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Ha estallado la Segunda Gran Guerra del Cielo, los ángeles fieles a los ideales divinos y al Arcángel Michael han entablado una lucha abierta con los caídos, bajo el mando de un misterioso serafín que volvió de la muerte, con el poder de una legión en sus manos, quien promulga a favor del libre albedrío para tomar sus propias decisiones, tal y como lo hacen los humanos. Los demonios toman cartas en el asunto, cerrando tratos con el bando de rebeldes con el fin de eliminar la supremacía del Cielo, y tener derecho a caminar sobre la tierra. New York ha sido escogido como Armageddon, y las visperas de la batalla final se leen en escaramuzas y luchas menores.
Mientras tanto, en New Orleans, los vampiros han logrado un poderío sin igual sobre la ciudad. Los rumores de que el Regente del Infierno ha tenido algo que ver corren en el plano sobrenatural, mientras los Blazers, los Cazadores descendientes del Rey Arturo Pendragon buscan darle un freno a sus actividades.
Es una verdadera pena que los Templarios, la primera raza de Cazadores, jamás hayan llegado a un acuerdo con sus colegas. A pesar de que no ha habido declaración de guerra entre ellos, la aparición de una nueva reliquia divina, contenedora de poderes sin igual, tienta a ambos bandos. Sin embargo, los Templarios tienen las manos llenas tratando de domar a las implacables manadas de licantropos en San Francisco, cuyo nuevo líder parece ser un fanático de las batallas.
No hay tiempo ni recursos para vigilar a los ingeniosos brujos que aparecen de vez en cuando en los casinos de Las Vegas, haciendo uso de sus facultades para llevarse dinero fácil. Esto no es más que una fachada, por supuesto, ya que el Aquelarre de Lilith ha estado pactando con demonios mayores para invocar al Primer Demonio.
En el mundo de Wayward Son, los conflictos, batallas, traiciones y la guerra parecen haber inundado cada estado del país de las oportunidades. Los tiempos de paz han llegado a su fin, ¡elige tu bando sabiamente, y bañate de la gloria de la victoria, o perece en el olvido de la historia!
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Wayward Son y su historia es una creación original del Staff, fuertemente influenciada por series y novelas de género sobrenatural, destacando la saga The Mortal Instruments de Cassandra Clare, y las series de televisión Supernatural de Erick Kripke, y The Vampire Diaries y The Originals de Julie Plec. Las imágenes utilizadas han sido tomadas de portales como Devianart, Zerochan, Pixiv y We❤It, y pertenecen a sus respectivos autores. Agradecimientos a Rose de Glintz por el elegante trabajo de su skin y su asistencia, a Veeneli por sus códigos y tablillas tan atractivas, así como a Mizuki por su bello tablón de anuncios.
credits

—FLECTERE SI NEQUEO SUPEROS, ACHERONTA MOVEBO

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—FLECTERE SI NEQUEO SUPEROS, ACHERONTA MOVEBO

Mensaje por Keira B. Evansglow el Lun Ago 24, 2015 1:07 am



Keira Blair Evansglow


“Flectere si necheo superos, Acheronta movebo”



Templario/Demonios | 19 años | Heterosexual | Femenino | Escocesa

ABOUT ME

Keira es el típico arquetipo de cazador: inteligente, audaz, arrogante y con una increíble capacidad de mantener la calma. No oculta quién es y aquel que busque ver más allá de su faceta de guerrera se llevará una gran decepción. Porque no existe otra máscara, Keira es simplemente eso: una cazadora.
Centrada y dedicada, encuentra placer en matar demonios. Es el único estilo de vida que conoció y no tiene interés en conocer otro. Tiene plena confianza en sus habilidades físicas y se siente orgullosa de su trabajo; en batalla es arrogante y en otros ámbitos su cruda sinceridad es confundida con soberbia.
Keira es una persona que carece totalmente de sutileza. Las cosas son como son y ella las dirá sin más, acompañando sus palabras con una tranquila expresión en su rostro. Aun así, sería erróneo considerarla como una persona honesta, miente con naturalidad cuando lo necesita y muchas veces oculta sus verdaderas intenciones siendo muy buena actriz para ello.
Para Keira el fin justifica los medios y mientras más criaturas sobrenaturales pueda matar – y más personas salvar – todo método utilizado es válido, incluso aunque haya pérdidas de por medio. Podría catalogarse de insensible y frívola por su pensamiento tan práctico pero el sacrificio está totalmente naturalizado por los Evansglow, desde que nacen están destinados a ese fatídico final. Y consideran que los otros también pueden hacerlo tan fácilmente como ellos.
No le gusta trabajar en equipo, pero cuando lo hace es leal a sus compañeros cazadores y tratará de lograr que todos sobrevivan... o al menos que sus muertes no sean en vano. Aún así, priorizará su vida por encima de las de los demás y sus razones, más que egoístas, serán objetivas. Si puede matar más demonios o bestias que otro, entonces es más importante, lisa y llanamente. A pesar de su personalidad narcisista, es totalmente devota a su familia y buscará siempre lo mejor para ellos.
Contrario a lo que puede pensarse, Keira disfruta de la maldición de Tiamat y considera su muerte un precio justo a pagar por ella. Se ha negado la posibilidad de morir hasta no matar a Tiamat y deshacer la maldición. ¿La razón? Se lo prometió a sus hermanos menores y para ella, como para todo Cazador Templario, las promesas son inquebrantables. Hay que cumplirlas, no importa cómo, los riesgos o el sacrificio, no hacerlas sería la peor deshonra posible.
Es difícil provocar enojo en esta muchacha, ya que suele responder a las agresiones con indiferencia o dándole una rápida paliza al adversario. Es competitiva y orgullosa, odia perder en aquello en lo que se considera buena y se irrita fácilmente si eso ocurre, enojándose de forma exagerada y hasta infantil. Terca en sus ideas, las mantendrá y discutirá hasta el hartazgo siendo muy complicado que pueda cambiar de opinión aunque reconoce sus errores y sabe escuchar a aquellos que cree que saben más que ella en X aspecto.
Sus increíbles habilidades sólo abarcan lo físico, su personalidad tan complicada y su sinceridad la hacen fracasar en el ámbito social, hasta el punto en que muchas veces se la ha tildado de sociópata aunque ella simplemente se adjudica que es pésima para las relaciones y que no necesita nada más que a sus hermanos.



