que eso había sucedido hasta meses después, de frente a las playas de Ocean Beach, con sus pies flotando a diez centímetros de la superficie marina.
En ese momento, sólo pudo fijarse en el imposible escarlata de aquellos irises, temblorosos y asustados, pero sin el rastro del miedo verdadero. Eran los ojos de quien se encuentra con algo familiar.
Jensen, con sus ojos brillando una vez más de rojo, dio el último vistazo a la muchacha y caminó hacia el final del callejón. Giró hacia la izquierda, y desapareció.
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Re: Red Angels | Priv. Hope.

Mensaje por Hope Everdeen el Vie Ene 08, 2016 12:27 am

El callejón apestaba a sulfuro, único indicio perceptible de que allí ocurrió un suceso que escapaba a todo razonamiento humano.
Hope apenas había podido reaccionar. El misterioso joven había descendido cuán ángel, protegiéndola de ese inminente peligro. Cuando apenas pudo captar lo sucedido, sólo veía una bufanda escarlata danzar de un lado a otro, su única guía de los movimientos del muchacho. Fueron pocos minutos que finalizó con densas nubes oscuras saliendo de la boca de sus atacantes.
¿Cómo reaccionar frente a un hecho que va más allá de lo mundano? Sus ojos se abrieron de par en par, incapaz de concebir esa escena que parecía obra de un espectáculo de magia en Las Vegas. Miró a los alrededores, esperando encontrar las cámaras ocultas y un micrófono en el castaño que salió de vaya a saber dónde.
Pero allí lo único perceptible era el sulfuro. Una composición nauseabunda, de huevos podridos y putrefacción que sólo aumentaba sus ganas de vomitar. Sus atacantes se encontraban desmayados en el piso; con los ojos cerrados y la parsimonia de su respiración, asemejaban estar tan en paz que resultaba increíble que apenas minutos antes hubiesen tratado de hacerle daño. Parecían dos personas distintas en un mismo cuerpo.
El extraño con la bufanda la observó fijamente. Lo primero que sorprendió a Hope fue su apariencia; en medio del calor de la lucha su experiencia le hacía parecer más adulto, como Tom Cruise en Misión Imposible. Aunque sus facciones delataban una juventud cercana a la propia: apenas debía alcanzar la mayoría de edad. Podría haberlo visto con un uniforme del Instituto Kennedy, un alumno atractivo de último año, charlando con sus amigos, saliendo con alguna chica, aplicando para la universidad.
Pero sus ojos mostraban otra historia.
El color de sus orbes brillaba como querubines en los sucios recovecos de Manhattan, como el fuego devorador e incandescente del averno. Sus ilusas ideas acerca de un estúpido show de cámara oculta se difuminaron al instante, ningún actor podría jamás encarnar esa mirada llameante. Ningún alumno del Instituto Kennedy luciría esa expresión de matices salvajes, peligrosos y emocionados. No había miedo, tampoco duda, parecía un soldado celestial ataviado de su montgomery negro, escapando de la cárcel más terrible del infierno con las llamas furiosas a su alrededor cuán azote de Dios. Un impulso insano y voraz de dibujarlo surgió dentro suyo, en su breve vida recordada, era la primera vez que una persona le causaba una sensación similar. Y quizás fuera, pensó Hope, porque en su breve vida recordada, esa fue la mirada más hermosa que había visto, con ese amplio abanico de expresiones tan sublimes. La muchacha no sabía cómo reaccionar, se debatía en centésimas de segundos si salir corriendo de ese lugar de mala muerte o agradecer al extraño por su salvación. Recordó que llevaba una pistola y que un simple peatón no estaría armado caminando por Nueva York. Curiosamente, a pesar de que la lógica advertía el peligro que encarnaba esa misteriosa figura, la pelirroja se sentía relativamente tranquila.
Podría agradecerle…
Pero era demasiado tarde, sin mediar palabras, el castaño dio media vuelta y se marchó de allí.

Hope tardó unos cinco minutos en procesar la situación. No gritó, tampoco sucumbió al llanto, llevó a una mano a su pecho, inspiró por tres segundos, exhaló por cinco y así hasta ralentizar su respiración desbocada. Observó a sus atacantes, aún bajo los brazos de Morfeo, y con un suspiro llamó a una ambulancia. Aún en duda de si realmente la necesitaban, prefirió  hacer antes que cargar con la culpa de su falta de accionar.
Camino con rapidez, mirando desesperada de un lado a otro y transitando por calles ajetreadas. Temía entrar a un auto sola con un desconocido por lo que no le quedaba otra que enfrentar la ventisca invernal de Nueva York, abrazándose a la raqueta del padre Zachariah como si se tratase de la Lanza del Destino.
La Iglesia St.Michael la recibió con su habitual aroma a historia, una mezcla de incienso, cera y pergamino que le fascinaba. Había llegado tarde, por supuesto, exactamente en el momento de dar la eucaristía. Los fieles estaban en fila en el centro, esperando su turno para recibir el cuerpo de Cristo con la solemnidad que es debida mientras el coro cantaba Cordero de Dios. Hope los imitó, con la molesta sensación de que sus botas hacían un ruido estruendoso al chocar con el suelo. El rostro del padre Zachariah al verla era exactamente como se lo esperaba: una mezcla de alivio y preocupación. Ella le sonrió y le guiñó el ojo, tratando de calmarlo. Horas después, sería el tema de charla preferido de las ancianas de la primera fila, quienes se preguntarían si el bondadoso padre no estaría sucumbiendo a los placeres carnales y lujuriosos que representaba esa bella jovencita.
Su sonrisa desapareció al instante que dio la vuelta y lo vio. Allí, sentado en la última fila, el pesado montgomery cubriendo sus hombros, los cabellos castaños revueltos por el viento sin tomar una forma definida. Su vista estaba fija en el suelo, como si el mármol oscuro fuese lo más interesante en el mundo. Pero debió notar su escrutinio, porque al instante sus carmines se posaron en ella, el fuego infernal encerrado en ese par. Sintió que el corazón le daba un vuelco y un mix de ansiedad y temor embargó su pequeño cuerpo. Se mordió el labio, recordando que aún debía seguir armado y avanzó con paso seguro hacia allí, sentándose al lado de él. Si le hubiese querido hacer daño, supuso, ya había tenido una oportunidad perfecta. Y si deseaba dañar a los demás, estaría lo suficientemente cerca para lanzarse sobre él y alertar al resto. Al momento del rezo se percató que no alzaba las manos, ni siquiera parecía saber en qué momento estaban; unos delgados cables sobresalían de su montogmery. Hope suspiró: estaba escuchando música en plena misa.
Los minutos restantes transcurrieron en una lenta agonía. El hogar de Cristo, que tanta paz le causaba antes, en ese momento se sentía como una opresiva prisión. Poco a poco se iba vaciando de creyentes, algunos saludándola con una sonrisa. Nadie parecía prestar atención al castaño a su lado, como si se camuflara con la madera caoba de los bancos. Las últimas en irse fueron las ancianas de amplia imaginación de la primera fila, quienes como era usual se mantuvieron entretenidas charlando con el padre Zachariah. La saludaron amenamente al verla, con una sonrisa que era incapaz de ocultar la curiosidad maliciosa de sus miradas.
Hope…
Ella acortó el encuentro dirigiéndose hacia el padre, las patillas de sus anteojos resbalaban por su nariz pero a él no parecía importarle.
¿Qué te ha pasado? Estás herida.
Segundos le llevó entender esa frase, se observó a sí misma, percatándose de que su estado no era el mejor. Su suéter corto de color beige estaba manchado de tierra y suciedad, con ciertas motas bordó en la zona de sus codos. Su rodilla era prácticamente roja, con la herida sangrante que había traspasado sus media finas y bucaneras. Hacía un efecto extraño en esta última, que tenían a esa altura el dibujo de la cara de un gato, o al menos así era en su pierna izquierda, mientras que en su derecha parecía una forma bizarra de Hellboy con orejas y bigotes. Curiosamente, su short gris oscuro de paño permanecía intacto, apenas con polvo.
Me caí, sabes como es Nueva York en época festiva, un mundo de gente y empujones por doquier —el padre suspiró indeciso, mientras su mirada se desviaba desconfiada hacia el castaño—. Me ayudó, me reconoció y vino por lo de Milagrosa Hope.
Zachariah frunció el ceño y sus ojos avellanas le observaron con reproche. Antes de que siquiera pudiese hablar, le calló posando el dedo anular sobre sus labios. No era necesario siquiera las palabras para saber lo que iba a decirle. Hacía meses que le repetía lo mismo, desde que Milagrosa Hope empezaba a gestarse. Había ocurrido una tarde de verano, dónde una mujer desesperada sucumbió en llanto durante su rezo matutino. Zachariah había tratado varias veces con ella, la señora Brookfield, a quien últimamente se le dificultaba lidiar con el cáncer de su hijo. El Padre se había marchado a una charla de Acción Católica y Hope no supo más que hablar con la mujer, tomando sus manos y rezando juntas el rosario pidiendo por la salud del joven. Al otro día, el cáncer había entrado en recesión y Jamie ahora asistía fielmente con su madre a la misa de los domingos. Así fue como la cadena empezó a moverse, otras figuras desesperadas fueron presentándose, cada una con su pedido particular y luego de rezar el rosario con la pelirroja, volvían a los pocos días a la iglesia con una sonrisa en su rostro. Para pesar de Zachariah –quien creía que todo el asunto era más bien propio de pastores brasileños que de la iglesia católica-, pronto se ganó de un nombre y Milagrosa Hope iba adquiriendo mayor relevancia, una última luz de esperanza que alumbraba senderos oscuros y ya no sólo un apodo que su amigo Christopher usaba para molestarla.
Prometí que pararía cuando empezara a haber remeras con mi nombre. Además deberías ya irte, hoy tienes la cena con tus padres.
-Puedo quedarme –repuso rápidamente-. Estás herida y…
Zach, no voy a ser tu excusa para que no quieras ver a tu familia, ¡vinieron desde Florida sólo para verte! Sé que son peculiares pero ya sabes lo que dice la biblia de ello —la pelirroja le tomó del antebrazo para darle ánimo—. No me obligues a citarte Corintios 1:10. Haremos como habíamos arreglado, tú te irás antes y yo me encargaré de cerrar la iglesia.
El padre, acostumbrado a esa relación de hermandad que rápidamente había formado con la muchacha, suspiró resignado. A pesar de la diferencia de edad, al igual que su hermana que en los cielos debía velar por él ahora, la muchacha lograba siempre alzarse victoriosa.
Al menos déjame traerte el botiquín de la sacristía.
De acuerdo, pero te cambiarás antes, no quiero que te retrases por mí. —Hope le sonrió hasta marcharse, siguiendo su camino por el vestíbulo con la mirada. Una vez que la soledad los amparó, volteó hacia el extraño, cruzándose de brazos—. Realmente agradezco que me hayas salvado, pediré por ti durante mis rezos, lo prometo. Pero no puedo dejar de pensar en lo que pasó en esos callejones. ¿Qué fue lo de esa nube negra? ¿Quiénes eran ellos?
Un trueno retumbó estridente y se repitió en eco en los interiores del hogar de Cristo. Le extrañó, no recordaba que ese día mostrase signos que pronosticaran una tormenta.
¿Qué haces aquí además? Claramente no estás por Dios. 
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Re: Red Angels | Priv. Hope.