MY LOOK

A simple vista se la puede observar como una muchacha de apariencia agradable al ojo ajeno, de facciones delicadas, nariz respingada y suaves mejillas de un saludable tono rosado. Sus ojos del color del fuego decorados por una espesa hilera de pestañas son grandes, cautivadores, expresivos y con un brillo peculiar. Al igual que el resto de su rostro pequeño, sus labios son chicos y finos, de contornos marcados. Su tez es pálida pero no al extremo de considerarse albino, más bien podría definirse como caucásico. Luce una cabellera rebelde, lacia y brillante, de un agradable color rosa.
Su cuerpo es pequeño, rápido y atlético, con músculos en sus abdominales, piernas y brazos aunque no sean visiblemente notorios. Su piel es suave, desprende un exquisito aroma dulzón y luce con orgullo las cicatrices de sus batallas, sus curvas son definidas y armónicas: pechos redondeados, firmes y del tamaño ideal, cintura estrecha y largas piernas. Es innegable negar su belleza aunque ella no hace uso de ella y no parece interesarle.
A la altura de los huesos de su cadera, del lado derecho presenta el tatuaje anti-posesión, común en la mayoría de los Templarios, que consiste en una estrella de cinco puntas rodeada por fuego. No tiene otros tatuajes aunque en su muñeca tiene la marca de la Maldición de Tiamat, tres triángulos invertidos, unidos en uno solo, que se oscurecen y crece a medida que asesine a más demonios o cualquier criatura relacionada con el infierno.
Sus vestimentas son variadas dependiendo de la situación. Como la mayoría de los cazadores suele usar prendas de cuero, oscuras, ajustadas y flexibles para la cacería. En otros ámbitos su estilo puede variar, priorizando más que nada la comodidad y evitando la ostentación. Consigo no lleva muchos accesorios, solamente un collar de oro con un pequeño rubí que tiene incrustado el logo de la familia Evansglow y una delicado brazalete de oro con una inscripción en latín de plata: “Flectere si nequeo superos, acheronta movebo”.





PAST



1
La plegaria del condenado.

“Flectere si nequeo superos, Acheronta movebo”.
Si no puedo persuadir a los dioses del cielo, moveré a los del infierno - Virgilio.

>> Sólo el cielo es testigo de la sangre derramada de los guerreros, de los ríos escarlatas que surcaron por la tierra cientos de años atrás. Los hijos de la estrella matutina se bañaron en carmesí y danzaron sobre la montaña de cuerpos que su devastación alcanzó.
Fueron tiempos oscuros en el que el final se sentía cada vez más próximo, donde uno dormía durante las noches temiendo despertarse con el fuego abrasador que convertiría todo en cenizas. Y en medio de la destrucción, las plegarias de los condenados fueron escuchadas.
Surgimos de las cenizas y volveremos a ellas. La literatura lo dice, no somos más que eso: polvo, más polvo enamorado. Seres con pasiones, con ideales y son éstos los que nos lleva a luchar hasta el final tratando de alargar ese destino fatal.
En esta terrible época, surge el nombre de John Evansglow. Una figura que marcó el destino de todo un linaje y los obligó a cargar su cruz. Evansglow sólo tenía una palabra para describirse: “cazador”. Descendiente de cuatro generaciones de cazadores, encontraba su razón de vida en el filo de su espada tiñéndose de icor, en los cadáveres de demonios apilados a su alrededor; en la lucha y el sacrificio por un bien mayor.
La historia de John Evansglow perduró aún después de su pronta muerte, fue transmitida de generación en generación, tergiversándose hasta el punto de perderse la leyenda original. Todas las versiones coinciden en un invierno gélido que azotó las Tierras Altas de Escocia en 1802. La expedición de John llegaba a su fatídico fin, con su campaña destruida y sus compañeros muertos, el gran cazador recorrió el camino de cadáveres hasta yacer a orillas de lago. Moribundo, exclamó con fervor a los cielos que lo ayudaran, él quien era un fiel servidor esperaba ser salvado por su ardua devoción. Oró por horas a todos los santos habidos y por haber y cuando su fe parecía extinguirse con un último latido, sus plegarias fueron escuchadas.
El lago congelado se partió en dos y una imponente figura surgió de él. Alta y hermosa, su piel de porcelana era del color de la nieve y sus cabellos de fuego serpenteaban sobre su cabeza. La bella mujer se acercó al Cazador delicadamente y con un cañón apuntando su frente, alabó la dedicación del guerrero. Admirada por su valía, le ofrecía la salvación que él tanto deseaba y a cambio de su alma, le daría la fuerza para convertirse en el cazador más fuerte de la historia.
“Recompenso tu devoción, Cazador. Oí tus rezos y respondo por ellos. He aquí mi regalo: serás salvado. Bañado serás por la luz de la gloria y en ella tú y tu sangre encontrarán la supervivencia. Bendecidos por la suerte de los dioses, superarán al resto y se convertirán en los mejores cazadores que hayan pisado esta joven tierra. Pero todo regalo implica un sacrificio, Cazador. Y por cada gota de sangre derramada, Láquesis acortará las hebras que te sostienen a ti y a los tuyos y se acercarán más a los brazos de Átropos. Cédeme tu alma, John Evansglow. Y haz historia. ”
El Cazador bajó su arma y miró al demonio sin miedo. Su fiera mirada y su respuesta segura se alejaban a las de un hombre moribundo. La demonio jugueteó con los labios del Cazador deleitándose con el sabor prohibido de esa poderosa alma. Y en la muñeca de éste, una marca negro quemó su piel con fuego.
Y John Evansglow hizo historia. <<


2
La Muerte Roja.

La sangre era su emblema y su sello, el rojo horror de la sangre. – Edgar Allan Poe.