Mensaje por Jensen Ackles el Vie Ene 08, 2016 2:39 am

Jensen alzó el dedo índice para ordenarle que se callase.
Aun con la música al máximo volumen, era molesto ver a alguien hablándote aun cuando llevas auriculares. La miró directamente a los ojos, y tras alzar la comisura de sus labios, dio una leve palmada al espacio junto a él.
Estiró los brazos a los lados y se los llevó a modo de almohada detrás de la nuca. Alzó los pies y los cruzó encima de la butaca de en frente. Cerró los ojos en un sonoro bostezo, que ocasionó que un par de miradas se clavaran en su nuca. La canción acabaría en un minuto, más o menos.
Te llamas Hope, ¿no es así? —Exclamó por fin. Era una voz clara, pero perezosa—. Tienes lindos labios, fáciles de leer.
Echó la cabeza hacia atrás, y se quedó así un rato. Sólo en momentos como ese podía relajarse en verdad. Mientras los engranajes en su cabeza se ponían en movimiento, tras un mantenimiento hecho con el aceite de nueva información.
Ella es la siguiente clave. Pero, no tiene nada de especial... Es decir, es linda, pero no parece...
Abrió uno de sus ojos, en un gesto extrañamente natural y extrañamente inusual. En su pupila canela se reflejó el rostro de Hope.
No pertenece a mi mundo.
Jensen estiró una de sus manos a un costado, y alzó el pulgar hacia la salida.
La mujer del bolso rojo que estaba en la primera fila. El hombre con el traje gris petróleo. La pareja de cabellos rubio ceniza. El bombero que se acercó a pedir por las víctimas de ese incendio en la calle Franklin. La adolescente de trenzas que pasó la canasta de ofrendas. Fueron los únicos que no se alzaron a tomar la comunión, y todos apestan a azufre—Relató tranquilamente, extendiendo su mano a ella. La palabra tatuada se leía claramente en sus nudillos—. Estate más despierta, Hope.
En un rápido movimiento, dio un golpecito en la nariz de la muchacha. Luego se alzó, con ella sosteniendo su rostro en expresión mezcla de sorpresa, enfado y miedo.
Jensen soltó los auriculares de sus oídos y presionó el dispositivo, que succionó los cables como si se tratase de una cinta métrica.
Padre Zacariah —Lo llamó con su voz fuerte, contundente y autoritaria— Revelaciones; dos dos, dos dos.
Jensen plantó su mirada en su mirada en él, que le devolvió una expresión de aturdimiento. Sus ojos entonces se encendieron con el color rojo, el mismo que había tenido antes.



Ahora.
Las pisadas fuertes del muchacho resonaban dentro de la Iglesia, mientras se acercaba al altar. Zachariah pasó la mirada de él hacia Hope, y luego la regresó a Jensen. Parecía suplicarle, pero el cazador no cedió.
Ahora, Zachariah —Le ordenó nuevamente—. Será un sacedorte, pero en primer lugar es un soldado, y debe acatar a su superior.
El padre, lo miró con cierto desprecio, antes de rebuscar entre sus ropas una llave que estaba atada alrededor de su cuello. Se aferró a ella, con los ojos en el piso, y luego volvió a mirar al muchacho.
La niña... Ella, ella no tiene nada que ver con esto. Puede irse, ella puede...
No —Exclamó Jensen—. Al contrario, es ella quien está ocasionando esto.
El muchacho alzó el dorso de su mano a la altura de sus ojos, mostrandole los nudillos.
Hope se alzó repentinamente, adelantándose hacia las espaldas del muchacho. Lo tomó por el antebrazo y tiró de él. Estaba loco, loco de remate, y ahora podía entenderlo. Y ella también, ella también estaba volviéndose loca.  
¡Zachariah, corra! ¡Tiene un arma! —Gritó, clavando sus uñas en el brazo de Jensen.
Este, mirándola con una mezcla de enfado y cansancio, buscó zafarse.
Suéltame, niña. Esto no es un juego —Le ordenó, sólo logrando que se aferrase aun más—. Tú viste lo que pasó en el callejón. ¡¿Acaso tienes amnesia o algo por el estilo?!
Hope, abriendo los ojos de par en par repentinamente, lo fulminó con la mirada. Y de todas las cosas que podria haberle dicho; que sí tenía amnesia; que la asustaba verlo a él y recordar lo que había sucedido; y que odiaba las armas. De todo eso, sólo podía sentir verdadero miedo a que esa vivencia, tan fuera de este mundo y tan anormal, le había resultado increiblemente mundana y familiar, como lo es para un loco ver a una vaca volar. Que temía volver a escuchar ángeles y terminar de nuevo en un solitario cuarto tomando asquerosas medicinas, porque desde que él había bajado del cielo, la vida de concreto y realidad que había logrado formarse se había derrumbado, y entonces se había dado cuenta que su mundo se sostenía por pilares de arena, que las paredes eran de cristal espejado y que el techo no era más que una cortina de humo.
Que una vez más, se estaba volviendo loca. Y en vez decir todo aquello, sólo gritó.
¡No existe Revelaciones 22:22! —Con una voz quebrada y colérica.
Y entonces, su mano se estrelló contra su rostro.
Jensen detuvo sus intentos de liberarse, y la miró sin entender, apenas consciente del golpe, pero seguro de que más tarde sentiría una ola de enojo retardado.
¿Qué dijiste?
Hope, aferrándose a él como si fuera a caerse, continuó segura.
El libro de Revelaciones tiene veintidós capítulos, con veintiún versículos. No existe un versículo veintidós, no existe...
Jensen, en ese momento, dio un tirón rápido y se la quitó de encima.
Es un código, no un versículo, niña —Le espetó, subiendo los escalones hacia el altar— Padre, esto va mucho más allá de mis honorarios. Nunca fue mi intención ser el ángel rojo de alguien tan irracional. Haga su trabajo, que para eso le paga el anciano de blanco.
Sin decir más, Jensen abrió la sacristía, y se metió en el interior.
Zachariah, apoyándose sobre el altar, buscó el rostro de Hope. Y tras comprobar que, efectivamente, no podía mirarla a los ojos, bajó la mirada con un suspiro.
En el interior de la puerta continua se escuchaba como Jensen tiraba cosas de un lado al otro, como volaban latas de alimentos no perecederos y crucifijos.
¿Un código? —Preguntó Hope, con los brazos aún alzados, como si sostuviesen un brazo invisible. Dejó caer las manos a los costados, y subió el primer escalón— ¿Qué está pasando? ¿Qué está...?
Es un... —El padre perdió la voz, y nuevamente soltó un suspiro— No puedo. Perdóname.
Hope, caminando a su lado, abrió sus labios para preguntar de nuevo.
Es el Rituale Romanum —Gritó Jensen desde la sacristía. Entonces apareció, con una botella de vino en su mano— Revelaciones 22:22 es la manera en la que le decimos para comprobar si el sacerdote ha sido entrenado para luchar. Por suerte para nosotros, el padre Zac aquí lo está.
Dio un trago a la botella, y la miró con cierto dejo de rencor.
Por cierto, si abofetear a tus salvadores es tu manera de agradecer, la próxima más dejaré que los demonios se diviertan un poco más antes de detenerlos —Reprochó, recostándose contra la pared, con un pie apoyado de cara a la misma.
Hope simplemente pudo observarlo, pensando que todo era demasiado surrealista. Que aquello no podría ser más que un delirio producto de la falta de medicación y el shock post-traumático de aquel asalto frustrado.
¿Demonios? ¿A qué te refieres con demonios?
Jensen, que había llevado la botella a sus labios, la bajó repentinamente. Enserió su expresión, y miró al sacerdote.
Padre, tiene que prepararse. Necesito su ayuda en esto. Sólo así puedo protegerla.
Zachariah lo miró, con unos ojos fríos y rígidos. Era la primera vez que Hope lo veía así. La careta de hombre amable y sumiso se había caído, y sólo quedaba un hombre fuerte, decidido e impasible.
Haz lo que tengas que hacer para salvarla, templario. Pero no seré yo quien le arrebate su vida. Eso sigue siendo tu trabajo, no el mío.
Jensen frunció el ceño, y luego sonrió.
Ya me preguntaba cuando aparecería tu verdadero ser. Será un gusto trabajar junto a ti, Zac.
Y sin mediar más palabra, ni mirar a la muchacha, cerró la biblia, y empuñó la llave que había sacado antes. Desde cerca, Hope vio que era diferente a la que le había visto usar para extraer el vino y las hostias de la comunión; de color dorado, y con una extraña aura brillante a su alrededor, como si emitiese luz por su cuenta. Creyó que había sido victima de la demencia senil cuando quiso introducirla en el compartimiento donde se encontraba el cuerpo y la sangre de Cristo; creyó que había roto la cerradura cuando esta hizo un sonido de chasqueo; y luego, finalmente, supo que estaba loca cuando en su interior no vio ni un frasquito de vino, ni una copa de bronce, ni un recipiente con hostias.
Sino, que en su lugar, había una brillante pistola blanca.
Priest Glock. Nunca me canso de verlas. A veces pienso en tomar los hábitos sólo para tener una —Murmuró Jensen, con una amplia sonrisa.
Hope, resignándose a que debería volver al manicomio, dejó que su pequeño cuerpo se apoyase en la pared a sus espaldas y cayese al suelo.
Alguien... alguien, por favor... dígame qué está pasando —Llevó sus manos a su cabeza, con las sienes vibrandole dolorosamente.
Lo que está pasando, es que estás entrando al mundo real, Hope —Golpeó con el puño cerrado la puerta de la sacristía—. Mi nombre es Jensen Ackles, y a partir de ahora protegeré tu vida con la mía.
La puerta de pesada madera chocó sonoramente, lo suficiente para estremecer a la muchacha. Esta movió el rostro lentamente hacia el interior. Y no pudo evitar, con los ojos llorosos, soltar un chillido.
En el piso había una escalera que nunca antes había visto, a pesar de que cientos de veces había entrado allí. E iluminadas por luces azules, dentro de se veía un auténtico arsenal. Escopetas, pistolas, rifles, bestias de metal y acero que no sabía clasificar, cuchillos, espadas, armas, armas, armas.
El mundo que conoces jamás existió. —Mencionó, tapando el vino, y dirigiéndose a ella. Le puso la botella entre las manos, y se agachó—. Felicidades. Acabas de despertar, Neo.
Dándole un golpe en la nariz con la punta de sus dedos, se alzó y la dejó allí. Con naúseas, mareada, perdida. Y sin embargo, estaba aliviada. Porque si bien había comprendido que era todo una locura, podía ver en los ojos de Jensen Ackles que él también estaba loco.
No estaba sola. Y eso la tranquilizaba.
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Re: Red Angels | Priv. Hope.