El encargo de ese día era de vital importancia, el trabajo más peligroso y transcendental que había realizado alguna vez Stanley Paterson. Podía encontrar fácilmente la razón de su existencia allí, en ese momento que quedaría cristalizado por siempre en su mente. El traqueteo del camión blindado, la oscuridad de la parte trasera de éste, el peso de su escopeta en mano; todo detalle parecía estar hecho a su medida y le inspiraba tranquilidad. Era curioso, pensó Stanley, si alguien le hubiera dicho horas antes que él estaría tan relajado en una misión de tal envergadura, probablemente se habría reído en su cara con sorna. Y allí estaba, como si cada elemento de esa simple escena hubiera sido construido especialmente para él, exactamente a su medida.
Stanley Paterson se sintió feliz. Hacía tiempo que no tenía una sensación igual, recordaba un suceso de su dulce infancia, cuando era un niño y su padre le había regalado una pistola de juguete para que sea “un policía igual que él” y su sonrisa se ensanchó tanto que su madre decía que podía ver el sol ocultarse en ella. Sonrió con un cierto deje de ironía, si tan sólo su padre supiera lo que estaba haciendo…
Escuchó un llanto y frunció el ceño molesto. Se volteó hacia dónde provenía, apretando el arma y conteniendo el impulso de dispararle allí mismo a la joven que lloraba frente a él. Era una de las seis que tenía en total allí, todas atadas de manos y pies, con un pañuelo rojo que tapaba sus ojos; la remera naranja de un cocodrilo le indicó que era la que había secuestrado en un partido de los Gators de Florida, en el estadio de Miami.
—¡Ya cállate! —gritó embravecido—¡Has interrumpido mis recuerdos, maldita perra! —escupió a la joven y ésta chilló con más escándalo. Sus compañeras gimotearon asustadas.
Alzó el arma, la vena de su sien temblando con furia y sus dedos debatiéndose entre presionar o no el gatillo.
—Debería haberlas drogado a todas, son tan chillonas —se movió de un lado a otro, la escopeta apuntando a la chica de los Gators—. ¡Tranquilízate Stanley! Podrías matarla y buscar a otra… sí… callarla de una vez y encontrar a una mejor… pero no tienes tiempo, maldita sea, ¡maldita sea!
Su compañera de al lado se interpuso entre ella y la escopeta, como si pudiera deducir aún en la ceguera que Stanley le estaba apuntando. Se acercó más a ella hasta que el cañón presionó su frente y esperó con ansias un grito ahogado, un cambio en la respiración o gotas de sudor, cualquier expresión del miedo natural del ser humano cuando está a un paso de la muerte. Pero nada de ello apareció. La joven se mantenía inescrutable, mirando al frente sin ver realmente, con una respiración tan tranquila como si estuviera en un simple juego. Stanley sonrió, sus labios se ensancharon hacia arriba macabramente, un gesto tan horrible que ni siquiera el Sol podría iluminar.
—Me caes bien, no eres una llorona como las otras. ¡Ya cállense o las mato! — exclamó con furia. Sus prisioneras mantuvieron el mayor silencio posible, tratando desesperadas de poder controlar la respiración agitada. Observó a la chica frente a él con sus labios pintados de un intenso carmesí que le recordaba a la sangre, y deseó tenerlos para él. Recordando el viaje, era la única que se había mantenido en silencio todo el trayecto, lo que para Stanley equivalía a una buena acompañante. Era fuerte, con personalidad, le podía concebir una identidad y eso le atraía de sobremanera. Stanley Paterson quería destruir a la chica de los labios color sangre, despojarla de toda humanidad existente, vulnerarla de maneras inimaginables y reducirla a una cosa en la que no pudiera siquiera reconocerse a sí misma. Se la imaginó desnuda, su piel suave como la seda y de un blanco lechoso, pensó en lo que sería estar dentro de ella, deleitándose con sus gritos de misericordia rogando que parara y él asestando con más fuerza. Excitante, sumamente excitante.
La camioneta dobló con rapidez y detrás todos perdieron el equilibrio, Stanley se balanceó, las prisioneras cayeron al suelo y fue en ese instante en que pudo distinguir el collar de oro con un rubí que colgaba del cuello de la chica de labios pintados. Recordó la primera vez que lo había visto en un hotel de mala muerte al borde de la I-9SO y entonces lo notó: era la chica que prácticamente se le había tirado encima en el lobby, deseosa de que la llevara a Orlando. No había pensado en un primer momento de secuestrarla, le habían pedido sólo cinco pero la muchacha estaba tan emocionada con ir de viaje en carretera con él, tan deseosa de morir, que pensó que una sexta le daría un mayor crédito y privilegios, siendo estas las únicas razones por lo que ahora estuviera allí pasando por ese calvario. Se dio asco a sí mismo por haber sentido cierta atracción hacia la chica y ni bien ella apenas pudo arrodillarse, le dio un fuerte culatazo en la sien con la escopeta.
—¡Puta! Odio a las putas —exclamó con ira, no podía creer que por unos momentos deseó poseer a esa abominación—. Tú no eres valiente, sólo una puta idiota, sí, una puta idiota y suicida.
Le golpeó de nuevo y la chica de labios pintados, la puta idiota y suicida ahora, tosió escupiendo sangre. Podía fácilmente deducir el enorme moretón que se formaría en su mandíbula y mejillas, allí donde le había golpeado. Le apuntó con la escopeta, pensando que matarla sería lo mejor en esa situación, ella estaba de espaldas tratando de incorporarse lentamente, aún sin emitir ninguna palabra o queja y estuvo a punto de presionar el gatillo cuando distinguió la sonrisa maliciosa que hizo. ¿Acaso lo estaba provocando? ¡Ramera! ¡Realmente deseaba morir! Stanley le devolvió la sonrisa, alzando su arma: no pensaba darle el gusto tan rápidamente.
—Estamos llegando, Stanley. Prepara las bolsas de sangre. —Las palabras del conductor y la camioneta desacelerando lo distrajeron de su línea de pensamiento.
¬—Arriba todas, ¡no se atrevan a desobedecerme o rogarán estar muertas!
Desató las sogas que amarraban sus piernas, al tiempo que cuando abrió las puertas de la parte trasera de la camioneta, ya dos hombres en traje negro y corbata escarlata estaban esperándolo. Stanley no podía verlos pero sabía tranquilamente que cargaban con un revólver escondido entre sus ropas y habría en los techos francotiradores apuntándole la frente.