Mensaje por Hope Everdeen el Vie Ene 08, 2016 7:21 pm

H.O.P.E
Sintió un vuelco en su pecho ante esas palabras. Una presión la hundía por dentro, aplastándola hacia el borde del precipicio que auguraba un colapso mental. Se apretó a las uñas, reconociendo esa sensación a la perfección. Los murmullos errantes explotaron dentro de su cabeza, escandalosos y exaltados, taladraban su cráneo con una frase que no llegaba a identificar. La escuchaba, una y otra vez cuán himno, pero como si lo hiciese detrás de un velo, le llegaba distorsionada.
La rueda comenzaba a girar, las Moiras hilaban con mayor atención esos hilos dorados, que se entrelazaban unos con otros. Hasta casi podría verlo, como su hilo se enredaba con el del extraño de montgomery y podía sentirlo, esa corazonada que latía dentro suyo, que ese tatuaje refería a ella. Hope se sentía minúscula, ínfima, una pequeña estrella en ese vasto universo apenas consciente de todo lo que éste le deparaba. Quería gritar, taparse los oídos tratando de espantar a esos fantasmas internos que clamaban por muerte. Porque sin saber exactamente el significado, siempre eran profecías terribles. Siempre.
Se había esforzado en no escucharlas, había luchado constantemente por espantarlas de su mente. Y ahora volvían desesperadas, insaciables. Suspiró varias veces, tratando de mantener la calma, repitiendo su método para alejarlas. Era un memo que su psicóloga le había dado y fue su salvación durante su vida fuera del psiquiátrico:

Naranjas y limones, dicen las campanas de San Clemente.
(No temas. No temas)
Me debes tres peniques, dicen las campanas de San Martín.
(No pueden hacerme daño. No pueden hacerme daño)
¿Cuándo me pagarás?, dicen las campanas de Old Bailey.
(Yo las controlo. Yo las controlo)
Cuando me haga rico, dicen las campanas de Shoreditch.
(No son reales. No son reales)

Dio una larga exhalación. En algún momento de la canción, las voces habían desaparecido.


Apretó la botella de vino con fuerza. Demonios. ¿Realmente existían? Lo había visto con sus ojos, los orbes totalmente negros como la tinta de sus atacantes, el humo espeso desprendiéndose de sus bocas. Era terrible, no tenía sentido alguno y ella lo había aceptado. Fue hacia la iglesia como si nada hubiese pasado, como si fuera rutinario que esos despiadados seres de fantasía la atacasen al crepúsculo.  ¿Por qué había actuado con tanta liviandad? Empezó a cuestionar sus propias acciones, que no tenían sentido en una persona cuerda, que no debían haber aceptado ese hecho.
Se estaba volviendo loca. Estaba loca. No, no podía creer toda esa fantasía. Los demonios no existían, los ángeles tampoco, el padre Zachariah era un simple cura y Jensen Ackles era un caballero de sus sueños. Había luchado contra los impulsos de las voces y debía seguir así. Recordó la habitación del hospital, deprimente y oscura,  las maldiciones de sus compañeras y los llantos a medianoche, los momentos borrosos bajo el velo de los fármacos y las voces, el maldito trombón de guerra, los cantos que clamaban por el fuego celestial. Los primeros meses también había gritado en su celda repitiendo el mensaje divino, hasta que la enfermera de turno se cansó de ella y le administró un coctel de Clorpromazina y Risperidona. Y allí estaba, en una vorágine confusa de insanos momentos de paz y tortuosos estados de consciencia. En sus estados más lóbregos, pensaba que terminaría muerta con el toque dulce y liviano de la parca, y le parecía bien, porque no oiría ese canto angelical que tanto le aterraba. Era lo único bueno de ese lugar.
Sus momentos en el Instituto Psiquiátrico Northfield habían quedado en recuerdos oscuros del pasado. Luchó por aferrarse a la conciencia cruel, resistió al encanto mortal de los medicamentos  y se hizo paso, balanceándose entre el limbo de lo real e irreal por librarse de sus cadenas. Aceptó ese nuevo y maravilloso mundo de domingos de misa y barbacoa, tan predecible y normal que evitaba que esas terribles sombras aladas la acosasen. Había luchado por un mundo real.
Y no podía perderlo, no podía volver allí. Sus ojos fácilmente podían mentirle, no debía confiar en ellos. Debía ser un sueño bizarro producto del cansancio, había hecho doble turno en la cafetería reemplazando a una compañera y eso le habría jugado una mala pasada. Sí debía ser eso, un sueño donde todo era ideas mezclada de películas y al despertar se encontraría con las luces del sol indicándole una nueva mañana.
(No son reales. No son reales).
Fue automático, las uñas se clavaron firmemente en la herida de su rodilla. El dolor fue instantáneo, una ráfaga aguda en sincronía con su alarido.
(Son reales. No son reales)
¡Hope! —Zachariah corrió hacia ella, pero la pelirroja sólo gritó con más fuerza deteniéndolo a una distancia prudente, tomando la botella de vino como arma.
Na…naranjas y limo…mones dicen las campanas de San Clem… —las pupilas dilatadas acompañaban la respiración acelerada—. ¡Co…con…confíe en ti Zac…hariah! Y en todo ese momento tú… —tomó aire, cantando esa canción para sus adentros— ¿Todo es real? ¿Los demonios son reales?
Sus orbes malvas le observaron con reproche. No recibió como respuesta enojo, en esos avellanas sólo había una inmensa pena y lástima. Hope vio sus arrugas, la expresión cansada y adolorida del padre, que en ese momento parecía haber envejecido diez años. Zachariah, aquel humilde hombre que había sido su guía en sus peores momentos, quien le brindó esperanza y una razón para luchar, para no sucumbir a sus delirios.
Lo siento, Hope.
Ella no estaba loca. O sí, como también estaban locos el Padre Zachariah y Jensen Ackles. Eran locos en un mundo real, en vez de cuerdos en una mentira.  Y en cierto modo, eso era un doloroso alivio. Pensó en su vida, tan velada como su estadía bajo los fármacos y sintió que en ese momento volvía a respirar aire fresco, como lo había hecho cuando abandonó el psiquiátrico.
Y entonces el terror le llegó súbitamente. Porque si los papeles se habían invertido, entonces lo que creía mentira…
(Son reales. Son reales)
Otro trueno retumbó en la lejanía, pero sólo el cazador se percató de este. Frunció el ceño. No tenían tiempo para tanto drama. Y estaba a punto de exclamarlo, pero el ruido repentino de una explosión y el grito aterrado de la joven lo distrajo. Parpadeó un par de veces, creyendo ver un destello azulado; el aroma a vino impregnó su nariz al instante y vio las prendas empapadas de morado de la joven, los trozos de vidrio a su alrededor y su manos, aún en alza, sosteniendo por el pico un tercio de lo que había sido esa botella. Lanzó una maldición, acercándose a Hope y tomándola de los hombros. Sus ojos de fuego se posaron en los de ella, sus amatistas cristalinas brillaban con intensidad y parecían ajenos a las lágrimas que empezaron a fluir silenciosas de ellos.
Sí, te mintieron toda tu vida, niña. Todas las leyendas son ciertas. Demonios, vampiros, licántropos, todo lo que creías fantasía y te asustaba es verdad. No, no estás loca por creerlo. Sí, sé que es fuerte pero lo vas a ir procesando y gritando en el camino…—le dio unas palmadas en el hombro, levantándola con facilidad—, no tenemos tiempo para esto ahora.
No, no es eso— se sinceró la joven—.Temo a los ángeles. Los escuché, cientos de veces, van a destruirlo todo. Están en guerra, Jensen. Y todos vamos a morir en ellas.
El cazador pestañeó confundido, y esbozó una sonrisa de lado, dándole un golpe en la nariz.
Retiro lo dicho. SÍ estás loca —la soltó, dirigiéndose al padre—. Los ángeles no son reales, Hope. Deberías empezar a leer literatura de calidad y dejar la biblia, en serio, te está afectando… Se acercan, Zac. ¿Dónde está la salida?


Zachariah avanzaba por el pasadizo detrás del vitral de la Sagrada Familia de Coello, cerraba la marcha, con el cálido peso de su preciada Priest Glock en su mano y la adrenalina que hacía tiempo no sentía bombeando por su sangre. Delante de él, la cabellera de Hope danzaba graciosamente mientras trataba de seguirle el ritmo al templario, atiborrándolo de preguntas. La preocupación por la muchacha se clavaba en su pecho cuán agujas, sin parar de pensar en que había fallado en protegerla. Lo había jurado ante Dios, fuera de toda orden de los Templarios, por su propia y única voluntad. Para ser justos, luego de ese arrebato, Hope había reaccionado increíblemente bien, mucho mejor de lo que esperaba. A fin de cuentas, su apariencia de cristal sólo era externa, portadora de un alma pura con una férrea voluntad.
Recordó sus primeros días de libertad en Nueva York, abrumada por ese nuevo mundo que se abría a sus pies. Sin recuerdos de los cuales guiarse más allá de la desgracia, sin familia a la cual recurrir, sin siquiera conocimiento de sí misma; tenía en mano todas las peores cartas de la baraja. Principal entretenimiento de la morbosidad curiosa de las mujeres de la iglesia y de las miradas lascivas de los hombres, se había hecho paso entre todos ellos construyendo su propio camino sin manchar la pureza de su alma, sin sucumbir a los tentadores y pecadores vicios. En sus momentos de melancolía, observaba su cuaderno de dibujos en el cual grababa sus pocas memorias, con ese temor justificado de perderlas de nuevo. Se preguntaba sobre su nombre, su infancia, la identidad faltante que hacía un vacío en ella. Y entonces alzaba la mirada, sonriéndole y jurando que ella no se rendiría hasta saber la verdad.
¿Por qué estás protegiéndome, Jensen?
¿No te cansas de preguntar?  Ten cuidado ahí, hay un desnivel y no pienso cargarte por un tobillo doblado.
Creo que merezco saber por qué hay demonios detrás de mí y tengo a Constantine con mi nombre tatuado tratando de salvarme. ¿No crees?
Zachariah sonrió. Le tomó el hombro y Hope lo miró por encima de éste. Estaba relativamente tranquila, había miedo y ansiedad en sus ojos, pero también ese atisbo de esperanza que se había ganado el derecho a portar ese nombre. Fue en ese momento que supo, no sin cierto alivio, que podría superar ese golpe.
Al menos encontraste la excusa perfecta para no ir a la cena.
Así era Hope, constantemente buscando el lado luminoso de la vida.
Los ladridos furiosos disiparon rápidamente esa tranquilidad.
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Re: Red Angels | Priv. Hope.

Mensaje por Jensen Ackles el Jue Ene 14, 2016 11:39 pm

La reacción fue inmediata.
Jensen se despegó del suelo como rechazado por la misma tierra. Tomó del brazo a la muchacha y la obligó a correr.
¡Esos son..!
¡Sí, lo son, corran! —Se apresuró a decir Jensen.
Hope se volteó para ver a la oscuridad a sus espaldas, pero no logró vislumbrar nada.
Jensen se detuvo en el lugar, alzando el cañón de su brillante Beretta. Disparó dos veces a la nada, iluminando el pasillo con los fogonazos del arma.
La muchacha volteó el rostro en su búsqueda, pero sólo pudo distinguir un borrón negro con una estela roja, una postimagen sin bordes definidos. Un instante después Jensen estaba a su lado.
Acababa de cerrar una distancia de veinte metros en un parpadeo. Su velocidad iba más allá de este mundo.
¡¿Qué clase de Iglesia no tiene polvo gufú?! —Se quejó Jensen, mirando con reproche al sacedorte.
Este, percatándose que se refería a él, respondió con una voz igual de alta.
¡Los templarios no pisan mi parroquia desde hace ya diez años! ¡Las armas que ves son las que dejaron!
Jensen chasqueó su lengua y se detuvo. Alzó el cañón de su arma, pero esta vez no disparo.
Hope, como sostenida por brazos invisibles, lo imitó, quedándose a unos metros de él. Observaba su figura, alta e inmóvil, como una estatua viviente.
¡Hope, vamos! ¡Él sabe lo que hace! —La apremió el ordenado, tirando de su hombro.
Sin embargo, no había caso. Ella no se iba a mover de allí. Estaba hipnotizada por la infinita oscuridad frente a ella, por ese vórtice azabache que parecía tragarse la luz para siempre. Sintió un repentino frío en su cuerpo, mientras entreabría los labios.
Allí... no hay nada —Musitó casi por reflejo— Nada nos sigue.
Jensen no le regañó, ni grito para que corriese. Sabía exactamente lo que sentía, porque él haría lo mismo. Ya que no existe mayor cobarde en este mundo, que el que huye a lo desconocido.
Que no puedas verlo, niña —Respondió Jensen. Su arma hizo un sonido de chasquido, como si algo hubiese sido puesto en movimiento— No significa que no exista.
Entonces escuchó los ladridos.
El arma de Jensen de repente se convirtió en la boca de un demonio de fuego, escupiendo proyectiles uno detrás de otro; en un sólo y prologado rugiod.
Las balas impactaron contra carne viva, y provocaron quejidos caninos de dolor. Hope pensó que esas cosas —fuesen lo que fuesen— se encontraban a menos de veinte metros de distancia. La sangre negra manchado el suelo la corrigió.
Estaban a diez.
¡Zac! —Ordenó Jason.
Esta vez, cuando el padre Zachariah tiró de Hope, no encontró resistencia. Volví a perder su porte tranquilo y comprensivo. La irrealidad la invadía una vez más. ¿Perros asesinos que eran invisibles? ¿Cuánto de lo que creía saber de este mundo estaba equivocado?
Jensen descargó el arma, y colocó un nuevo cartucho antes de que terminase de rebotar en el suelo. Disparó a quemarropa frente a sí mismo, dónde podía sentir el aroma a ciénaga y azufre propio de los sabuesos infernales.
El sonido de las balas impactando sobre huesos y el aullido lastimero le indicó que había herido de gravedad a uno. Sin embargo, pocos segundos después sintió el calor infernal y el aliento podrido de las fauces cerca de su rostro. Apenas sí logro levantar su brazo para evitar que el cerbero le arrancase la cara de una mordida.
Cayó de espaldas al suelo, con su arma girando lejos de su alcance. Jensen empezaba a perder terreno, y la caliente y pegajosa saliva mojaba ya su mejilla.
¡Tranquilo, muchacho! ¡Sé... un buen... chico! —Exclamó Jensen, con sus ojos teñidos de rojo.
Entonces, su rostro fue manchado por una gran cantidad de sangre. Tanta, que se vio cegado por unos segundos. Llevó el antebrazo a su cara para quitarse aquel icor espeso como brea.
A sus espaldas, el Padre Zachariah mantenía una resplandeciente Glock Priest en el aire.
Levántate, jovenzuelo —Le ordenó de inmediato.
Jensen, frunciendo el ceño en reproche, dio un salto para quedar erguido
Presumido —Murmuró, dando un examen a sus ropas. Sus ropas estaban teñidas de un rojo muy oscuro— ¡Ah..., hombre! ¡Mira este desastre!
Trato de quitarse el exceso con las manos, escuchando la respiración agónica de los sabuesos a su alrededor.
Zachariah sonrió levemente.
El momento de descanso duró mucho menos de lo que merecían, sin embargo. Más pisadas y aullidos se escuchaban en la oscuridad.
¡Váyanse, yo los contengo! —Gritó Jensen, corriendo a recuperar su pistola.
Esta vez, no cedió terreno hasta que las pisadas estuvieron lejanas.
No iba a poder parar a una jauría de sabuesos infernales por su cuenta. Ni siquiera los que estaban frente a él habían muerto. Sólo podía hacerles suficiente daño para que jamás volviesen a salir de aquel lugar.
Abrió su abrigo, y extrajo dos cilindros de él.
Eran grandes, como un enorme y grueso frisbi metálico. Poseían la forma de un volcán de baja altura, con un diseño en espiral que terminaba en un enorme ojo rojizo.
Jensen suspiró. Odiaba tener que recurrir a armas creadas por otros.
Presionó el botón, y el color rojo fue reemplazado por un enorme número sesenta. Este comenzaba a descender, cuando comenzó a emitir sonidos eléctricos. Descendió a veinte, ascendió a noventa y nueve, y números irreales.
Finalmente, se detuvo en treinta. Y con un sonido de burlón "Tic-Toc", la cuenta regresiva se puso en marcha.
El Cazador soltó la mina como si esta quemase, y se echó a correr.
Hijo de puta —Exclamó a la nada misma.
Quizás el dispositivo, viejo por los años de desuso, estuviese descompuesto. Pero los quinientos mililitros de combustible de dragón en su interior arderían como una enorme granada incendiaria; haciendo arder todo a seiscientos grados Fahrenheit.
Él incluido, si no llegaba a la escalerilla al final.
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Re: Red Angels | Priv. Hope.