Stanley se alabó mentalmente de haber vendado a las mujeres, de lo contrario se asustarían al ver el espectáculo que se desarrollaba en el interior de la mansión a la cual las estaban guiando. Gente hermosa y elegante charlaba unas con otras, bailaban y se besaban, todas bebiendo un espeso líquido carmín en copas de plata. Los meseros caminaban de un lado a otro con la mirada perdida, cortándose las muñecas y sirviendo las copas cada vez que alguna de esas bellas criaturas se lo ordenaba. Stanley los admiró hipnotizado: la majestuosidad de esas bestias era de lo más atrayente, delicadas y sublimes, pero tan sanguinarias y poderosas como un monstruo. Admiraba esas dos caretas de un mismo predador, esa que le permitía atraer a sus víctimas y la otra que le daba la capacidad de romperle la garganta como si se tratase de un escarbadiente. “Paciencia, Stanley, pronto serás igual que ellos, esas chicas son tu pase de entrada.”
Aunque la fiesta parecía de lo más tentadora, no se detuvieron demasiado en ella, rápidamente se apartaron y entraron a otra habitación, subiendo unas cuantas escaleras hasta llegar a una enorme puerta de roble. Tan cerca… La chica de los Gators comenzó a llorar de nuevo silenciosamente, como si supiera que a unos pasos se encontraba la muerte esperándola con impaciencia.
Las puertas se abrieron sin que nadie tocara y entraron a la habitación del dueño de la mansión, el anfitrión de la fiesta a la cual no estaba asistiendo. Era un hombre atractivo, con largo cabello negro que caía ondulado hasta sus hombros y una mirada dorada que atraía a cualquier fémina que pasara por allí. Estaba recostado en un lujoso sillón, mirando por los enormes ventanales la noche estrellada que decoraba los campos de manzanas de Nueva Orleans. Stanley contuvo la emoción y agachó la cabeza a modo de reverencia, era la primera vez que veía al famoso Dante Di Angelo, la reencarnación del demonio Pan, el misterioso vampiro italiano que surgió de la nada misma y destruyó el clan Goldstein sin importarle las décadas de gloria que pregonaban.
—Desátenlas y quítenles las vendas. Quiero que me vean.
Ciertamente, el aspecto de Dante se acercaba más al de un modelo que a un monstruo y aún así, algo en su mirada parda recordaba a la muerte. Stanley observó los rostros asustados de las chicas que había secuestrado y la expresión relajada de la puta idiota y suicida. Se detuvo en sus ojos, de un rojo tan brillante que parecían rubíes, con sombras borgoñas que asemejaban a llamas. La joven irradiaba fuego con su mirada, tan llena de determinación y confianza. Stanley frunció el ceño, comparándola a ella con las mujeres temerosas a su lado, no tenía sentido: ya sea suicida o no, por más convicción que uno posea, a centímetros de la muerte jamás se está tan preparado…a menos que supiera que iba a vivir.
El vampiro finalmente se incorporó, caminando con lentitud, casi con pereza. Las miró una por una, degustándose cuál sería el primer plato; Stanley no se sorprendió en que él se detuviera en aquella mirada escarlata, acercándose con atención a esa presa que se rehusaba a cumplir con su papel carnero indefenso. Tomó su mentón y lo giró de lado, juzgando su rostro de perfil o al menos eso aparentaba. Las pupilas de su mirada parda se afinaron de repente, con líneas de sangre que cubrían el blanco ocular; sus comisuras se arrugaron y venas rosáceas se ramificaban como las aguas de un río. La faceta del monstruo salía a la luz.
Stanley sonrió de placer. La muchacha ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar, los colmillos de la bestia arrancaban la piel de su garganta con sanguinaria crueldad. Las mujeres lanzaron alaridos despavoridos mezclados con llantos y aún así no lograban alejar ese terrible sonido de succión que ocupaba toda la mente de Stanley. Glú glú glú, el cuerpo de la joven caía como un peso muerto en los brazos del vampiro, glú glú glú, los ojos del monstruo se abrían de par en par llenos de sorpresa, glú glú glú, la víctima volvía a la vida y en su mano empuñaba una estaca de madera. El sonido de gorgoteo que tanto deleitaba a Stanley se interrumpió, reemplazado por el chillido del vampiro cuando la estaca atravesó su carne. Cayó al suelo bruscamente, sin atisbo de la delicadeza y magnificencia que alguna vez había demostrado.
Era increíble lo que podía cambiar la situación en cuestión de un segundo, en uesa ínfima fracción de tiempo en el que detona una explosión. Los dos guardias y Stanley prepararon sus armas, los disparos resonaron uno tras otros, dirigiéndose a la joven de labios carmesí. A los ojos de Stanley, el tiempo parecía haberse ralentizado en ese momento culmine, ella no iba precisamente rápido pero con cada paso que daba parecía saber exactamente en qué lugar ubicarse para que las balas pasaran veloces a centímetros de ella. Se movía de un lado a otro creando un tétrico camino de sangre. Burlaba a la muerte en una elegante danza escarlata, bastante adecuado para ella, pensó Stanley.
Un destello plateado y uno de los hombres a su lado vio su vida pasar frente a sus ojos, tratando en vano de quitar la daga clavada en su garganta. ¡¿De dónde demonios había sacado las armas?! Stanley reconoció con horror que al ver como ella no había mostrado mayor resistencia más que sus manos cuando la había secuestrado, no se molestó en buscar armas que no creía no tener. La joven se movía de un lado a otro sin mostrar cansancio alguna, con una habilidad que no imaginaba que pudiera tener. Stanley no entendía cómo alguien con una herida de esa índole en la garganta podía moverse con tanta destreza, el rojo la cubría como un velo, un espectro vengador que solo acarrea la destrucción. No supo en qué momento el otro guardia se desplomó en el suelo, disparaba como un autómata, embelesado en esa fémina figura que lo enviaba al pasado. Pensó en su madre, una dulce maestra de literatura que le leía cuentos clásicos durante la noche; recordó la vez que le leyó La Máscara de la Muerte Roja de Poe y cómo le había fascinado de pies a cabeza esa trágica historia.
“Click”.Ese aterrador sonido lo devolvió a la realidad, le heló la sangre por completo y presionó el gatillo de nuevo, esperando que todo fuera un sueño. “Click”. Los ojos de fuego lo observaban fijamente a centímetros de él, y una mezcla de excitación y pavor recorrió el cuerpo de Stanley. Reconocía esa sensación, propia a la cercanía a la muerte. Sonrío resignado, si Poe le había enseñado algo con su cuento era lo inevitable de la muerte.
La Muerte Rojo asestó con furia hacia él. Y su cuerpo se volvió liviano, tanto que sentía que podría volar. Una sonrisa cubría su rostro y estaba seguro que su madre diría que el Sol podría ocultarse en ella. El techo de la habitación era blanco, con grabados de ondas en los bordes y una enorme araña de cristal en el centro. Stanley se lamentó no morir en el exterior.
Pensó en su madre y en su padre, ellos estarían mejor sin él, eso era seguro.
Y pensó en la Muerte Roja.

[…]

—Keira Evansglow, Tiamat me advirtió que vendrías aunque no me imaginaba que te harías pasar como una víctima. No es el estilo de un cazador, menos de un Evansglow.
El vampiro sonrió con esfuerzo. La verbena de la sangre lo había inmovilizado completamente y la punta de la estaca –también bañada en el líquido de esa despreciable planta– clavaba dolorosamente apenas unos centímetros de su corazón. Si no había muerto, era porque ella así lo quería.
—¿Dónde está Tiamat?
— Me decepcionas, Evansglow. Eres lista: has decidido venir cuando celebro una fiesta sabiendo que el clan estará ocupado en ella, te infiltraste a mi habitación cuyas paredes son tan gruesas que los sonidos son impenetrables, encontraste la forma de envenenarme y has matado a mis hombres. —Dante negó con la cabeza— ¿Por qué entonces te esfuerzas tanto en morir?¿Por qué no puedes disfrutar la gracia que Tiamat te dio?
Keira crujió los nudillos, no tenía demasiado tiempo, alguien en la fiesta podría subir en cualquier momento, además de que la sangre que perdía resentiría su cuerpo propio, lujo que no podía darse en esos momentos.
—No es nada personal, es el sueño frustrado de no ser Batman, ya sabes, todos queremos ser Batman. —Acarició el símbolo que llevaba grabado en la piel de su muñeca derecha, tres triángulos invertidos, cada uno con un lado abierto que permitía que la línea del otro lo completara, dando una sensación de totalidad. Allí estaba, la marca de Tiamat, la causa de su lucha sin descanso—¿Sabes cómo funciona la maldición?
—Sé algunas cosas, tu apellido es conocido en el bajo mundo, Evansglow. —Dante escupió sangre—Una fortuna sin igual para todos los de tu sangre, es imposible morir para ustedes.
—No tan así. Supongo que conoces el dicho, si sangra puede morir. En ese sentido, nos parecemos a ustedes, ¿sabes? Quítanos la cabeza o asegúrate de todas las formas posibles que estemos bien muertos, los golpes letales suelen fallar con nosotros además de que nuestra recuperación es más rápida. —Se encogió de hombros con desinterés—De todas formas, eso no importa. Los Evansglow morimos jóvenes. Conoces a Tiamat, es una maldita perra psicótica, seguro que le pareció de lo más entretenido hacer que con cada criatura que matemos nuestra suerte se vaya revirtiendo a tal punto que en un momento el destino se empeñará en matarnos.
—¿Cuánto te queda a ti?
La Cazadora observó su marca, el negro relucía como la tinta y esa no era una buena señal. Uno nacía con la marca apenas siendo una cicatriz blanca y ésta se iba oscureciendo a medida que derramaras sangre sobrenatural.
—Por lo que parece, un año.
El vampiro rió con sorna.
—Vas a morir, Evansglow y no creo que en el infierno te reciban con rosas.
—Qué novedad. Nuestra última lucha es contra el destino, y siempre perdemos. —La Cazadora se acercó lentamente a él, la punta de sus botas apenas tocando el mango de la estaca—Puedes vivir, te daré una chance. Dime dónde está Tiamat o muere.
—¡Voy a morir de todas formas! ¿Es que no lo entiendes? —Sus ojos parecían querer salirse de sus órbitas— Si vivo ella sabrá que no cumplí la parte del trato, tienes que seguir el maldito juego.
—Asumo que no me lo dirás por caridad entonces. No me sirves.
Keira presionó la estaca y su sangre fue lo último que Dante vio al morir. Esa carmesí y espesa sangre.
La calma de la muchacha que tanto llamó la atención se vio reemplazada por una ira sin igual. Las emociones fácilmente podían jugar en contra pero sin enemigos podía dar rienda suelta a ellas. Fue directo al escritorio del vampiro, comenzando a revisar sus pertenencias, en algún lado Tiamat habría dejado una pista, estaba segura de ello. Un gimoteo asustado y lejano la distrajo de su búsqueda por unos segundos. Detrás del sillón, unas cuantas cabezas sobresalían del borde y de la cabecera. Keira dio lugar a la sorpresa, más que por la presencia de las muchachas sino por el hecho de que las había olvidado totalmente. Una falla clara como cazadora considerando que su deber era salvar a las personas.
— ¿Todas están vivas?
Las jóvenes asintieron.
— ¿Qué esperan? Necesito algo de aquí, cualquier cosa que crean que sea importante, fotos, cartas, libros, joyas, lo que sea. —La muchacha les dio la espalda, continuando con su búsqueda—Si tienen un símbolo, mejor. Vamos, que no hay tiempo, mientras más rápido se muevan nos iremos de aquí antes.
“Te encontraré, Tiamat. No me detendré hasta matarte”