Mensaje por Hope Everdeen el Mar Ene 19, 2016 1:18 am

La ventisca helada del estacionamiento reavivó sus pulmones exhaustos, que luchaban por oxígeno. Zachariah la siguió, cerrando la puerta de una patada. En la lejanía, podía oír ladridos que se aproximaban a ellos.
Mier… —ante la mirada sorprendida de la joven y como si en ese momento se percatara del alzacuello blanco rodeando su garganta, tosió y aclaró—: Miércoles. Tenemos que irnos, Hope.
¡Jensen no ha salido! ¡Debemos esperarlo, Zac!
Los ladridos se repetían a su alrededor, cada vez aumentando en su intensidad. Zachariah sacó de su bolsillo unas llaves que lanzó a la muchacha, apuntando a la derecha del estacionamiento.
¡No hay tiempo, Hope! Es un cazador, él sabrá salir de eso. Deberás manejar, yo dispararé, no podré hacer las dos cosas a la vez.
La joven abrió la boca para replicar, pero su voz fue acallada al instante por el sonido de una intensa explosión. Gritó. Mientras las bestias invisibles parecían acercarse cada vez más a ellos. El padre disparó y empujó a Hope para que corriese hacia su auto, del otro lado. El flamante Plymouth 1958 rojo era el único automóvil allí y de todas formas, hubiese resaltado aún con cientos a su alrededor. Era una belleza mecánica que atraía todas las miradas y muchas veces se convertía en la protagonista de las fotografías de turistas y amantes de los clásicos. Hope reconocía que estéticamente era elegante, pero había un detalle que le hacía odiarlo.
¡¿Por qué justo hoy has traído el vejestorio con caja manual?! —abrió la puerta, entrando al asiento del conductor. Sabía manejar, después de dos exámenes, había logrado dar con el registro. Le gustaba bastante, pero como cualquier estadounidense promedio, usaba autos con caja automática. El Plymouth de Zachariah le era una tortura y si bien el padre le había enseñado, aún no lo dominaba por completo.
Zachariah, aún disparando con cerberos corriendo a cercenarlo, no pudo evitar observarla por encima del hombro con su mejor expresión de indignación.
¡Es un Plymouth Fury del 58, un clásico!
Disparó otra vez. Un gemido lastimero aturdió sus tímpanos y Hope parpadeó varias veces, sacando la cabeza por la ventana para verificar que sus ojos no le engañaban. Detrás de ella, donde la bala había disparado, desapareciendo como si entrara a un vórtice, sangre negra y espesa caía desde el aire, en una escena tan irreal que parecía creada por computadora. El portazo le despertó de sus cavilaciones, giró la llave varias veces, escuchando el motor rugir débilmente, yendo en crescendo hasta apagarse en el momento culmine. Los nervios y ansiedad de la muchacha comenzaron a alterarla, golpeando el volante y farfullando con un timbre agudo que apenas podía entenderse.
Hope, ¡mantén presionado el embrague! —el potente aullido del motor silenció por segundos los ladridos. La muchacha retrocedió rápidamente, arrollando los monstruos que celosamente se ocultaban a sus ojos. Se detuvo con brusquedad frente a la puerta de la iglesia, con Zachariah gritándole desesperado, con medio cuerpo fuera del espejo disparando ágilmente.
No vamos a abandonarlo.
¡Van a matarnos, Hope!  
Ella simplemente se mordió el labio, apretando con fuerza el cuero del volante. Fueron segundos, nueve exactamente, que le resultaron exhaustivamente lentos. Y entonces la puerta se abrió y el castaño salió por ella, despeinado, con el rostro cubierto de hollín y cemento, pero indudablemente vivo. Silbó al ver el coche, usando el parachoques para impulsarse y entrar de un salto al vehículo. Fragmentos de vidrio volaron por los alrededores, mientras el joven caía bruscamente en el asiento trasero. Hope notó el dolor en su mejilla, producto de algún vidrio veloz pero ni siquiera reaccionó, presionó el acelerador saliendo por la Collins de allí. El gemido de Zachariah fue instantáneo.
¡Mi Plymouth!
Christine entenderá.
Christine va a matarte.
Yo voy a matarlo.
Y disparó con el ceño fruncido.

Una de las principales quejas de Nueva York es su contaminación, el smog que invade el aire, los carteles luminosos que opacan las estrellas, el sonido constante del claxon incluso a las dos de la madrugada. Rondar por la gran ciudad sin conocer era una tortura, y la primera tarea para sobrevivir allí es aprender qué caminos tomar y cuáles no. Hope doblaba de un lado a otro, chocando con botes de basura y carteles, pasando numerosos semáforos en rojo. Estuvo a punto de impactar varias veces, con Zachariah gritándole para hacerla reaccionar. Al séptimo, respondió estresada e indignada.
¡Aprende a manejar ese vejestorio, mocosa!
¡Es un Plymouth Fury del 58, un clásico!  Y…¡vejestorio eres tú, estaba en amarillo!
Se adentró en callejones y recovecos hasta salir a una zona de suburbios desértica, los coches en el garaje y las luces de los hogares encendidas indicaban el horario de la cena. Los cerberos, incansables, no paraban de perseguirlos, con sus endemoniados ladridos detrás de sus oídos cuán predadores. Los disparos no cesaban y el escándalo era tal que rápidamente alteró a sus habitantes; para ellos, sólo eran un grupo de locos salvajes y drogados con armas de fuego que espantaban a sus mascotas. Jensen no se sorprendió en absoluto en escuchar, con sus sentidos desarrollados, las sirenas policiales en la lejanía.
¿Cuándo van a morir esos perros? —preguntó angustiada—. A este paso vamos a chocar o quedarnos sin gasolina.
No tenemos las armas para matarlos. Nos falta potencia —le contestó el cazador, un hellhound trataba de saltar hacia el parachoques pero le disparó antes, la sangre embarrando el maletero—. Son prácticamente inmortales. Dirígete al 222 de Wallace Street, sigue derecho, pasas las vías y doblas a la izquierda en el primer semáforo.
La joven asintió. Observó la hora exacta en el tablero del auto, faltaban cuatro minutos para las nueve. Sorprendida, sentía que el cansancio de su cuerpo correspondía a horas de persecución, más allá de menos de quince minutos de escapar de esas bestias. Era la única que parecía afectarle esa vorágine explosiva de adrenalina y terror, sus dos acompañantes respondían con una naturalidad asombrosa, como si escapar de criaturas asesinas invisibles fuese rutina del día a día. La cabeza le daba vueltas y no sabía cuánto más podría seguir así, ¿cuántas veces durmió en su cuarto tranquila, mientras demonios terribles atacaban a inocentes víctimas? ¿Los ladridos que oía durante la noche, eran del perro del vecino o de esos seres infernales que querían matarla? Alejó esos pensamientos, con la mente zumbando dolorosamente por el estrés.
Un minuto para las nueve. Los perros debían estar a unos dos metros de distancia aproximadamente, estimando por los ladridos y el lapso entre la explosión del disparo y el aullido lastimero. Pisó el embrague, cambió a sexta y con el acelerador presionando a fondo, los músculos tensionados sobre el volante y la vista atenta, avanzó con el corazón en un frenesí errático. A doscientos metros, las sirenas repiquetearon en un agudo compás. Escuchó el grito de Jensen, vio a Zachariah tratando de abalanzarse sobre ella, la barra impactando contra el coche astillando el parabrisas y la luz que nacía de su izquierda. Una luz refulgente que la hacía estar en una ablepsia argéntea.
En una ínfima fracción de tiempo, ralentizada a sus ojos, pensó en que se había equivocado, que no habían logrado escapar, que detrás de ese fulgor encontraría la paz. Y entonces el impacto la despertó, el Plymouth girando sin control como un navío perdido enfrentando las bravas fauces del mar. Los cuerpos se movían de un lado a otro, chocándose entre sí y con las paredes del estrecho automóvil. Sintió un impacto en su sien, una patada, quizás y lagos de tinta se apoderaron de su nívea visión.
En unas centésimas de segundos o en eones de historia –no podía deducirlo con claridad- la quietud se hizo presente. Su mente nebulosa y confundida trataba de enfocar las manchas borrosas de su visión, y se dejó estar allí, con los músculos clamando agónicos cuando sintió el contacto cálido y rugoso que tiraba de ella. Quería gritar para que no la movieran, decir que sólo quería cerrar los ojos unos segundos, con un cuerpo cuya adrenalina había escapado durante el impacto y sólo sentía el peso plomizo de su carne. Una simple cabeceada, ¿era tanto pedir? Atisbó a ver un destello rojizo y poco a poco las manchas difuminadas adquirieron la forma de un rostro. Abrió y cerró la boca, gorjeando palabras incomprensibles hasta el tercer intento.
Y entonces, en medio de ese caos, su primer pensamiento escapó de sus labios imperioso.
La próxima vez… yo no manejo.
Los ladridos finalmente habían cesado.
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Re: Red Angels | Priv. Hope.