3.
Jugando con la Muerte.


“Una salus victis nullam sperare salutem”.
La única salvación para los vencidos es no esperar salvación alguna – Virgilio.

Keira Blair Evansglow podía alardear ser la cazadora que más conocimiento tenía acerca de Tiamat, producto de años de investigación. Prácticamente un cuarto de su vida lo había dedicado a ella, entre misión y misión, siempre pensando en el premio mayor. Se había convertido en su obsesión, la razón de su existencia, su motor para despertarse día a día con la cabeza serena y lista para enfrentarse a los horrores de su oficio. No era de sorprenderse, pocos elegían convertirse en cazadores por una causa en verdad altruista. Aún así, sería injusto dejar que el egoísmo empañe el aura heroica que encarnan, a fin de cuentas ellos eran los únicos que ofrecían su vida por las de un perfecto desconocido, un cambio justo con tendencias suicidas de por medio.
La venganza era la brecha más común para iniciarse en la caza. Otros con conservadoras familias de cazadores, habían nacido por y para continuar con el trabajo familiar. La muchacha pertenecía a este último grupo, portando con orgullo un apellido temido y respetado por siglos; regodeándose con ver a sus enemigos perder la vida – y muchas veces la cabeza – luego de una ardua batalla.
Las proyecciones a futuro de un cazador siempre eran pobres, carentes de creatividad y, para qué mentir, deprimentes. Nunca se prolongaba por varios años y la sangre siempre teñía su camino. Para Keira Evansglow, el final sería la victoria de una peligrosa lucha. Y en sus más mórbidos deseos, ésta incluía la cabeza de Tiamat en una simple bolsa Ziploc, o la deshonra de una muerte seguramente cruel. Se negaba a aceptar un funeral vikingo, propio de los cazadores y permitiría que su cuerpo se pudriera como un mundano, pues no había honor en la derrota.
Esa noche había elegido una austera habitación de un Days Inn en la entrada de un pequeño pueblo sobre la I-49N. Podría haber llegado a Dallas esa misma noche – sólo eran unas quinientas millas más o menos – pero alrededor de las cinco horas de manejar y de unas cincuenta y seis sin dormir (si no se contaban las cabeceadas de menos de media hora que se dio en la furgoneta del secuestrador), el cansancio empezaba a pesar en su cuerpo. La improvisada venda en su cuello lucía un preocupante rojo oscuro y apestaba a sudor y sangre, esa fragancia a “trabajo en un matadero”, como decía su amigo, no tan refinado como un “caricias de verano” pero sí más sincero.
Una vez que las gotas húmedas caían por sus rosáceos cabellos y una cerveza fría refrescaba su garganta, se puso manos a la obra. El descanso era un lujo que no podía darse en ese momento pero eso no importaba, cuando se trataba de Tiamat, su férrea voluntad acarreaba a rastras su cuerpo exhausto. La desvencijada mesa circular que se movía al mínimo toque estaba cubierta por numerosos objetos: cuadros, papeles, cartas, fotografías y joyas. En la pared frente a ella, el aburrido tapiz floreado había sido decorado con un enorme mapa de Estados Unidos, de dos metros de largo por un metro cincuenta de alto. Chinches y post-it de colores estaban desparramados por los distintos estados. Algunos como Utah, Maine y Oklahoma mostraban además bizarras fotografías y recortes de noticias pero la más llamativa era la de Kansas, con una primera página de un diario sensacionalista que ocupaba casi todo su territorio y mostraba los rostros cruelmente desfigurados de cinco personas atadas a las columnas del Capitolio ubicado en Topeka. Como addenda, fotos que parecían caseras mostraban esos mismos cuerpos desnudos sobre la fría mesa de la morgue, sus llamativos rostros habían perdido el centro de atención siendo reemplazados por una bastante elegante floritura de sangre en su pecho: EL INFIERNO BAILA AL RITMO DEL JAZZ.
Ese, como tantos otros, era uno de las pistas que Tiamat le entregaba en bandeja para que ella la buscara. La Diosa de la Destrucción no había ganado su nombre sin razón y por los rumores que corrían en el gran sótano, se caracterizaba por jugar con la comida antes de devorarla. Su sentido del humor, tan notable como retorcido, podía verse en la maldición que el linaje de John Evansglow portaba con orgullo. Meses atrás, cuando la Cazadora empezaba a fastidiarse de lo complicado que era conseguir información sobre Tiamat -era preferible la muerte a traicionarla - , un mercenario en París le entregó un sobre firmado con el símbolo de la diosa.
<< “Disfruta del juego. Si tienes suerte, sólo morirás.” >>
Dentro había una sencilla postal de Maine. Fue así que su travesía comenzó, Tiamat le había hecho viajar al Nuevo Continente y dirigirse de una punta a otra de Estados Unidos, deleitándose en como a la Cazadora no parecía molestarle la obviedad de que la estaban guiando al matadero.
La Cazadora empezó a revisar los documentos que había tomado de la mansión de Dante. Tiamat no la habría llevado ahí sin haberle dejado antes ninguna pista, prefería perder a cientos de hombres antes que interrumpir su juego, cualquiera que supiera siquiera su nombre sabría eso.
Tiró unos papeles de lado que hablaban de acciones en Burgin&Burkes y prosiguió con las fotografías, todas en un deslucido tono sepia. Las mayoría mostraban a una hermosa muchacha con cabellos ondulados, pero en las últimas dos encontró una del vampiro de joven con su familia, cuando existía aún un vestigio de humanidad en su ser. En el reverso con una elegante caligrafía cursiva rezaba “Familia Portineri, de izquierda a derecha, Marziano, Marinda, Franchesca y Dimitri.”
Acostumbrada ya al juego de Tiamat, los instintos de Keira se detuvieron en esa simple oración. ¿Dimitri Portineri? ¿Acaso no se hacía llamar Dante Di Angelo, la reencarnación del demonio Pan? Y ahí, en ese hilo de pensamientos, exclamó de la emoción.
—Maldita perra psicótica, lo ocultaste frente a mis ojos.
El vampiro había insistido constantemente en el título que acompañaba a su nombre, le gustaba secuestrar mujeres, vamos que ella misma se había aprovechado de esa fama. Jamás se había puesto a pensar en la insistencia en ese título, no era favorecedor en lo absoluto: Pan, aquel semidiós griego con sus patas de cabra, persiguiendo jóvenes y ninfas por los bosques, no representaba algo que un vampiro como Dante Di Angelo pudiera considerar como “impactante”. Como muchas mitologías, algunas culturas consideraban a Pan un demonio, de aquellos que te encontrarías esperándote en el infierno para azotarte el culo con un látigo.
—Pan el demonio, Dios, que era obvio. — Terminó la cerveza de un trago— Pandemonio. Esa es tu pista, ¿verdad, perra?
Ya tenía un nuevo destino: Pandemonium.