Mensaje por Jensen Ackles el Miér Ene 27, 2016 3:23 am

Jensen, entre gruñidos, pateó la puerta del conductor. Zachriah y Hope ya se encontraban afuera, en peor o mejor condición.
Doscientas cincuenta capillas y tuve que terminar en la del fanático de King —Se quejó, saliendo al exterior.
Su sien sangraba levemente, y sus ropas olían a humo, pero más allá de eso no tenía más que raspones y rasguños.
¿Fanático de quien? —Preguntó Zacariah, volteándose al muchacho.
¿Es broma? —Respondió Jensen, con una voz claramente indignada. Ante su mirada de desconcierto, continuó—. Vamos..., ¿It? ¿Christine? ¿The Shinning? ¿El coche que aparece en más de diez de sus novelas? Lo compraste por eso, ¿no es así? —Zacariah negó levemente con la cabeza, provocando un resoplido de Jensen— Jersey Shore y American Idol están matando a esta nación, lo juro por el Ángel.
Entonces dio unos pasos lejos del auto, y un trozo de pintura cedió por el movimiento. Sólo entonces Zacariah pareció caer en cuenta que ese era su auto, y que esa era la pintura de su auto, que cedía ante el movimiento.
¡Mi bebé...! —Musitó con voz extremadamente dolida, mientras se caía de rodillas frente al rodado.
Jensen lo miró de reojo, empatizando con el sentimiento. Él también quería a su auto como si fuese un hijo.
Respetando el luto, comenzó a caminar hacia ninguna parte.
¡Hey! —Exclamó Hope, corriendo tras él—. Espera.
El Cazador no se detuvo, pero bajo la velocidad.
¡Dije que me esperes! —Volvió a demandar llegando junto a él.
Camina conmigo, niña. No te vendría mal aprender a usar los pies —Se quejó el cazador, recordando los infames giros y los cambios mal sincronizados. La cabeza le comenzaba a latir de nuevo.
¡No fue mi culpa! Era una caja... man... —Comenzaba a defenderse, pero de repente su voz se apagó.
Hope se estaba desvaneciendo.
¡Hey! —Sorprendido, Jensen la tomó por los brazos— ¿Cuánto tiempo llevas mareada?
No necesitaba un médico para ver que había tenido una contusión en la cabeza.
Desde ese ángulo, pudo apreciar con mayor detenimiento el rostro de la esperanza extinguida. Los cabellos fresa formaban un aureola alrededor del rostro, con moretones y leves cortes, con los encendidos del color del atardecer que se puede ver sólo en fotografías hechas por otros, nunca uno mismo.
Por un momento, Jensen pensó en Julieta y el pasaje se recitó en su cabeza. Sólo que Hope no parecía el astro solar, sino todo el cielo con sus largos y coloridos cabellos del color del ocaso.
Sólo... Tengo sed —Murmuró ella, recobrando el equilibrio.
Jensen le extendió una cantimplora. Hope la tomó e hizo una mueca.
¿Por qué sabe tan mal?
Tiene un crucifijo del siglo XVII dentro. Así es como bendecimos el agua los que no estamos ordenados... Tienes vacuna contra el tetanos, ¿no es así? —Bromeó el joven, deteniendo sus pasos.
Pasaron unos segundos en silencio, sólo con los llantos de Zacariah de fondo. Finalmente, ella rompió el silencio.
Agua bendita... demonios... perros fantasmas..., ¿algo más que añadir a la lista de cosas que diré al psiquiatra? Si voy a terminar en un manicomio de nuevo, al menos quiero una buena historia—Preguntó, apoyando la espalda contra un viejo árbol.
¿De nuevo? —Preguntó Jensen—. ¿Ya has estado ahí?
Hope alzó la mirada a sus ojos. Repentimanete, se sentía idiota. Había confundido una charla amistosa con un interrogatorio.

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Re: Red Angels | Priv. Hope.

Mensaje por Hope Everdeen el Vie Ene 29, 2016 7:05 am

Los recuerdos de esos oscuros momentos, como era usual, asaltaron a su mente con una asombrosa facilidad. ¿Qué podría decirle a Jensen? ¿Cómo le explicaría el horror de no poder confiar siquiera en uno mismo? Bebió otro sorbo de agua, el líquido amargo y con aroma a alquitrán le dio unos segundos de preparación para responder.
Hope no contaba su historia, no de buenas a primera. La experiencia hablaba por sí misma. El estigma le perseguía, una y otra vez, cada vez que el tema salía a relucir entre sus conocidos. Cada acción, cada arrebato, sería adjudicado a su estado, a esa etiqueta en remisión al lado de su diagnóstico. Si lloraba, sería una tramitación corporal de la angustia, si enfurecía, habría problemas de sadismo de por medio; si reía, los medicamentos hacían efecto. Toda expresión tenía su justificación clínica, y aquello que anteriormente recaía en la normalidad de una persona adquiría otra coloración bajo el intrincado manto de la psicología.  
Sintió el peso de la mirada café de Jensen. Y una presión recorrió su pecho, porque sabía que frente a Jensen Ackles, ella dejaría de ser una simple muchacha con mala suerte. Encontraría una enferma, con una autonomía ultrajada, y por ende, dejaría de ser mujer para ser una muñeca sin voz ni voto. La independencia por la que tanto luchaba, el reconocimiento de sí misma, sucumbiría con la misma facilidad que un castillo de naipes ante una correntada de aire. Y era inevitable no temer y juzgar al castaño así, porque el estigma trabaja silenciosamente, con la palabra, prácticamente inconsciente en uno. Incluso Zachariah, quien mejor la entendía, internamente se había preguntado si algún cambio de humor no se debía a un efecto colateral de un nuevo medicamento.
Sí, he estado —las palabras salieron lentas y renuentes. Su atención se centró en la cantimplora y la sombra oscura que delataba la cruz en su interior—. No eres el único al que le he contado que escucho a los ángeles ni el primero que me ha llamado loca por eso.
El silencio se hizo de nuevo entre ellos, tan tangible que sentía poder desgarrarlo con alguno de los cuchillos que el templario debía tener dentro de sus ropas. Y se insultó mentalmente por haberse confiado, por dejarse llevar por simples palabras amables a divulgar algo así. Porque aunque ese mundo estuviese dado vuelta, aunque criaturas temibles danzaran por su tierra, escuchar voces debía ser un mal augurio también allí.
Tuve un accidente y eso me provocó amnesia traumática —alzó la mirada desafiante,  buscando alguna expresión en la mirada ajena para rebatirla. Apretando los puños para controlar los nervios y disimular el temor que sentía, continuó—: Ah, eso también lo mencionaste, ¿lees mente o sólo tiendes a meter el dedo en la llaga?
Observó la sangre cayendo de la frente del muchacho y suspiró con cierta resignación, ella no  lo conocía y no podía dolerle lo que pensase, pero era cansino saber qué otra persona más la vería como una enferma. Sacó un pañuelo con dibujos y se acercó para limpiar sus heridas, parándose de puntillas tratando de alcanzar su altura.
No es necesario, niña.
Hope simplemente lo ignoró. Sus amatistas captaban cada detalle del joven frente a ella, tratando de así fijar a fuego su imagen en su mente.  Jensen, a otros ojos, podría parecer simplemente alguien mundano; no se detendrían las personas para verlo, no llamaría la atención dentro de las masas por sus rasgos privilegiados. Pero ella había visto sus proezas, los movimientos que hacía, la habilidad con la que se defendía y apuntaba. Había algo mítico en Jensen, desde el momento en que se presentó de la nada misma, como un ángel rojo que caía de los cielos con su halo divino y destructor. Era esa mezcla, de vida y muerte, que embargaba al castaño como un espectro, y le hacía sentir fascinada y aterrada a la vez de su presencia.
¿Qué fue lo que habías olvidado?
Y su voz la despertó de sus cavilaciones, le hizo recordar que el ángel rojo la miraba expectante, con el fuego celestial encerrado en esos irises. Y notó, sin cierta vergüenza, que hacía tiempo había dejado de sanar su herida y su mano simplemente se apoyaba en su mejilla, apreciando la suavidad de su piel. Recordándole que era real, completamente real. Y que no podía olvidarlo, que no debía sucumbir como su nombre y su historia, con la identidad perdida que aún luchaba por encontrar. Y ese temor está presente, cada día, en cada instante, el miedo a abrir los ojos y que la nada la rodeara con su terrible potestad.
¿Qué olvidé? Quién soy. Y aún sigo sin saberlo —las palabras salieron como un vaho, cargando con todo el dolor de una vida artificial en la simpleza misma de esa frase—. ¿Por qué yo, Jensen? Este encuentro no fue azar, ese tatuaje me dice que estaba destinado. ¿Por qué soy tan importante para que me protejas con tu vida?  ¿Qué quieren ellos de mí?
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Re: Red Angels | Priv. Hope.

Mensaje por Jensen Ackles el Jue Feb 04, 2016 12:14 pm

Jensen soltó una leve risa callada, sin abrir los labios, con una sonrisa perfecta y soberbia.
No dije nada divertido.
Claro que sí, hiciste todas las preguntas incorrectas —Jensen tomó la cantimplora que ella tenía en sus manos, y volcó un poco de agua en su mano— Un muchacho que mata demonios cae del cielo, nos persiguen perros invisibles, y tú preguntas por qué tengo tu nombre en mis nudillos. Es divertido. Ni siquiera te importa saber si has enloquecido.
Llevó su palma a su frente, y limpió la sangre seca.  
Sigues evadiendo mis preguntas.
Es más divertido así —Respondió Jensen, colocando la cantimplora en su cinturón.
Hope se asombro al ver que el corte que había estado limpiando tan cuidadosamente ya no estaba allí.
Tu frente...
Sí, iba a decirte que sano rápido. Pero siempre es agradable ceder a los cuidados de una chica —Jensen la miró con las llamas en sus ojos bailando bajo la menguante luz.
Luego volvió a reír.
¡Basta! ¡Ya te burlaste lo suficiente! ¡Dime que está pasando! —Hope se adelantó hacia el Cazador, hasta el punto dónde tuvo que alzar el rostro y apretar los puños para tratar de intimidarlo.
Jensen estaba lejos de eso, pero sí se enserió momentáneamente, cambiando por completo su expresión mientras se volteaba.
Naranjas y limones —Mencionó simplemente. Hope, al escucharlo, se paralizo— He visto eso antes. Enseñan a la gente a refugiarse en algo, un recuerdo, una canción, a fin de no caer en la locura. Es una manera de recordar dónde se está parado.
¿Cómo sabías...?
Jensen la cayó, y luego posó el índice sobre sus labios, dando dos golpecitos. ¿Había estado murmurando sin darse cuenta?
Ahora, ¿qué pasa si te digo que todo lo que crees es falso, y que vives en un mundo que no conoces? Ni todas las frutas y verduras en el mundo bastarían para mantenerte cuerda. Y me pasé muchos problemas como para que tengas un colapso ahora... —Respondió el cazador. Esperaba que cediera con eso.
Se volteó y empezó a caminar.
Debemos volver con Zacariah, debe estar...
No —Sintió que lo tomaba de la muñeca, y haciendo empleo de toda su fuerza, Hope lo retenía— Ahora tú vas a escucharme.
Jensen, frunciendo el ceño por la sorpresa, se volteó a ella. La familiar sonrisa volvió a dibujarse en sus labios.
Estoy escu...
¡Cállate! —Hope exclamó con una fuerza tal, que sobresaltó al castaño— Tienes razón, caíste del cielo, me salvaste la vida, y estoy agradecida. Pero luego, esos hombres empezaron a escupir ese horrible humo. Y los ladridos en la Iglesia. Y las explosiones. Y las balas. Y todo, todo es tan surreal que no sé dónde termina realidad y empieza la locura. A pesar de todo, confié en que tú sabrías que decir, que me harías sentir segura y tranquila. Es lo único que pedí —Mientras decía eso, clavaba las uñas en la muñeca del Jensen— Así que discúlpame, si me parece relevante sabes por qué me quieren matar. Supongo que los héroes sólo salen en las películas.
Diciendo eso, soltó al cazador y comenzó dirigirse al vehículo. Si él no le respondía, Zacariah lo haría.
Pero entonces, la escena se espejó. Jensen la había tomado de la mano. Sólo que la fuerza de él era mucho mayor, y con un simple tirón, la había volteado por completo. En un instante, se encontraba cara a cara con él, con sus hombros atrapados entre sus manos.
No estás loca. Nunca lo estuviste —Jensen dijo eso, y esperó varios segundos antes de continuar— Cuando digo que no puedo contarte, es porque realmente, no puedo hacerlo. Sé que intentas entenderlo todo, pero por ahora, necesito que tengas fe en mí.
Jensen hizo una pausa para tragar saliva, y mordió en un gesto de nerviosismo su labio inferior. Era extraño que se sintiese de esa forma; pero había algo en ella, en la que él llamaba niña, que lo hacía preocuparse por su seguridad. Temía que la palabra incorrecta en el momento incorrecto fuera demasiado.
Nunca se había preocupado tanto por alguien que acababa de conocer.
Puedo decirte que en este mundo existen demonios, y que los que son como yo los cazan para proteger a las personas normales, como tú. También puedo contarte que descendemos de ángeles, pero que nadie los ha visto hace más de mil años, aunque muchos los consideran un mito. Así como puedo teorizar que el hecho que los puedas escuchar es algo que nunca antes he visto, y que tal vez sea el motivo por el cual te buscan —Jensen tomó el rostro de ella en sus manos, dándole unas ligeras palmadas en la mejilla— Si tu cabeza empieza a dar vueltas ahora, no me culpes. Y nosotros somos mejores que los héroes de las películas.
Con esas palabras la soltó, y ya no sonreía, pero su expresión parecía tener aun el fantasma burlón de las risas. Hope comprendió, pronto, que Jensen siempre parecía estar hablando en serio, y siempre parecía estar bromeando.
Había algo en su voz que resultaba tranquilizador.
¿Y tú? —Preguntó sin darse cuenta.
¿Yo qué?
¿Tú crees en los ángeles?
Jensen calló varios segundos, como quien escucha algo que le incomoda.
Sigues haciendo las preguntas equivocadas —Respondió finalmente.
Entonces caminaron hacia el viejo Plymouth. Esta vez, nadie detuvo a nadie.



Zacariah estaba sentado en el capó, con las manos en su cabeza.
Estoy muy viejo para esto.
Jensen, con los brazos cruzados a su lado, fingió estar mirando al cielo.
Aun así, te moviste bastante bien allá atrás, anciano. Para ser un lamebotas del obispo.
Zac bajó las manos, y se volteó a Jensen. Este parpadeó, sorprendido por la determinación en los ojos del ordenado.
Le rompí la nariz al obispo porque me dijo que cerraría mi iglesia, a menos tirase ese montón de armas en el sótano. El mismo montón de chatarra que nos trajo hasta aquí, después de que destrozaras mi coche —Hope, en ese momento, llevó las manos a su espalda, pensando que era su turno. Sin embargo, Zacariah siguió mirando al cazador. A sus ojos, él sólo tenía la culpa— No pruebes mi paciencia, templario.
Jensen silbó suavemente.
Entre más te conozco, mejor me caes. Debes haber sido un animal en las fiestas —Dijo el muchacho, con una media sonrisa.
¿Qué haremos ahora? —Preguntó Hope, ya sin poder aguantarse la ansiedad— No creo que podamos llamar a la policía.
Puedes hacerlo, si extrañas el loquero —Jensen sacó su celular, un modelo que Hope nunca antes había visto, y consultó una aplicación parecida a un mapa— Hay una casa segura a unas diez cuadras de aquí. Descansaremos allí mientras contacto al Temple para que nos recoja.
Zacariah se bajó del capó.
Bien, suban, los llevaré hasta ahí y...
Jensen lo detuvo con un ademán.
Nada de eso. Ese auto está marcado. Si yo puedo sentir el perfume de Hope y su sudor en el volante, esos sabuesos también pueden. Debemos usarlo para nuestra ventaja.
Hope se incomodó al pensar que podía sentir a lo que olía con tanta facilidad.
Nosotros iremos a la casa segura. Tú, Zac, llevarás este auto al otro lado de la ciudad, y le ahorrarás a la muchacha tener que tirar todas sus ropas y ponerse otras nuevas.
¿Qué?
¿Qué?
Jensen lo miró a los ambos, viéndose superado en número. Finalmente, se fijó en Hope.
Si quieres quitarte la ropa aquí mismo, bien por mí, no es algo de lo que vaya a quejarme.
Idiota.
Jensen guiñó un ojo.
Zacariah, ajeno a la pelea, suspiró profundamente.
Si es lo que necesitas para que ella esté a salvo, lo haré...
¿Qué? Zacariah, no se lo permitiré. Esos perros lo matarán.
De hecho, sólo te buscan a ti. Cuando vean que no estás en el auto, se voltearán e irán a otra parte. No piensan por sí mismos, y sólo siguen a un objetivo a la vez. —Jensen interrumpió.
Hope, buscando otro motivo para que no la dejase sola, continuó.
¿Y los demonios? Ellos pueden tratar de hacerte daño para llegar a mí, y yo no podría...
Hope, quizá parezca un viejo a tus ojos, y lo soy. Pero puedo cuidarme solo —El sacerdote posó su mano en sus cabellos— Tú sólo haz lo que Jensen diga, y cuidate mucho, ¿sí?
Hope se negaba a aceptarlo. Recordar las atrocidades de esa noche, y pensar que Zacariah se hundiría en la boca del lobo por ella, era demasiado. Sintió que sus ojos ardían.
Te esperaré allá —Le dijo Jensen, mientras acercaba algo a Zacariah. Hope pudo ver que era un cartucho de pistola— Espero que no las necesite.
Y con un asentimiento mutuo entre ellos, que parecía tan impropio de ambos como adecuado para la situación, se alejó.
La pelirrosa abrazó a Zacariah, al darse cuenta que nada de lo que dijera lo detendría. Al hacerlo, notó que sus uñas estaban manchadas de sangre.
La sangre de Jensen. Y él ni siquiera se había quejado.
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Mensaje por Hope Everdeen el Sáb Feb 13, 2016 4:06 pm