Extras


» El tatuaje que se encuentra a la izquierda de su cadera emula a un pentagrama rodeado de llamas, este posee propiedades defensivas que impiden que los demonios posean o usen sus encantos e ilusiones en él. El mismo recibe el nombre de Iratze.
» El árbol genealógico de los Evansglow es increíblemente antiguo y con varias personalidades conocidas en sus ramas. Uno de ellos fue Carlomagno, cuya espada Joyosa, fue heredada de hijo en hijo hasta perderse su registro por el siglo XV. Fue encontrada en 1954 por los Evansglow en un lago congelado en un recóndito y despoblado lugar de Alemania. La espada exhibida en el Louvré es simplemente una imitación de la verdadera Joyosa, quien fue entregada a Keira en su cumpleaños número 16. Otro conocido antepasado de los Evansglow fue William Wallace, cuyas campañas de liberación tenían como trasfondo expediciones para cazar demonios.
» Su dieta es a base de comida chatarra y precalentada, totalmente insalubre aunque no parece afectar a su organismo. Detesta cocinar, siendo pésima en ello.
» Tiene un gato rechoncho, viejo y malhumorado llamado Presidente Miau. No deja que nadie lo acaricie a menos de que él lo pida, a excepción de Keira. Cuando está aburrido suele causar destrozos y se ensaña con las personas que interrumpan su sueño, mordiéndole las orejas, robándole o destruyéndole objetos importantes.
» Gracias a la buena suerte por la maldición de Tiamat suele ganar todos los juegos de azar habidos y por haber aunque ni siquiera sepa las reglas.
» No se sabe la razón, pero los Evansglow son habilidosos no sólo en las habilidades físicas sino en lo relacionado al arte. Pueden aprender a tocar instrumentos sin gran esfuerzo, son ágiles para el dibujo y generalmente sus voces son llamativas para el canto. Por supuesto,este curioso efecto secundario de la maldición no es algo que los Evansglow exploten, priorizando la lucha por sobre todas las cosas.

PB: Yuzuriha Inori, Guilty Crown.

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Re: —FLECTERE SI NEQUEO SUPEROS, ACHERONTA MOVEBO

Mensaje por Porodios el Lun Ago 24, 2015 1:49 am



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