Hope miró al cazador arqueando una ceja. El choque probablemente le habría causado una contusión que explicase su pérdida de lógica.
¿Este es el refugio del temple? No quiero parecer desagradecida, pero es...decepcionante.
El muchacho esbozó una sonrisa divertida. Frente a los ojos amatistas, se exhibía una construcción abandonada de un edificio. Todo era tierra, montañas de arena y herramientas oxidadas. Ni siquiera existía cemento, sólo el esqueleto de hierro de lo que en algún momento, hubiese sido el hogar de centenas de personas. Pero hacía tiempo que debía haber terminado, el cartel de la construcción mostraba una imagen de un acogedor departamento, con el plazo de finalización a Junio del 2012.
Era ese tipo de lugares que se conocían pero simplemente se ignoraban al no tener utilidad ninguna. Ni siquiera los adolescentes del barrio se acercarían a éste para fumar marihuana, la ausencia de paredes lo convertía en el peor de los escondites.
Y Hope coincidía totalmente con ellos.
Presta atención en un punto fijo, niña. Los mundanos tienden a quedarse con la primera imagen que reciben, esfuérzate, ve más allá.
Ella obedeció, sintiéndose estúpida mientras entrecerraba los ojos, centrándose en una desvencijada bota embarrada sin compañera sobre un montículo. Confiaba en su visión, la cual por ahora no le había fallado. Eran sus oídos el problema, escuchando voces que nadie más podía oír. Y aún así, cuando estuvo a punto de desistir y reprochar a Jensen por esa mala broma, lanzó una exclamación.
Como si fuesen post imágenes irreales interponiéndose unas con otras, una casa antigua surgió de la nada. La tierra muerta se había cubierto de verde, pastos largos y árboles recorrían el camino de entrada al porche. Las enredaderas continuaban su camino, cubriendo tres cuartos del frente, fiel reflejo de la naturaleza reclamando su reinado. Era una casona antigua y cuadrada, hecha de cemento grisáceo y resistente, de aquellas que verías en pie aún cuando pasase un tornado.
Si prestaba atención, podía ver trazos rojos por debajo de la hierba y algunos símbolos extraños típicos de rituales satánicos, pintados con aerosol, que cubrían el único sector libre de vegetación. Se repetían en la puerta y las ventanas y Hope se preguntó cómo era posible que algo tan llamativo hubiese pasado desapercibido a sus ojos.
Jensen, como si hubiese leído su mente, acotó:
Glamour. La razón por la que los mundis siguen siendo felizmente ignorantes. Camufla la apariencia y sostiene el velo de lo sobrenatural.
¿Para eso son los símbolos macabros?
No, esos previenen el refugio de demonios y otros monstruos— disfrutando del tema de conversación, señaló un pentagrama circular, con llamas a su alrededor—. Y esa, es la marca de Salomón, todos los templarios la llevamos tatuada. Mejora nuestras habilidades y nos da ciertos extras efectivos a la hora de enfrentarnos a monstruos. La compulsión de los vampiros no funciona con nosotros, tampoco la telekinesis de los brujos, por ejemplo.
Hope absorbió la información con rapidez, dispuesta a conocer todo de ese nuevo mundo. Si alguien horas antes le hablase de brujos o vampiros, probablemente le hubiese recomendado a su psiquiatra. Pero ahora todo parecía tan normal, tan natural que le asustaba esa aceptación tan rápida de lo sobrenatural.
Prefirió restarle importancia y dar su voto de fe en Jensen.
El refugio por dentro parecía una casa común y corriente, aunque en el techo del living había un heptagrama con símbolos elaborados y un escorpión en el centro. Hope lo observó con una mezcla de fascinación artística por los detalles y temor, mientras se adentraba a ese lugar. Una fina capa de polvo cubría todos los muebles, y manchas de sangre seca, oscura y rojiza, decoraba el suelo de madera.
Pensó que estar en un bunker anti demonios le haría sentir más segura. Pero su corazón palpitaba desbocado y una presión en el pecho le llenaba de angustia.
¿Hope, estás bien?
Bajo esas orbes llameantes, la muchacha parecía un gato asustado, que desfallecería en cualquier momento. Sus amatistas, abiertos de par en par, miraban de un lado a otro, comprobando una y otra vez que no había nadie dispuesto a matarla en ese momento. La palidez enfermiza de su tez, su pecho que subía y bajaba con rapidez. El estrés hacía mecha en ella, consumiendo todo acopio de energía que le quedaba.
No es nada, aún me cuesta procesar todo…esto. Sólo necesito ir al baño.
Se alejó de allí con pasos torpes, con la mirada de Jensen clavada en la espalda. Pasado el fervor de la batalla y cuando la adrenalina desaparecía del cuerpo tan rápidamente como surgió, era natural que todo ese caos derrumbase el espíritu. Un ataque de pánico, pensaría el cazador. Algo tan mundano que no requería de sus servicios.
Hope avanzó por los pasillos estrechos, simplemente por inercia.
Algo no estaba bien en ese refugio. No sabía qué, ni tampoco cómo. Pero percibía ese completo y homogéneo mal.
Bajó las escaleras, entrando al sótano. Bajo el tenue resplandor lechoso del foco, allí sólo había cajas llenas de basura, góndolas de alimentos no perecederos, suciedad y humedad. Empezó a hacerse paso, lanzando los objetos a un costado con descuido y, cuando quitó un arruinado librero mohoso, dio con una pesada puerta corrediza de metal, de varios centímetros de espesor. El mismo símbolo que Jensen le había señalado antes, sólo que sin llamas, parecía brillar en esa semioscuridad.
Quizás fuese un depósito de armas, al igual que la Iglesia contaba con uno. Pero lo primero que la recibió fue el aroma a pestilencia, sangre y carne podrida.
En medio de un elaborado pentagrama, flotando a unos centímetros del suelo, una persona semidesnuda colgaba de unas cadenas de acero. Sangre seca y coagulada teñía su piel, pero lo impactante era la carne despellejada de su rostro deformado. Varias lámparas de aceite aportaban a la ilumnación, creando en ese fulgor ámbar sombras macabras sobre ésta.
En otras circunstancias, Hope hubiese gritado pidiendo ayuda, corriendo a desatar a ese pobre alma.
Pero los ojos completamente negros, como madriguera de conejo, la detuvieron en seco.
¿Asustada?
El demonio rió con sorna.
Vamos, no seas tan callada. Hace días que ese maldito templario no vuelve, espero que le hayan desgarrado las tripas. Pero es mortalmente aburrido estar sin hacer nada aquí.
La muchacha retrocedió, dispuesta a irse de allí.
Hope, ¿te vas a ir así sin más? Decepcionante.
¿Cómo sabes mi nombre?
¿En serio? ¡Todo el maldito averno sabe de ti! —la miró sorprendido, como si esperase que ella le estuviese tomando una broma. Pestañeó un par de veces y explotó en risas—. ¡No puedo creerlo! ¡Aún no lo sabes!
¿Qué es lo que no sé? ¡Responde!
El infernal, regodeándose del desconcierto ajeno, sonrió con malicia. Y en su rostro desfigurado, daba un aspecto terrorífico.
¿Por qué te lo diría? ¿Qué gano a cambio?
La muchacha apretó los puños y se mordió el labio irritada.
¡Ni siquiera sabes qué decir! ¡Eres patética! ¿Qué vas a hacerme? ¿Prepararme el café frío?
[b]¡Ya basta!

Si estás aquí, debe haberte encontrado algún templario. Ya lo imagino, engañado por esa apariencia de niña indefensa. Estúpido, si supiera lo que eres te pegaría un tiro en la frente.
La pelirroja contuvo la respiración, desconcertada e hipnotizada por tales palabras. No podía ver más allá de ese demonio, no oía más que aquella risa estrambótica. Si supiera lo que eres. Su mayor temor salía a la luz, esa falta de identidad, ese desconocimiento de sí misma. Miró detrás de sí, rogando que el castaño no apareciese, que no oyese eso. ¿La castigaría por algo que ni siquiera recordaba? ¿Estaría tan seguro de protegerla si supiese la verdad? Esa que ni siquiera ella sabía.
¿A qué te refieres?
El demonio no respondió, la miraba burlón, con una sonrisa de oreja a oreja, la carne al rojo vivo de su lado derecho tirante como un elástico. Su cuerpo se balanceaba de un lado a otro, disfrutando del enojo de la joven.
¡Dime!
Pero seguía sin responderle.
Y eso le hervía la sangre. La cabeza le palpitaba dolorosamente y podía verlo, cómo esos ojos negros la conocían mejor que sí misma. Él tenía la respuesta que tanto buscaba desde hacía años, la llave a ese pasado que le fue vetado. Por unos segundos, olvidó que era un demonio y su mente retorcida. Avanzó hacia él segura y golpeó con sus puños su pecho, una y otra vez.
¡Habla de una vez!
Lágrimas de desesperación e ira brotaron de la fémina. Lo golpeó con más fuerza, gritando para que cediese. Enfrascada en conseguir finalmente esa pieza faltante de sí, no se percató de la lámpara que caía al suelo ni del pequeño fuego que quemaba un borde del pentagrama. Una pequeña marca, un simple error, lo suficiente para que pudiese romper las cadenas que lo apresaban de un tirón.
Cayó al suelo de pie y sin darle tiempo de reacción a la joven, la tomó del cuello con una mano, levantándola sin dificultad para que su rostro quedara a su altura.
Los pies de la joven se removían desesperados, pateaban en vano por escapar. Las uñas del infernal se clavaron en su garganta, haciéndole sangrar.
Con la mano libre, acarició esa tersa piel, tan ajena a la suya. Sintió el deseo frenético de desgarrarla, arruinar esa perfección hasta hacerla irreconocible pero se contuvo, simplemente haciendole un corte con la uña del índice.
Se acercó a ella, lamiendo la sangre de su pómulo y suspirando ante su gemido asustado.
Tranquila, en ningún momento buscamos matarte —susurró a su oído—. Eres importante, tenemos mejores planes para ti.
Un escalofrío recorrió la médula espinal de la joven. Jamás se había tratado de un intento de asesinato.
Era un secuestro.


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